El Ministro General a los Presidentes de Conferencia: volver a empezar sin apagar la pasión

“Al final de nuestro encuentro, celebramos la Eucaristía, agradeciendo al Señor las maravillas que obró en San Bernardino de Siena”. Fueron las palabras de Fr Massimo Fusarelli, Ministro General, al concluir el encuentro de Presidentes de Conferencias OFM con el Definitorio general y el Ministro General, celebrado en Roma del 17 al 20 de Mayo.

A partir de las lecturas de la fiesta de San Bernardino de Siena, Fr Massimo Fusarelli dijo: “Estas palabras nos iluminan al final de nuestro encuentro”. Prosiguió su homilía en base a los siguientes puntos: el anuncio de Pedro (Hch 4,11-12), la alabanza en San Bernardino, el fuego del Espíritu (Jn 14,16). Por otro lado, también añadió “Seguimos encontrando en los bellos y fatigosos signos de nuestra fraternidad motivos para alabar y bendecir el nombre del Señor, y para invocar al Espíritu, para que permanezca siempre en nosotros con su santa operación”.

Al final invitó a todos a no apagar la pasión, “sino a empezar de nuevo con un ritmo más rápido, una mayor confianza, una mirada más aguda, capaz de futuro”.

Texto integral de la homilía del Ministro General en la misa conclusiva del encuentro.

 

Homilía para la fiesta de San Bernardino de Siena

Encuentro con Presidentes de Conferencia OFM, 20 de mayo de 2022

 

Al final de nuestro encuentro, celebramos la Eucaristía, agradeciendo al Señor las maravillas que obró en San Bernardino de Siena.

La palabra de Dios proclamada hoy nos da tres puntos para la alabanza y la conversión.

El primero es el que anuncia Pedro:

Jesús es “la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular. Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación”. (Hch 4,11-12).

Jesús nos salva de la posición humilde que eligió al entrar en el mundo; un cuerpo que el Señor le ha preparado para hacer su voluntad (cf. Heb 10,5-7). Jesús aceptó desde el principio la condición del descarte y podemos decir que se sentía cómodo con ella; de hecho, amaba a los pequeños, a los pecadores, a las viudas y a las mujeres de mala reputación, a los extranjeros e incluso a los recaudadores de impuestos. No temía nada de lo humano y lo acogía en su realidad. Es esta humanidad de Jesús la que nos habla de un Dios diferente a nuestras representaciones. Su gloria es la humildad de ser el último, del descarte. Y es aquí donde encontramos la salvación. No en lo que sabemos, podemos y queremos hacer, por nosotros mismos, sino en reconocernos como criaturas, hijos que saben pedir y recibir gratuitamente, no por méritos propios. San Bernardino descubrió en el Nombre de Jesús la gloria de Aquel que es humilde; los rayos que lo rodean representan un sol que no nos ciega, sino que nos toca y nos salva, nos da sentido, nos abre a la vida. Bernardino quiso abrir esta misma puerta de la vida verdadera a todo el mundo.

El segundo punto es el de la albanza.

San Bernardino descubrió en el silencio del eremitorio y en las plazas abarrotadas de una humanidad diversificada, que el amaba y buscaba, el sonido de esta humanidad de Jesús y que escuchó en su nombre. Con el Salmo 144 aprendió a bendecir y alabar el nombre de Dios eternamente. Conoció el nombre y la persona viva del Señor Jesús en la alabanza, la acción de gracias y la restitución de todos los bienes recibidos. En sus sermones aún se siente el aliento de un hombre capaz de vibrar con los sentimientos más humanos y de encontrarlos en Jesús, recibiendo alegría, paz e incluso humor. Bernardino no frunció el ceño ante la gente. Fue radical al proponer las exigencias del Evangelio, pero siempre atento a la persona y a la obra de Dios en él.

El tercer punto es el fuego del Espíritu.

“Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17).

 

El Espíritu permanece con nosotros y en nosotros, testimoniando la cercanía de Dios, tan íntima como capaz de llevarnos más allá de nosotros mismos, hacia los demás, hacia el mundo y las criaturas, descubriendo en él las huellas de Dios. San Bernardino recorrió las calles fangosas, recorrió las plazas llenas de gente, los mercados ruidosos, los lugares más miserables y los más bellos. Pudo descubrir el amor de Dios que descansa donde su criatura vive, se alegra y sufre. Y Bernardino gritó para defender la dignidad de las personas y salvarlas de la injusticia y pobreza más grande que es olvidarse de Dios. Y el humilde y ferviente fraile anunció a todos que Dios nunca nos olvida.

 

Estas palabras nos iluminan al final de nuestro encuentro.

Seguimos encontrando en los bellos y fatigosos signos de nuestra fraternidad motivos para alabar y bendecir el nombre del Señor, y para invocar al Espíritu, para que permanezca siempre en nosotros con su santa operación.

Todo ello para que sigamos siendo testigos capaces de irradiar la belleza de nuestra vocación con la alegría de la fe. Tantas sombras la oscurecen, pero siempre queremos reconocer con gratitud el bien que en nosotros vive y restituirlo a Dios y a los hombres con esperanza y dedicación a la vida de tantos, especialmente de los pobres.

San Bernardino abrió un camino de reforma en nuestra fraternidad que sigue viviendo en nosotros, incluso en estos tiempos difíciles. La reforma evangélica, en la radicalidad de la fe y la cercanía a la gente, a todos. Nos acompañe hoy a no apagarnos y resignarnos, sino a empezar de nuevo con un ritmo más rápido, una mayor confianza, una mirada más aguda, capaz de futuro.

Fr. Massimo Fusarelli, OFM

Ministro General