Carta por la Pascua del Ministro general 2016

“La Paz les dejo; mi paz les doy” (Jn 14,27)

Queridos hermanos,
¡Que la alegría y la paz de nuestro Señor Resucitado esté con ustedes!

Nuestro Padre Francisco compuso un salmo para su Oficio de la Pasión del Señor que recitaba todos los días durante el tiempo de Pascua: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho obras maravillosas. El Señor ha dado a conocer su salvación… Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él” (OfP, Salmo 9). Lo que me impacta de esta plegaria es que Francisco se siente llamado y nos convoca a cantar un “nuevo canto”, porque “este es el día que hizo el Señor”, dando a conocer hoy su salvación de forma nueva.

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Salir de nuestras “zonas de comodidad”
Este año, me siento especialmente impactado, por una de las lecturas de la Vigilia Pascual, por ese bello pasaje en el que el Profeta Isaías nos invita: “¡Sedientos todos, acudan por agua! Los que no tienen dinero, vengan a recibir trigo y coman” (Is 55,1). Cada vez está más claro que nosotros los hermanos estamos gastando mucho tiempo y energía en cosas que no nos proporcionan una vida auténtica. Así como el Profeta sigue preguntando: “Por qué gastan dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?” (Is 55,2). Demasiado frecuentemente, todo esto se concreta en poner demasiada atención y energía personal en cosas que no tienen nada que ver con nuestra vida como hermanos y menores, comprometidos a estar con las pobres de Dios y a simplificar nuestras vidas. Si somos honestos, debemos admitir que, como muchos de nuestros contemporáneos, demasiados de nosotros hemos llegado a ser víctimas del dominante “paradigma tecnoeconómico… terminando sumergidos en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios… que nos hacen autorreferenciales y aislados en nuestra propia conciencia” (Papa Francisco, Laudato si’, 203-204). Además, seguimos dedicando gran parte de nuestro esfuerzo en proyectos que en décadas pasadas podrían estar al servicio del Pueblo de Dios, pero que tienen poco que ver cómo el Señor “nos da a conocer hoy su salvación”.

Una narración de las fuentes primitivas nos cuenta que “un día de Pascua, los hermanos del eremitorio de Greccio, habían preparado la mesa más esmeradamente que de costumbre, con manteles blancos y vasos de cristal” (2Cel 61). Cuando llegó Francisco y miró la mesa tan elaboradamente decorada, disimuladamente se retiró. Más tarde, cuando los hermanos se sentaron decididos a celebrar la fiesta, él llamó a la puerta con un cuenco de mendigo diciendo: “Una limosna, por el amor del Señor Dios, para este peregrino pobre y enfermo” (2Cel 61).

De este modo, san Buenaventura comenta: “él los instruyó en las Sagradas Escrituras, animándoles a pasar como peregrinos y advenedizos por el desierto de este mundo y a celebrar continuamente en pobreza y espíritu, como verdaderos hebreos, la Pascua del Señor” (LM VII,9). Sí, la Pascua nos convoca a celebrar el don de Dios de una nueva vida hoy, pero nosotros Hermanos Menores no podemos actuar de tal forma que engalanemos nuestras mesas con logros del pasado que hoy no satisfacen nuestras hambres, o contentándonos con falsas “bendiciones” de una excesiva abundancia de comodidades de un mundo que está desapareciendo. Por el contrario, nosotros debemos convertirnos en auténticos peregrinos, libres para instalarnos con confianza en el futuro que Dios nos está preparando.

“Lanzándonos hacia lo que está por delante”
Estoy escribiendo esta carta en el Quinto Domingo de Cuaresma. En las lecturas de hoy, el Señor nos llama por medio del Profeta Isaías: “¡No recuerden lo de antaño,… miren que realizo algo nuevo! ( Is 43,18). Y san Pablo nos recuerda que solo hay una cosa necesaria: “olvidándome de lo que dejé atrás y lanzándome hacia lo que está por delante” (Flp 3,13).

Sí, hermanos, el Reino de Dios es un “todavía no”, pero Jesús Resucitado atraviesa las puertas cerradas de nuestros miedos y seguridades (Jn 20,19), invitándonos a unirnos a Él en el camino. Nosotros somos llamados por el Señor Resucitado a renovar nuestras vidas, a ir a Él que nos ofrece vida, y a escuchar a Su voz, permitiendo a Dios que reconstruya en nosotros Su visión de lo que significa ser hombres del Evangelio, portadores de misericordia y reconciliación, comprometidos en ayudar a renovar la faz de la tierra, tanto entre nuestros semejantes, los seres humanos, como con el mismo universo creado, mediante una conversión de nuestras vidas personales y nuestro estilo de vida fraterno.

