Coronavirus: Carta del Ministro general

A TODOS LOS HERMANOS DE LA ORDEN

¡El Señor os dé la paz!

En el transcurso de estos últimos tres meses, desde el descubrimiento del nuevo Coronavirus, hemos sido testigos de su progresiva proliferación desde una región específica de la China a más de 115 países. Prácticamente toda la comunidad humana se encuentra inmersa en una gran batalla para tratar de contener su propagación, atender a los infectados (más de 126.000) y llorar a los seres queridos que han muerto (más de 4.500). El impacto económico sobre las naciones, las familias, los individuos y, muy especialmente, sobre los pobres será, sin duda, catastrófico.

En las primeras etapas de esta pandemia tal vez nos sentimos protegidos, inmunes, distantes, e incluso un poco despreocupados por el virus y su impacto. Sin embargo, mientras el virus continúa su implacable propagación, nos encontramos en el epicentro de una crisis. Todavía hay muchos aspectos científicos del virus que no se comprenden del todo. Éste no respeta fronteras ni límites: físicos, sociales, psicológicos, religiosos o culturales. Su capacidad estratégica para saltar de un individuo a otro lo hace particularmente agresivo. Las respuestas diseñadas y aplicadas por los gobiernos para detener su proliferación están exigiendo de parte nuestra, sacrificios que restringen el ejercicio de nuestras libertades personales como nunca antes lo habíamos experimentado. Y, sin embargo, estas medidas son necesarias para prevenir un mayor avance del virus. Oramos especialmente por aquellos que están en primera línea como personal médico, por aquellos que se dedican a la investigación para encontrar una vacuna, y por los gobiernos que luchan por encontrar respuestas eficaces para garantizar la seguridad y el bienestar de sus pueblos.

Mi intención al escribiros en este momento crucial es tratar de ayudar a disipar los miedos y la ansiedad. Para aquellos de nosotros que vivimos en países que hasta la fecha están desproporcionadamente afectados, deseo animarlos a que permanezcáis fuertes en la fe. Para aquellos que viven en países que experimentan menos infecciones, permaneced vigilantes en todo. Durante este tiempo litúrgico especial de la Cuaresma, los creyentes cristianos estamos invitados a acompañar a Jesús, recordando las grandes luchas y crisis a las que se enfrentó, recordando también su muerte en la Cruz como un sacrificio de amor puro.

Pero ni el sufrimiento ni la muerte tuvieron la última palabra sobre su vida, ni deberían tenerla sobre nuestras vidas. La esperanza que ofrece el evento de la resurrección y los actos diarios de justicia, misericordia y amor debería inspirarnos a mirar más allá de todo temor, de toda ansiedad, y percibir la presencia de Jesús que continúa dirigiéndonos las mismas palabras que dijo sus amigos y discípulos amados: «¡No tengáis miedo! Yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos».

En medio de esta epidemia mundial, no perdamos de vista al innumerable grupo de personas de todo el mundo que están sufriendo otras crisis. Nuestros corazones están con los pueblos de Siria, la República Democrática del Congo, Venezuela, Mindanao, las Repúblicas de Sudán y del Sur de Sudán, Palestina, Líbano, y con los hermanos y hermanas que viven en otras partes del mundo donde la dignidad humana, los derechos fundamentales y la supervivencia física básica están siempre bajo amenaza. Aprovechemos esta circunstancia para superar todas las divisiones y temores, y busquemos los caminos que lleven al diálogo auténtico, la cooperación y la promoción del bienestar de toda la humanidad, muy especialmente de los pobres y excluidos. Profundicemos también nuestro compromiso de amar y cuidar el medio ambiente natural, nuestra casa común.

Que el Señor bendiga a cada uno de vosotros, mis queridos hermanos. Permitamos que la fuerza de nuestras convicciones, nuestro compromiso con el modo de vida evangélico inspirado por San Francisco de Asís, nos permita ser fieles testigos del poder del amor y la esperanza que nuestra fe ofrece en todos los ámbitos de la vida.

 

En Roma, el 12 de marzo de 2020

Fraternalmente en Cristo y Francisco,

Fr. Michael A. Perry, OFM
 Ministro General y Siervo

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