Estar dispuestos a abrazar nuestra vida de penitencia – Homilía del Ministro general al Capítulo Generalísimo

 

“¡Alégrate hija de Sión,
grita de gozo Israel,
regocíjate y disfruta con todo tu ser,
hija de Jerusalén! 
El Señor ha revocado tu sentencia,
ha expulsado a tu enemigo.
El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti,
no temas mal alguno” (Sof 3,14-15).

 

En la primera parte del Documento preparatorio de este Capítulo Generalísimo se nos dice que una de las consecuencias más alarmantes de la globalización es una fragmentación de la identidad y de la acción. Sin un conjunto de valores fundamentales compartidos, es imposible vivir y trabajar juntos. Esto también puede conducir a la apatía y a desconectarse de la vida, del bien común e incluso de Dios. La competencia, el miedo y la inseguridad le roban el lugar a la colaboración, a la confianza, a la paz y a la seguridad. En el mismo Documento también se lee que el contexto de Umbría en el que la Familia Franciscana se encuentra hoy en día está sufriendo las consecuencias de esta fragmentación.

También el Pueblo de la Alianza, en el tiempo del profeta Sofonías, experimentó la fragmentación y sus consecuencias, antes de que el rey Josías introdujera algunas reformas espirituales. A causa de los sufrimientos causados por la ocupación de los Asirios y la arraigada corrupción política de sus líderes religiosos y políticos, muchos de los miembros del Pueblo elegido se habían gradualmente alejado de las exigencias de la Alianza – ama a Dios y a tu prójimo, con todo tu corazón, mente y alma –  y habían comenzado a invocar a los dioses de los Asirios y a una miríada de otras deidades locales. A pesar de ello, la calidad de sus vidas continuó deteriorándose. Esto condujo, en un corto período de tiempo, a una creciente sensación de insatisfacción y a un sentimiento de culpa por haber abandonado la fe de Abraham y Sara. Y al mismo tiempo sentó las bases para aceptar el llamado a la conversión y el mensaje de esperanza y renovación anunciada por Sofonías.

 “¡Alégrate hija de Sión,… El Señor ha revocado tu sentencia,… El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti!”. Sofonías dice al pueblo de su tiempo: “No todo está perdido; más bien, Dios está presente en medio de su pecado y de su desesperación. Dios no usa vuestro pasado en contra de vosotros. Por el contrario, Dios los invita a volver de nuevo a Él, a abrir sus vidas a su presencia y aceptar la invitación a buscar el camino de la sabiduría, de la santidad y de la comunión con Él y recíprocamente entre ustedes”.

Queridos hermanos, los que nos encontramos aquí reunidos en la fiesta de la Visitación de la Virgen María somos precisamente los destinatarios del mismo mensaje de alegría y de esperanza proclamado por el profeta Sofonías. También María escuchó el mismo mensaje, que consiste en el llamado a abrir las puertas de la propia vida a la gracia sorprendente de Dios que le habría alterado la existencia y le habría hecho entrar en la íntima comunión con Dios Padre, con Cristo y con el mundo.

Y la llamada de Dios no se concluyó con María o con san Francisco. Dios también nos está invitando a nosotros a que permitamos que nuestras memorias históricas sean sanadas, que las relaciones entre nosotros sean transformadas, y que nuestras estructuras y nuestro mundo sean modificados, Dios está dispuesto a colaborar con nosotros para que nuestras faltas de amor y de respeto recíproco puedan servir como semillero para el nacimiento de un nuevo amor y de un renovado cuidado recíproco.

Para poder responder a este llamado, como la Virgen María y como san Francisco, también nosotros debemos estar dispuestos una vez más a abrazar nuestra vida de penitencia – facere pœnitentia – permitiendo que Dios nos done su gracia reconciliadora, único instrumento que puede transformar nuestra mente y nuestro corazón en recipientes de gracia, de amor, de paz y de alegría. De esta manera, también nosotros, junto con María y san Francisco, podremos ponernos en camino, juntos y como hermanos que se aman con amor auténtico, en el camino que lleva al Reino de Dios. Así podremos llegar al mundo herido y necesitado de testigos auténticos de esperanza, a partir de la fuerza de nuestra comunión fraterna. Esto solo será posible si dejamos que el Señor Jesús sea el centro de nuestras estructuras y  de nuestros esfuerzos misioneros y apostólicos;  solo será posible si permitimos que Él haga nacer en cada uno de nosotros una nueva esperanza y un nuevo sentido de comunión con Dios, con los hermanos, y con toda la creación.

En honor de la Virgen María y su visita a Isabel que recordamos y celebramos hoy, quiero concluir con las palabras de la oración con las que el Papa Francisco termina la Evangelii gaudium:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
[…]

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
[…]

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz
(EG 288).

 

Foligno, 31 de mayo de 2017

Fr. Michael A. Perry, OFM