Fiesta de la Universidad Antonianum y del Gran Canciller

“Estamos llamados a repensar juntos la lógica económica dominante, implicando así a los mismos protagonistas de la escena económica mundial en un proyecto que reescriba la ética del mercado, más allá del límite del beneficio únicamente, y cree valor, convivencia civil, la circularidad de los bienes y de las personas, de la cultura y de los cuidados, que hoy están en crisis sobre todo a causa de la crisis pandémica”, declaró el Gran Canciller de la Universidad Antonianum, Fray Massimo Fusarelli, Ministro General, en la clausura de la tradicional fiesta anual de la Universidad.

Los dos días de fiesta, 17 y 18 de enero, estuvieron marcados por dos temas: «Del ideal de pobreza a la gestión de los recursos económicos» y «¿Cómo conjugar la pobreza y la necesidad de recursos para la gestión económica de los servicios relacionados con el carisma?«.  Se invitó a expertos como la profesora Lorella Parente, el profesor Giacomo Todeschini, el profesor Roberto Lambertini, el profesor Oreste Bazzichi, la profesora Giuseppina Muzzarelli, el doctor Francesco Stefanini (Caritas Internationalis), el profesor Massimo Folador (LIUC Business School), la doctora Maria Grazia Ardissone (directora de la Academia San Giovanni di Dio) y el profesor Andrea Romboli (Studio Romboli Società Benefit) a debatir el estudio.

Fray Agustín Hernández Vidales, Rector Magnifico, compartió con los participantes la trayectoria de la Universidad: “En su historia, el Antonianum siempre ha estado al servicio de la Iglesia y de la Orden”, añadiendo: “Por ello, nos alegra y enorgullece conmemorar a nuestro fundador, el padre Bernardino da Portogruaro, en el 200º aniversario de su nacimiento. Herederos de un centro académico, que él deseó y construyó, nos comprometemos a mantener viva la llama por la ciencia y la devoción que él declaró con su lema Veritas Caritatis y Caritas Veritatis inspirado en San Buenaventura”.

Hablando al margen de la Fiesta, Fray Darko Tepert, Secretario General de Formación y Estudios, dijo: “La fiesta de la Universidad y del Gran Canciller de este año está destinado a ayudar a la Orden de Hermanos Menores en su compromiso de ayudar a los pobres y marginados y de llevar una vida solidaria”.

Al final de la fiesta, el Gran Canciller condecoró a los estudiantes más destacados del año: Caterina Capelli, Pamela Salvatori, Roberildo Sousa Araujo, Amando Trujillo Cano, Gerald Duroisin, Josip Sedlar, Isabella Pinto, Sara Capelli, Sabu George Madathikunnel, Reine Zoundokpee e Sara Cesaretti. Por otro lado, se otorgó el Premio San Francisco a dos autores, Michele Campopiano por su obra Escribir la Tierra Santa, los franciscanos del Monte Sión y la construcción de una memoria cultural, 1300-1550, publicada en 2020, y Alessandra Bartolomei Romagnoli por su trabajo sobre Tommaso da Olera, Lettere, edizione critica, publicado en 2019. Para coronar una vida dedicada a la docencia y la investigación, el profesor Vicenzo Battaglia recibió el decreto de nombramiento como profesor emérito de la Universidad.

 

Texto completo del discurso del Ministro General, Gran Canciller:

“Del ideal de pobreza a la gestión de los recursos económicos”
Discurso de clausura del Congreso
Roma, PUA, a 18 de enero del 2022

Honorables Embajadores
Autoridades académicas,
estudiantes y personal de la PUA
Hermanos todos,
Reverendas Hermanas y Reverendos Presbíteros
Estimados periodistas,
Señoras y Señores
Estimados amigos

“La sociedad mundial tiene serias fallas estructurales que no se resuelven con parches o soluciones rápidas meramente ocasionales. Hay cosas que deben ser cambiadas con replanteos de fondo y transformaciones importantes”. Esto es lo que dice el Papa Francisco en la Fratelli Tutti nº 179. Como heredero espiritual del Santo de Asís, hago una pregunta: ¿Es sostenible hoy una fraternidad como la franciscana, basada en el ideal de la paupertas, todavía? ¿Cómo se puede pretender armonizar dos elementos, sostenibilidad económica y ideal pauperístico, que parecen tan distantes y casi opuestos? ¿Elegir la pobreza significa renunciar a la lógica económica o es otra forma de pensar y vivir la economía? Incluso la pobreza, de hecho, propone un cierto pensamiento económico, alternativo, aunque no opuesto al pensamiento pre-capitalista en la época de la comuna medieval.

