El Ministro General celebra la Fiesta de los Protomártires de la Orden

“Los Santos Protomártires de la Orden han cumplido el deseo de martirio de Francisco, Clara y Antonio de Padua, quienes, al paso de sus reliquias, decidieron seguir la locura del Evangelio”, dijo Fray Massimo Fusarelli, Ministro general, durante la proclamación de su homilía en Terni el domingo 16 de enero con motivo de la fiesta de los Protomártires de la Orden. El Ministro fue recibido por el Provincial de la Provincia Seráfica de San Francisco de Asís, Fray Francesco Piloni, junto con los frailes del convento y numerosos fieles.

Fray Andrea Natale, guardián del Convento de Terni, atestiguo sobre la importancia de esta visita, que tuvo como núcleo una hermosa y emotiva celebración en la que el Ministro General anunció también su próxima visita a Marruecos, lugar del martirio de los Protomártires.

En el convento de Terni viven 5 frailes comprometidos en el servicio pastoral en una parroquia grande, acompañando a las familias, a los jóvenes, a diversos grupos y colaborando activamente con Cáritas Diocesana en la asistencia a los pobres.

 

Texto completo de la homilía del Ministro General:

Fiesta de los Protomártires Franciscano
16 de enero del 2022 en Terni

Hemos escuchado las palabras de San Pablo en 1 Cor 4,9: “Pienso que a nosotros y a los Apóstoles, Dios nos ha puesto en el último lugar, como condenados a muerte, ya que hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres. El Apóstol reconoce que la característica del ministerio es una condición de humillación: nuestra fuerza, de hecho, es el poder de Dios actuando en nosotros, débiles y pequeños.

El evangelio de Mt 10,16 nos lo dice con la misma claridad: “Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” Jesús no nos envía a ganar y triunfar, sino a entregarnos radicalmente como desarmados al poder del otro. El camino es el ya trazado por Jesús, que se entregó a sus enemigos, dejando que hicieran con él lo que quisieran.

San Francisco caminó en esta lógica del Evangelio. Veía la presencia y la labor de los hermanos como heraldos del Evangelio, citando Mt 10,16 en el capítulo 16 de la Regla no bulada, cuando permite a los hermanos “que por inspiración divina quieran ir entre los sarracenos y otros infieles”. Es precisamente con esta palabra que San Francisco visualizó la misión. Y en el mismo capítulo dice a los hermanos que “sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos”.
El misionero cristiano es aquel que se expone profundamente ante el Evangelio, antes que a los hombres. Cuanto más vulnerable es al Evangelio y a su lógica invertida, tanto más pueden los demás hacer de él lo que quieran. Francisco lo repite a los frailes en el mismo capítulo: “recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles”.

He aquí la sabiduría de la Cruz que anula todos los cálculos humanos. Para San Francisco, el valor del hombre no reside en sus propias fuerzas. Escuchémoslo:

“De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27)” (Adm V,7-8).

Para Francisco, el estilo evangélico de su vida y la de sus hermanos es la primera forma de evangelización. Sólo un cristiano que se ha dejado transformar por la lógica de la Cruz puede anunciar verdaderamente el Evangelio, dejando que se encarne en nosotros y ser así, una palabra creíble para los demás.

En la Admonición VI, San Francisco retoma el tema y lo confirma:

Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas (Cfr. Jn 10,11; Heb 12,2) sufrió la pasión de la cruz.
Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución (Cfr. Jn 10,4), en la vergüenza y el hambre (Cfr. Rm 8,35), en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna” (vv. 1-2).

El camino de la misión es seguir, permanecer en el camino de Jesús.

Los Protomártires de nuestra Orden, a los cuales celebramos hoy junto a sus preciosas reliquias, son hermanos que tomaron esta palabra de forma radical, casi loca. Siguieron al Señor en el sufrimiento y la persecución, el rechazo e incluso la violencia física. Se han configurado tanto con Cristo pobre y crucificado que desean estar verdaderamente con Él, como Él, detrás de Él.

