Concluyó el encuentro del Ministro general con los nuevos Provinciales y Custodios

Con la celebración de la Eucaristía presidida por Fr. Massimo Fusarelli, Ministro general, se concluyó el encuentro de nuevos Ministros provinciales y Custodios con el Ministro general y su Definitorio en Roma.

Tomando como punto de partida el Evangelio del día, el Ministro general habló de la nota característica de la misión franciscana: “Las palabras del discurso misionero de Jesús en el Evangelio de Mateo, que acabamos de escuchar, las encontramos en el capítulo XVI de la Regla no bulada, cuando Francisco envía a sus hermanos entre infieles. Sabemos que los frailes no son enviados ad gentes sino inter gentes: ésta es la nota característica y absolutamente nueva de la misión tal como la entiende Francisco”.

El Ministro general añadió: “Como hermanos y menores, estamos ahora llamados a adherirnos a una tierra, a un pueblo, a una cultura, a unas lenguas y a otras cosmovisiones, amándolas y buscando humildemente allí las huellas de la presencia del Dios de la vida”.

Fr. Massimo concluyó su homilía invitando a los ministros a pedir ayuda al Señor para salir hacia los demás, para vivir entre los demás. “Que perdone nuestro distanciamiento, nos sane de nuestros miedos y faltas de confianza. Que nos abra al encuentro y a la escucha, que nos permita tocar sus heridas en las nuestras y en las de nuestros hermanos, que nos haga signo de su misericordia que siempre salva y renueva”.

Al encuentro que inició el 29 de junio y terminó hoy, 8 de julio, participaron 27 frailes entre Ministros provinciales y Custodios de los cinco continentes.

Texto completo de la homilía del Ministro General

Concluso l’incontro del Ministro Generale con i nuovi provinciali e custodiConcluso l’incontro del Ministro Generale con i nuovi provinciali e custodi

Homilía para la clausura del encuentro nuevos Ministros y Custodios

Roma a 8 de julio de 2022

«Dice el Señor: “Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.” Por eso, cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo». (Rnb XVI,1-3)

Las palabras del discurso misionero de Jesús en el Evangelio de Mateo que acabamos de escuchar, las encontramos en el cap. XVI de la Regla no bulada, cuando Francisco envía a sus hermanos entre los infieles. Sabemos que los frailes no son enviados ad gentes, sino inter gentes: ésta es la nota característica y absolutamente nueva de la misión tal como la entiende Francisco. Si pensamos bien, es muy actual, sobre todo en tiempos de secularización y postcristianismo en gran parte del mundo y de encuentros con diferentes religiones y culturas en otras partes del planeta. Para nosotros, en cualquier lugar, la misión es ir entre las personas, vivir con ellas; aquí crece la palabra de la Regla no bulada que acabo de leer, donde se juega un núcleo de nuestro carisma: estar con y estar entre las expresiones de la lógica de la Encarnación y de la Pasión, del bien que habita en cada criatura, del primado de Aquel que es el Bien, el Sumo Bien y Todo Bien, Todopoderoso y Misericordioso.

Como hermanos y menores, estamos ahora llamados a adherirnos a una tierra, a un pueblo, a una cultura, a unas lenguas y a otras cosmovisiones, amándolas y buscando humildemente allí las huellas de la presencia del Dios de la vida. De hecho, nuestras Constituciones dicen: «Como seguidores de San Francisco y de los primeros misioneros de la Orden, sean sumamente solícitos los hermanos en vivir con humildad y gran entrega entre las gentes de la religión islámica, para quienes tampoco hay omnipotente sino Dios» (CCGG 95,3).

El Espíritu Santo con su soplo discreto y poderoso dirige nuestra libertad a este movimiento hacia el mundo amado por Dios y hacia los hombres que lo habitan, para “hacer saber a todos que no hay omnipotente sino Él” (CtaO 9).

Es a esta luz a la que podemos mirar, discernir y aprender para testimoniar y anunciar.

Si esto es cierto en el testimonio que evangeliza con la vida y la palabra, lo mismo es válido en nuestro servicio de Ministros y Custodios, servidores de la vocación en comunión.

¿No estamos nosotros también llamados a ir hacia nuestros hermanos para seguir viviendo entre ellos y no delante ni mucho menos encima? Alguien sabiamente me hizo darme cuenta de que, mientras que en la Edad Media era siempre sólo el vasallo quien acudía a su señor, Francisco dice a los ministros de ir y visitar a sus hermanos, que den el primer paso, en definitiva. No ejerzan el poder como los señores de este mundo a cuyos pies se inclinan, sino siervos que salen a buscar a sus hermanos, aprenden a vivir entre y con ellos de una manera nueva, no temen las heridas que puedan traer de este encuentro, sino que reconocen en él una oportunidad de vida.

Este movimiento hacia el otro y estar entre los demás sin defensa y expuesto a todo no es fácil: ¿No nos lo recuerda el cuento de la Dicha Perfecta? Francisco vivió este drama en su propia carne. Ya he hablado de los temores y desafíos de nuestro servicio, que a menudo nos expone y nos deja peregrinos y forasteros, buscadores de sentido con y entre nuestros hermanos y hermanas, todos ellos, incluidos los que llamamos “difíciles”.

En esta Eucaristía, el Señor viene entre nosotros con su palabra y se humilla “para esconderse, por nuestra salvación, en una pequeña apariencia de pan” (cf. CtaO 27), mientras le recibimos como comunidad reunida en el amor y le bendecimos por el don de nuestra vocación y de la vida de nuestros hermanos. Pidámosle también que nos sostenga para ir hacia ellos y vivir entre ellos. Que perdone nuestro distanciamiento, nos sane de nuestros miedos y faltas de confianza. Que nos abra al encuentro y a la escucha, que nos permita tocar sus heridas en las nuestras y en las de nuestros hermanos, que nos haga signo de su misericordia que siempre salva y renueva.