Desde aquí podemos comprobar el estilo del carisma franciscano de situarse no frente a o junto a el mundo y la realidad, casi opuestos a ellos, sino entre y con, en el espíritu de la Regla no bulada que en el capítulo XVI envía a los frailes “entre los sarracenos”. Por eso, los frailes después de Francisco encontraron el mundo, la ciudad con sus plazas y calles, la vida de la gente como el lugar ordinario y normal de vida y de su propuesta. Por esta razón, la cuestión de la vida económica no podía ser ignorada, de hecho, será central. Una lección permanente para una visión evangélica como la franciscana, que busca mantener en tensión una idealidad elevada y radical con la realidad de la vida de los hombres de un tiempo y un entorno preciso.

De este modo se entiende que Francisco de Asís en sus escritos no renuncie a un léxico económico, que los franciscanos del siglo XIII desarrollarán hasta elaborar una nueva concepción del uso de los bienes en ausencia de propiedad y posesión duradera de los mismos. Francisco reconoce que todos los bienes, ya sean materiales o inmateriales, apuntan en última instancia a Dios, Él que es el bien, todo bien, el bien supremo, la fuente de todo bien. La opción de vivir “sin propio”, como dice, no hace más que codificar esta convicción, porque declararse dueño de algo sería una «apropiación indebida» de lo que, en última instancia, es de Dios o apunta a Dios.

Francisco, junto con sus hermanos, realiza esta opción de expropiación radical a través de los tres votos, que en la perspectiva franciscana tienen como denominador común la dimensión de sine proprio, en relación con el uso de los bienes (pobreza), su finalidad inclusiva y solidaria según el ideal de la fraternitas (castidad) y su orientación hacia el Bien Supremo que es Dios (obediencia).

Me gustaría iluminar este pensamiento observando el fresco de Domenico Ghirlandaio en la Capilla Sassetti de Florencia, que nos traslada al momento en que el joven mercader se desviste frente a su padre. En el centro de la escena está el Francisco desnudo, que aparece como el necesitado por excelencia. El Obispo se inclina sobre él en el acto de cubrirlo y, por lo tanto, protegerlo; el padre a sus espaldas es dominado por su propia ira; los otros personajes en su compostura revelan sentimientos opuestos de reacción a lo que está sucediendo. El estremecimiento que recorre a todos es el de la necesidad, que no afecta sólo a Francisco; este último, mas bien, revela a todos y cada uno su propia condición de necesidad, de dependencia, de pobreza creativa. De hecho, todos están necesitados y no se dan benefactores y beneficiarios: más bien uno recuerda al otro que es criatura limitada y necesitada ayuda. Todos pobres, por tanto, todos “sine proprio”, todos capaces de responder al don recibido, todos dispuestos a retribuirlo a Dios a través de todas sus criaturas. Todos hermanos y hermanas, ninguno independiente para salvarse a si mismo.

La elección de tal vida “sine proprio” vale para Francisco y los suyos, aun así, son muy conscientes de dos cosas: viven en un mundo en el que también ellos necesitan bienes para vivir y en este mundo otros cristianos hacen legítimamente opciones diferentes, Poseyendo bienes y haciendo una familia. Surgen dos temas: cómo justificar el hecho de que, habiendo renunciado a todo, también los frailes utilizan los bienes y el cómo relacionarse con los que no hacen voto de pobreza. Podríamos plantear estas dos cuestiones como el problema de la relación de los frailes con la estructura económica de la sociedad, de la que no pueden sustraerse.

Respecto a la primera cuestión, ya Francisco in nuce y luego expresamente la primera tradición franciscana elaboraron la distinción entre propiedad (en latín dominium) y uso. Los hermanos renuncian a la propiedad, pero no al uso de las cosas, porque no se puede renunciar al uso de ciertos bienes, como la ropa o la comida o la vivienda. La vida implica el uso de algunos bienes y los frailes son conscientes de que también ellos los utilizan, pero no como propietarios, sino con la conciencia de recibirlos como don, constantemente, del único gran benefactor, que es Dios, a través de sus administradores, que son los que superficialmente consideramos propietarios de los bienes.

