En cuanto a mí, no hay más gloria que en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo | Homilía para la Fiesta de los Estigmas

Homilía del Ministro general para la Fiesta de la Impresión de los Estigmas de San Francisco de Asís

 

Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo. Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura.(Gal. 6,14-15)

Francisco se acercó a este lugar con su fractura, con su pobreza, en busca de nuevas posibilidades para descubrir el poder liberador del Evangelio. Pero sabía que esta liberación no era gratis, por así decirlo, sino que tenía un costo. ¿Cuál fue el costo? Lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.” (Lc 9,23-24).

Hoy estamos invitados a sufrir una muerte espiritual: muerte a esos pensamientos y a aquellas actitudes dentro de nosotros que nos llevan hacia la muerte y la desesperación en lugar de la vida y la esperanza; muerte a esas heridas que llevamos en el corazón, infligidas por aquellos que pretenden amarnos -los maridos, las esposas, los hijos, los padres, los hermanos o las hermanas en nuestras comunidades religiosas, amigos- y heridas acumuladas en las luchas cotidianas de la vida; muerte a nuestro carácter fuerte y a la prisa de juzgar a los demás; muerte a aquellos temores y prejuicios que nos impiden reconocer el rostro de Dios en todos los hombres, especialmente en los pobres, en los marginados, en los “extraños en medio de nosotros”, y que nos impiden reconocernos unos a otros como hermanos o hermanas en la única familia de Dios; muerte a nuestra incapacidad de dejarnos amar y perdonar por Dios, transformando nuestros fríos corazones de piedra en corazones de carne (Ez 36, 26) capaces de recibir y compartir el amor.

San Francisco vino a la Verna con la esperanza de que a través de la cruz de Jesús se curaría  de su fractura, transformadlo en esa “nueva creación” anunciada por san Pablo a los cristianos de Corinto. Necesitaba tocar una vez más las heridas de Jesús crucificado para que su corazón y su espíritu pudieran curarse. Pero la historia de las llagas no termina con Francisco que recibe un consuelo personal de Jesús, que toma la forma de los Estigmas.

Cuando recibió este regalo, Francisco reconoció plenamente que se sentía atraído por el misterio de la voluntad de Dios de sufrir con todos los que Dios había creado. Las llagas de Cristo son las llagas de la humanidad y de la creación. Nosotros, como Francisco, estamos invitados a entrar en esta gran fiesta no sólo para ser espiritualmente consolados, sino para ser transformados en agentes de la “nueva creación”, mensajeros del amor, de la fraternidad universal y de la restauración. Como Francisco, también nosotros venimos a esta montaña para ser curados y reanimados. Venimos para tener una vez más la valentía de tomar la cruz en nuestra vida cotidiana, una cruz que lleva los sufrimientos de todos nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo y los del universo creado (cf. Papa Francisco, Angelus, 30 agosto 2020). Sólo quien está dispuesto a emprender este difícil viaje en las tinieblas y en el dolor ante la humanidad y el ambiente natural experimentará la plenitud de la gracia que san Francisco experimentó cuando estuvo marcado por las heridas de Cristo.

La Verna – 17 de septiembre 2020

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general

Para el texto completo en italiano: ofm.org