Nuestra vocación como Hermanos y Menores, una llamada que comienza dentro de cada uno de nosotros y en entre nosotros, puede difundirse a todo el mundo, convirtiéndose en un mensaje Evangélico vibrante en medio de un tiempo de división, de violencia, en el que se tiende a promover políticas y culturas de exclusión. Nosotros podemos ser un vivo ejemplo de la visión a la que el Papa Francisco nos está llamando: “La actitud básica de auto trascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la auto referencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (Laudato si’, 208).

La Misericordia empieza en casa – perdonándonos mutuamente
Esta Pascua se celebra durante un año del jubileo de la Misericordia. La llamada del Profeta a “no recordar lo de antaño” nos pide que perdonemos y dejemos de lado viejas heridas y ofensas. Muy frecuentemente mantenemos a nuestros hermanos aprisionados en el pasado. Algo que ellos hicieron o dijeron que pudo habernos ofendido hace años, continúa definiendo nuestra relación con ellos. Si debemos avanzar hacia el futuro de Dios, y si vamos a llegar a ser el tipo de fraternidad que requiere el mundo de hoy, debemos abandonar estas heridas. Jesús Resucitado nos da el poder de perdonar (cf. Jn 20,22-23). Hagamos caso a la voz de san Francisco: “que no haya en el mundo ningún hermano que, habiendo pecado todo lo que pudiera pecar, se aleje jamás de ti, después de haber visto tus ojos, sin tu misericordia” (Carta a un Ministro, 9). Sí, hermanos, como el Papa Francisco nos urge; “es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos y hermanas. La misericordia es la fuerza que nos despierta a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza” (Misericordiae Vultus, 10).

De un modo especial, este año jubilar de la Misericordia nos está convocando a nosotros como Franciscanos para que trascendamos las divisiones en nuestra Fraternidad que han surgido en nuestra larga historia. El próximo año 2017, marca el 500 aniversario de la llamada Bulla de la Unión, Ite Vos, que separó a los Hermanos Menores en diferentes congregaciones. El Capitulo general del año pasado nos encargó trabajar juntos con nuestros hermanos Conventuales y Capuchinos para discernir juntos, lo que el Señor nos está pidiendo que hagamos en nuestros días como Hermanos Menores, y cómo podemos cooperar entre nosotros para conseguir ese fin. Ya hemos tomado la decisión de trabajar unidos para establecer una única Universidad Franciscana en Roma. Esto es en verdad, un signo de esperanza y vida. También estamos trabajando muy de cerca con la Tercera Orden Regular (TOR) en áreas de interés común.

La Resurrección – relaciones nuevas y transformadas
La promesa de Isaías de que “comeremos bien, nos deleitaremos con platos sustanciosos” (Is 55,2) puede ser una imagen de unas relaciones nuevas y transformadas, así como la Resurrección es una promesa de novedad y transformación. Sin olvidar el pasado volvemos a descubrimos la fuente de nuestra verdadera identidad en Cristo y en Francisco, y la necesidad y responsabilidad de buscar la vida y no la muerte, de buscar el perdón y la misericordia, no el castigo y la venganza; de buscar la reconciliación con los hermanos de nuestras propias provincias, con la comunidad-Iglesia en sentido amplio, con la humanidad, y con toda la Creación. Esto es lo que significa “sedientos, acudan por agua. Los que no tienen dinero, vengan a recibir el grano y coman” (Is 55,1) acercarse a nuestra pobreza y minoridad.

El biblista Gerhard Lohfink ha escrito: “Ser una comunidad Resucitada significa anticipar que en cada momento el Espíritu de Cristo mostrará a la comunidad nuevos caminos, esperar que se abran nuevas puertas en cualquier momento, contar con que a cada momento el Espíritu pueda transformar lo malo en bueno, esperar que en todo momento lo imposible será posible y nunca decir “más tarde” sino siempre “ahora” (Jesús de Nazaret, p. 306).

Hermanos, ¡que “el ahora” lo tenemos encima! Si retornamos a nuestra vocación como Menores y Hermanos de forma auténtica, escuchando a Cristo Resucitado y permitiendo que Sus palabras enraícen dentro de nosotros, entonces la promesa de Isaías se cumplirá: ellos serán “como la lluvia y la nieve que bajan del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar” (Is 55,10).

¿Les deseo a todos una santa Pascua!

Fr. Michael Anthony Perry, OFM
Ministro general

Roma, 19 marzo 2016
Solemnidad de san José