Esta posibilidad de utilizar algunos bienes implica para los hermanos el trabajo asalariado, que es su forma ordinaria de sustento, así como la limosna, a la que recurren cuando el pago del trabajo es escaso o incluso se niega, o en el caso del trabajo gratuito para los que no pueden pagar, como los leprosos. Hay que señalar que en la Regla no bulada Francisco afirma incluso un “derecho” a la limosna para todos los pobres, precisamente porque sabe bien que el verdadero dueño de todos los bienes es Dios e incluso los que consideramos dueños son en verdad administradores responsables, no sólo en beneficio propio sino también respecto a las necesidades de los demás. «Y la limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y que nos adquirió nuestro Señor Jesucristo.» (Rnb 9,8). Ayer se recordó que la colecta para los necesitados se convirtió en una prioridad de la comunidad eclesiástica primitiva (en referencia a Gal 2:10).

En la vida de los frailes, el uso de los bienes se vive en un total compartir fraterno según ese paradigma fundamental de la fraternitas, que es la forma de vida intuida por Francisco. Por otra parte, la fraternitas hace posible la vida sine proprio: quien vive solo, si no tiene nada, no sobrevive, mientras que quien tiene hermanos encuentra en ellos un seguro de vida que hace posible vivir sin bienes (recordando el “omnia communa” de la comunidad apostólica en Hch 2,44 y 4,32).

El modelo de vida de los frailes, inmersos en una sociedad de la que reciben lo necesario para vivir y a la cual ofrecen su testimonio y servicio, crea un pacto incluso económico entre los hermanos y el mundo, como afirma Francisco en un pasaje del Memorial:

«Hay un contrato entre el mundo y los hermanos: éstos deben al mundo el buen ejemplo; el mundo debe a los hermanos la provisión necesaria. Si los hermanos, faltando a la palabra, niegan el buen ejemplo, el mundo, en justa correspondencia, niega el sostenimiento»[1].

El testimonio ofrecido por los frailes tiene sus efectos en la sociedad mercantil del siglo XIII: por un lado, el proyecto de la fraternitas sensibiliza al reparto fraternal, no sólo con los frailes sino también con los pobres a quienes los frailes dan servicio; por otro lado, la distinción entre dominium y usus, hecha por los frailes para sí mismos, muestra a los mercaderes una forma diferente de utilizar su riqueza. De hecho, está claro que hay una riqueza «mala», la cual privilegia el egoísmo dominium, sólo para uno mismo, de esta el avaro es un emblema; Pero también existe la riqueza “buena”, que favorece el usus de las riquezas, haciéndolas circular para que muchos se beneficien (pensando en no tener otra deuda que el amor mutuo, recordando Rom 13,8), como hace el comerciante, que pone en juego su riqueza en su empresa comercial, de la que muchos se beneficiarán junto a él, desde los clientes hasta los empleados, pasando por los productores y muchos otros.

Se trata, en definitiva, de dar a los recursos una nueva orientación, que ya no sea sólo la del beneficio de un círculo restringido de inversores. Como afirmaban, sin tregua, los franciscanos del siglo XV, creadores de los montes de Piedad, sólo la distribución de los recursos crea riqueza, sólo la circulación de los bienes genera valor social, político e incluso cultural. La codicia es ante todo una ignorancia de los procesos económicos y un atentado contra la vida social, y no sólo una violación de un principio disciplinario para salvaguardar la moral privada. Es una violación de la ética pública y de la propia economía. Es una violación de la alianza con Dios que de Padre nos necesita a todos hermanos. ¡Sólo una fraternidad que se convierte en un laboratorio de sostenibilidad social, política y cultural merece apoyo económico! La sostenibilidad es el salario del trabajador evangélico, que anuncia el Reino, meta del pueblo que camina por los caminos de la historia.

Los biógrafos de Francisco narran un episodio significativo para indicar cómo Francisco no pedía dinero para sí mismo, sino para la realización de un proyecto de la fraternitas.

[…] marchaba a Osmio junto con el señor Pablo; […] el campo dio con un pastor que cuidaba un rebaño de cabras e irascos. Entre tantas cabras e irascos había una ovejita que caminaba mansamente y pacía tranquila. Al verla, el bienaventurado Francisco paró en seco y, herido en lo más vivo de su corazón, dando un profundo suspiro, dijo al hermano que le acompañaba: «¿No ves esa oveja que camina tan mansa entre cabras e irascos? Así, créemelo, caminaba, manso y humilde, nuestro Señor Jesucristo entre los fariseos y príncipes de los sacerdotes. Por esto, te suplico, hijo mío, por amor de Cristo, que, unido a mí, te compadezcas de esa ovejita y que, pagando por ella lo que valga, la saquemos de entre las cabras e irascos».