“Existe en toda la original espiritualidad franciscana una aspiración característica, la de la imitación del Señor, hasta las últimas consecuencias; ahora bien, ¿No se dice del Señor que «se ofreció porque quiso»? (Is 53,7) ¿No afirma Él mismo: «…Yo doy mi vida . . . Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo…»? (Jn 10, 17-18) Es cierto que «nadie debe entregarse espontáneamente a la muerte»» (S. AUG, De civ. Dei, 1, 26; PL 41, 39), que «no hay que dar a otros la oportunidad de actuar injustamente» (Summ. Theol, ibid. II-II 124,1 ad 3); pero, como señala el mismo Benedicto XIV, refiriéndose a casos semejantes, puede haber situaciones en las que, bien por el impulso del Espíritu Santo, bien por otras circunstancias especiales, el heraldo del Evangelio no tenga otro modo de sacudir la infidelidad que hacer de su propia sangre la voz de un testimonio extremo. Un testimonio indudablemente paradójico, testimonio de choque, testimonio vano, porque no es aceptado inmediatamente, pero extremadamente precioso, porque es validado por el don total de sí mismo; testimonio que pone de relieve en el más alto grado lo que es el martirio. Debería de ser inmediatamente, pasivo; en el lenguaje hagiográfico se llama passio; pero nunca está exenta de una aceptación voluntaria, activa, que en nuestro caso prevalece y por eso brilla más». (San Pablo VI, Homilía del 21 de junio de 1970).

El martirio de nuestros Protomártires es un acto vertiginoso de amor extremo y absoluto tras las huellas de Aquel que dio su vida por sus amigos, testimoniando así, por una parte, su total fidelidad al Padre y, por otra, la verdad de su anuncio, probada con sangre. Así como para sus discípulos, para nosotros El martirio sella la verdad del Evangelio. La Eucaristía que celebramos está enraizada en este amor que se entrega.

Los Santos Protomártires de la Orden cumplieron el deseo de martirio de Francisco, Clara y Antonio de Padua, que decidieron seguir la locura del Evangelio cuando pasaron sus reliquias.

Hoy los recordamos. La memoria se vuelve contemporánea. La locura de estos frailes choca con nuestra mentalidad moderna, concentrada en auto preservarse, tan escéptica y carente de idealismo, dispuesta a conformarse con una mínima medida de lo humano.

Admiramos a estos mártires, pero al mismo tiempo nos sentimos alejados de su fuerza interior. Su ejemplo grita, sacude nuestra fe adormecida, nuestra incertidumbre, nuestra vacilación.
Nos provocan a redescubrir el valor de la verdad, que es Cristo, crucificado y resucitado.

Su sólido testimonio nos propone una pregunta difícil: ¿cómo debemos relacionarnos con el mundo actual, con la sociedad que nos rodea? ¿Debemos situarnos frente al mundo en lugar de al lado de él? ¿Tenemos que romper nuestra relación con el tiempo en que vivimos y sus contradictorias y múltiples realidades, a riesgo de aislarnos y dificultar la misión?

¿Quizás estos Protomártires querían rechazar su tiempo y apartarse de él? Si nos fijamos bien en ellos, podemos reconocer que les movió un amor fuerte y a la vez ingenuo, animado por una loca esperanza. ¿Probablemente pensaron que en verdad podrían convertir a estos hombres? Cometieron un error de cálculo, y sin embargo fue por amor, para beneficiar a los demás, para abrir un camino al Evangelio. ¿Rechazaron e incluso odiaron al mundo musulmán? No, porque iban entre hombres de diferentes credos y los amaban a su manera, queriendo llevarles el amor de Cristo.

Por lo tanto, a la luz de su ejemplo también podemos caminar para apreciar como cristianos la acción de Dios en otras religiones, porque la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en estas religiones.

«no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que […] no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra aetate, 2, citado por Fratelli Tutti 277).

Al mismo tiempo, el testimonio de nuestros Protomártires nos recuerda, como dice el Fratelli Tutti en el nº 277, que “los cristianos no podemos esconder que «si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer». Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge «para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos»”.

Son sentimientos que nos llevan a celebrar al Señor en los Santos Protomártires de la Orden Franciscana. Tengo el honor de poder hacerlo este año aquí en Terni, junto a sus reliquias.
San Francisco nos lo recuerda de nuevo: “¡De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor!” (Adm VI,3).

No sólo queremos honrar su memoria, sino seguir inspirando nuestras vidas con su ejemplo, invocar su protección celestial para la Iglesia, para esta tierra de Umbría de la que partieron, para toda nuestra familia franciscana y para el mundo entero.

 

Fray Massimo Fusarelli, OFM
Ministro General