“Alegría, la Alegría ofrecida por Dios” | Homilía de clausura del Ministro general para la visita en México

 El 7 de febrero de 2018, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el Ministro general, Fr. Michael Anthony Perry, compartió las siguientes palabras durante la celebración final de la reunión en México.

 

Mis queridos hermanos en la Vida Evangélica: ¡El Señor les dé su paz!

¡Alegría! Esta palabra recoge mucho de lo que hemos vivido durante estos días como huéspedes y hermanos en la Provincia de Santo Evangelio, aquí en México, donde hemos compartido la vida en común, contando historias sobre esperanzas y sueños, y también sobre desilusiones y momentos de tristeza. Hemos reído, hemos compartido los alimentos, hemos cantado y bailado. Hemos visitado lugares donde camina la humanidad que sufre, donde creyentes y discípulos de Cristo, hombres y mujeres de buena voluntad, dan una mano a aquellos que han tenido que huir de sus hogares y poblaciones por la carretera del ferrocarril para encontrar un lugar donde puedan vivir en paz, con dignidad y oportunidades. Quizás lo más importante durante estos días ha sido el reconocimiento mutuo de que Dios está vivo en nuestro mundo, que está trabajando en cada uno de nosotros, en nuestras fraternidades, en las Fundaciones, las Custodias, las Provincias y la Orden Franciscana en el mundo entero. A pesar de que no siempre respondemos generosa y libremente a la invitación de Dios, Él viene a buscarnos, valiéndose de mensajeros cuando es necesario, para conducirnos nuevamente por el camino de su amor y misericordia.

“Cada vez que experimentamos el retorno al espíritu original del Evangelio, al seguimiento de Jesús puro, inalterado y valiente en pobreza, humildad, sencillez y confianza, sentimos que la felicidad y el gozo de los hijos de Dios recobran vida en nosotros”.

Estas son palabras de la Madre Teresa que, a mi parecer, entran en relación directa con el episodio del Evangelio de Lucas que hemos escuchado en esta sagrada Basílica del Tepeyac, dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe. El texto resalta que cuando María visita a su prima, tiene lugar una erupción de alegría: el “bebé saltó” en el vientre de Isabel. Esta explosión de alegría no es el simple resultado de dos seres humanos que se aman y se cuidan el uno al otro o se reúnen para reír, llorar y apoyarse mutuamente. Esta alegría tampoco viene porque ellas fueran perfectas en todos los sentidos del mundo. Pensemos que una no podía concebir y tener un hijo, y la otra estaba embarazada pero no tenía marido. ¡Justamente en situaciones de debilidad humana, vergüenza o “imposibilidad”, Dios hace que sucedan grandes cosas, ¡milagros! Independientemente de cómo se desarrolló el diálogo entre María e Isabel, cada una de ellas descubrió algo nuevo, un nuevo sentido de su identidad en Dios y una inagotable bendición que comenzó a invadir sus vidas. En cuerpo y espíritu se estaban transformando, conociendo nuevas direcciones y posibilidades para ellas y para toda la humanidad con el fin de descubrir al autor de la vida, su acción y su permanente declaración de amor.

 

En la Biblia, la alegría del corazón de Dios, de la perfecta comunión que hay en la Trinidad. Cuando el autor sagrado coloca en escena la alegría, confluyen cuatro temas o ‘acciones’ distintas que están íntimamente relacionadas.

Primero, la alegría que Dios ofrece a la humanidad no puede ser fabricada o clonada, aunque tengamos acceso a grandes tecnologías. Es un regalo puro de Dios.

Segundo, la alegría auténtica solo puede ser reconocida por aquellos que tienen corazones abiertos para buscarla, percibirla y recibirla. Cuando esto pasa; cuando los corazones y las mentes de los seres humanos están abiertos a la obra de la gracia y el amor de Dios, se abre un nuevo horizonte de posibilidad dentro de nosotros, como sucedió en las vidas de María y Elizabeth o en la vida de San Juan Diego.

Tercero, la alegría prometida y dada por Dios se da en el contexto de amistad y fraternidad / comunidad. Brota de una relación profunda y duradera con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y está destinada a ser compartida entre Dios y nosotros.

Y cuarto, la alegría evangélica debe ser compartida con los que nos rodean. Contiene en sí misma las semillas para una “nueva evangelización”, que lleva, a los que reciben este don, a “salir a las periferias del mundo con la alegría del Evangelio” (Documento Final del Capítulo General 2015). La auténtica alegría recibida de Dios debe urgentemente ser compartida para que su poder de salvación actúe dentro de nosotros y en el mundo entero.

 

Hermanos, estamos aquí, en este santuario de Nuestra Señora de Guadalupe; pero nada de esto habría sido posible si San Juan Diego (1531) no hubiese abierto su corazón a la voluntad de Dios manifestada a través de la Virgen María, prometiendo traer paz y alegría a todos los que vendrían a este sagrado centro espiritual. Aquellos que vienen aquí a orar, reconocen en María un modelo perfecto de lo que significa confiar, incondicional y libremente, en la promesa del Dios de la vida, una vida en abundancia (Jn 10:10). María es honrada por ser la madre del Señor, pero también es honrada como la “primera discípula”, como alguien que puso su entera voluntad, su vida y todo su ser en las manos de Dios, lo cual permitió a Dios obrar el ‘grande milagro’ en su vida.

Fe, identidad, fraternidad, celo misionero: estas cuatro áreas que hemos reflexionado estos últimos días están íntimamente conectadas con la experiencia de la alegría evangélica en la vida y el testimonio de María, Isabel, San Juan Diego, San Francisco de Asís y Santa Clara. Dios quiere derramar su espíritu de gracia, paz y alegría en nuestras vidas, de modo que este gozo permee nuestras fraternidades locales franciscanas, nuestra Orden, nuestra Iglesia y nuestro mundo. Debemos estar dispuestos a profundizar en nosotros mismos y abrir nuestros corazones a Dios (Oración), la fuente de nuestra esperanza y alegría. También debemos estar dispuestos a salir de nosotros mismos, abriendo nuestras vidas el uno al otro en fraternidad, un lugar privilegiado para recibir la revelación de Jesucristo. Es de esta misma fraternidad que estamos llamados a salir de dos en dos, anunciando, de palabra y con obras, la alegría y la paz con la que hemos sido bendecidos(Misión).

Hermanos, que nosotros como María permitamos que el Espíritu Santo tome posesión de nuestras vidas y nuestras fraternidades para que podamos convertirnos en lo que recibimos en la Eucaristía: alimento para la humanidad, signo de la presencia sacramental de Dios en el mundo, un mundo amado y redimido por Dios.

Para terminar, unámonos en oración, usando las palabras del Papa Francisco (Evangelii Gaudium 288):

 

Virgen y Madre María,

tú que, movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida

en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro «sí»

ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

  

Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,

del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio

llegue hasta los confines de la tierra

y ninguna periferia se prive de su luz.

 

Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.