 Maravillado de su dolor, comenzó también el hermano Pablo a compartirlo. Preocupado de cómo podrían pagar su precio y no disponiendo sino de las viles túnicas que vestían, se presentó al punto un mercader que estaba de camino y les ofreció las costas que buscaban[2].

Francisco invita al mercader de paso a convertirse en constructor con él de la fraternitas. ¡Más aún, serán precisamente los mercaderes los que reconocerán en el proyecto de fraternidad cósmica concebido por Francisco la propia vocación al cuidado del bien común!

El dinero, que con el advenimiento del sistema mercantil se convirtió en el principal medio de intercambio, en este caso es utilizado por Francisco para restaurar la misma armonía cósmica, que parece sufrir las consecuencias de la violencia humana que el Santo conoce bien, como protagonista de la guerra contra Perugia y como aspirante a cruzado. Francisco consideró, entonces, las relaciones fraternas modificando la lógica mercantil, haciéndola servir de instrumento para el rescate de la oveja amenazada por la prepotencia de los cabríos. Este es, naturalmente, el emblema de la desigualdad social, que se estaba generando precisamente con la elección de la acumulación de los bienes, que caracteriza a la civilización comunal, que por primera vez en la historia produce numerosos pobres e indigentes.

El “sine proprio”, que profesa la tradición franciscana, no pretende ser hoy un criterio para medir la posesión o no de los bienes. Más bien, pone de manifiesto esa tensión inevitable entre las alturas de una idea elevada y las superficies planas de la realidad. En el franciscanismo se necesita mantenerse juntos en una tensión polar y no en una alternativa ni mucho menos en una oposición el ideal y la realidad, la llamada evangélica radical y la posibilidad de vivir en el mundo. Permanecer en este movimiento no nos deja neutrales: nos toca, nos involucra, nos hace estar en contradicción, no ofrece respuestas ya hechas, abre preguntas y las deja actuar para la vida crezca. El creyente es un peregrino en el mundo, con los pies en sus calles polvorientas y con la mirada puesta en el Reino de Dios, que es irreductible al mundo, actuando como levadura de su vida y de su crecimiento

Por eso el franciscano está en el mundo, incluso con sus estructuras económicas y sociales, no sintiendo que todo lo humano es ajeno, sino habitándolo libre y apasionadamente, en el movimiento de una libre expropiación, tanto interior como exterior, entendida como una llamada a pasar de la posesión autorreferencial al compartir, renunciando a la lógica de la dominación.

No es tarea fácil renunciar a todas las posesiones y someterse a la necesidad de los bienes del mundo y su uso. El franciscano prefiere, en oposición al mundo, la escucha y el espíritu fraterno incluso en sus complejidades, que a adaptarse funcionalmente a la lógica mundana de la posesión, la búsqueda permanente de un «más allá» que atrae, da forma a lo existente y lo proyecta hacia un «más» que nunca se agota.

Como familia franciscana estamos llamados a contribuir como lo pide la  Laudato si’ a una “revolución cultural” (n. 114), para que el ser humano redescubra la bondad de su papel en la Tierra. Con el estilo existencial de “sine proprio”, podemos crear las condiciones para acoger el mayor de los regalos, es decir, a Dios que se entrega totalmente a nosotros. Además, sentimos la responsabilidad de recibir y relanzar una “filantropía” que es un compartir el don recibido y restituido, una provocación para compartir también en un espacio interior.

Estamos llamados a repensar todos juntos la lógica económica dominante, implicando así a los propios protagonistas de la escena económica mundial en un proyecto que reescriba la ética del mercado, más allá del limite solo de la ganancia, y cree valor, convivencia civil, circularidad de los bienes y de las personas, de la cultura y de los cuidados, que hoy está en crisis, especialmente a causa de la crisis pandémica.

La fraternidad franciscana inspirada en la paupertas, hablando el lenguaje de la gratuidad, con su aportación carismática, puede ofrecer ese capital cultural, social, humano y espiritual para la construcción de un verdadero humanismo económico. Sólo si es fiel al proyecto de fraternitas, cuya fuente es el Evangelio de Jesucristo, el franciscanismo puede resultar verdaderamente sostenible.

¡Que el Señor les dé paz!

Fray Massimo Fusarelli, OFM
Ministro general