El Ministro General termina su visita en Croacia y Bosnia-Herzegovina

La Visita Fraterna del Ministro General, Fray Massimo Fusarelli, a las cuatro provincias de Croacia y Bosnia-Herzegovina concluyó con una Vigilia de Oración y la Santa Misa en Medjugorje entre el 31 de diciembre de 2021 y el 1 de enero del 2022.

Durante la Santa Misa, el Ministro exhortó a los presentes a recibir el don de la paz que viene de lo alto, es decir, Cristo: “Recibamos este don de la paz en la medida en que nos reconozcamos como hijos de Dios en Cristo, ese Hijo amado, Dios encarnado”, y añadió el motivo que le trajo a Medjugorje como peregrino para comenzar el Año Nuevo es el de presentar a toda la Familia Franciscana a la Madre de Dios e invocar una fe más viva en Jesús por parte de todos.

Al final de su homilía, Fray Massimo invitó a los presentes a orar por la paz, para que promueva el desarrollo integral de las personas, para que la fe y la obra de los Hermanos Menores crezca en la Familia Franciscana y para que el santuario se convierta en un lugar estable como puerta de escucha y de misericordia para todos los que allí acuden.

Acompañaron al Ministro General en Medjugorje Fray Konrad Grzegorz Cholewa, Definidor General, Fray Miljenko Steko, Ministro Provincial de Mostar, y Fray Vjekoslav Miličević, Secretario personal. Tras la celebración, el Ministro regresó a Italia.

 

Texto completo de la homilía del Ministro General en Medjugorje:

 

Solemnidad de la Santísima Madre de Dios

Medjugorje, 1 de enero de 2022

Que el Señor vuelva su rostro hacia ti y te conceda la paz

En este primer día del año dedicado a la Madre de Dios y a la oración por la paz, las palabras de la llamada bendición de Aarón nos dan luz para el nuevo tiempo que se abre: es el rostro de Dios el que nos muestra la dirección y nos da la paz.

No empecemos el año confiando en nosotros mismos y en nuestra propia capacidad de sembrar y obtener la paz. Sabemos que la paz -¡Cristo es nuestra paz!- es un don de lo alto, una bendición dirigida a nosotros, una promesa de bien.

Aceptamos este don de la paz en la medida en que nos reconocemos hijos de Dios en Cristo, el Hijo amado, Dios encarnado: “Se hizo hombre, y no entró en un hombre”.

Somos hijos de Dios por el don del Espíritu del propio Hijo amado. Es el Espíritu el que envolvió a la Virgen María, dándole por pura gracia el dar a luz “en la carne al único de la Santísima Trinidad, Cristo nuestro Dios”, como proclama el VII Concilio Ecuménico.

El Espíritu Santo llenó de tal manera a la Virgen María que su vientre pudo recibir a Cristo, y su corazón, su mente y su voluntad estuvieron dispuestos a escuchar: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

María es la discípula llena de fe y la Madre de Dios: por eso nuestra tierra pudo hacer germinar de ella a Aquel que es la verdadera paz.

En esta solemnidad que completa los ocho días de la Navidad, se nos da, como hemos orado al principio de la Misa, a gustar las primicias de su amor misericordioso. Porque la paz es verdaderamente un don de Dios y no el resultado de nuestros pobres esfuerzos.

Qué hermoso es, pues, que el primer día del año nos haga mirar a María, la Madre de Dios, la que dio la vida a Dios en su carne femenina y quedó ligada a ese niño de manera original e irrepetible: por eso la llamamos Theotókos, Madre de Dios, porque está ligada a la persona del Verbo de Dios hecho carne, ¡uno de nosotros!

Con una sola palabra (Θεοτόκος-Madre de Dios), confesamos el corazón de la fe en la Encarnación del Verbo de Dios y decimos que el hombre se hace hijo de Dios y obrero de esa paz que es Aquel que nació, murió y resucitó por nosotros.

He venido como peregrino a este santuario para comenzar el Año Nuevo y para traer aquí con alegría y fe especialmente a todos los hermanos de la Orden de los Hermanos Menores, a las Clarisas y a los numerosos miembros de la Familia Franciscana.

Me he hecho peregrino aquí para invocar de todos nosotros una fe más viva en Jesucristo, el Verbo hecho carne, centro del cosmos y de la historia.

Peregrino aquí, como sucesor de San Francisco, que “profesaba a la Madre de Jesús un un amor inefable, porque había hecho nuestro hermano al Señor de la majestad. En su honor cantaba alabanzas especiales, elevaba oraciones, ofrecía afectos tan numerosos y tales que el lenguaje humano no podría expresarlos”. Así lo expresa Tomás de Celano.

En este lugar, desde hace muchos años, muchas personas han visto reavivarse la llama de la fe al escuchar la palabra de Dios y celebrar los sacramentos, especialmente los de la Reconciliación y la Eucaristía.

Y es aquí donde se abre la libertad para descubrir el don de la oración, especialmente a través del silencio y la adoración. Y por eso tantos han podido saborear el don de la reconciliación y la paz en este lugar.

¿No encontramos todo esto en la Virgen María, Madre de Dios y nuestra hermana en la fe? San Pablo VI escribió: “María es la demostración de lo que Dios hace cuando encuentra una persona dispuesta: ella es lo que nosotros debemos llegar a ser”.

San Francisco llamó a María virgen hecha Iglesia: podemos llegar a ser lo que vemos realizado en ella. Este es el camino más profundo de la conversión, un don del Espíritu que hace nueva nuestra libertad y la hace crecer.

Podemos llegar a ser realmente con María la casa, el palacio, el tabernáculo de Dios en medio del mundo. Como en ella, el Espíritu del Señor se posará sobre nosotros y hará de nosotros su morada y habitación. Y nosotros somos hijos de nuestro Padre celestial, y esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. De esta manera podemos generarlo a través de una actividad santa, que debe brillar como un ejemplo para los demás.

Esta es la vida nueva, el fruto de la paz que viene de acoger a Jesucristo, el Verbo hecho carne en el seno de la Virgen María: este es el don que muchos han experimentado en este lugar y que muchos otros podrán recibir. Oremos para que esta obra de Dios continúe y crezca según su voluntad.

Oremos para que la paz promueva el desarrollo integral de las personas, sobre todo, para que crezca “el diálogo entre generaciones, la educación y el trabajo: instrumentos para construir una paz duradera”.

Oremos para que la fe crezca en nuestra familia franciscana y para que la presencia de la Virgen María vuelva a descubrirse en el corazón de nuestro carisma.

Oremos para que la presencia y el trabajo de los Hermanos Menores en este lugar se conviertan en una puerta estable de escucha y misericordia para los muchos que vienen aquí.

Que la Madre de Dios, que hizo hermano al Señor de la Majestad, nos siga bendiciendo y acompañando en la paz. Amén.