Francisco y Domingo – amantes incondicionales del Redentor | Homilía de la Fiesta de N.S.P. San Francisco 2019

El 4 de octubre de 2019, para la celebración de N.S.P. san Francisco de Asís en la Curia general, como es tradición, Fr. Jean-Ariel Bauza-Salinas, OP, Secretario general de la Orden de Predicadores, presidió la solemne Eucaristía y participó una homilía con motivo de la Fiesta. Compartimos parte del texto a continuación. Para el texto completo en italiano, haz clic aquí.

Homilía para la Fiesta de nuestro seráfico padre S. Francisco 2019

Fr. Jean-Ariel Bauza-Salinas, OP

 

Francisco y Domingo, tan cercanos y tan diferentes.

  • Una extraña amistad nacida como una flor en los desiertos de su tiempo.
  • Una amistad improbable que nadie podía haber previsto, ni siquiera ellos.
  • Amistad en la pureza de los corazones de dos siervos de Dios de mirada clara y sencilla que supo reconocer el soplo del Espíritu en sus respectivas instituciones.
  • Una amistad que ha durado siglos que aún perdura y que buscamos preservar como un tesoro común que une a nuestra Órdenes, nacidas de la voluntad del Espíritu Santo.

 

Muchos predicadores doctos y ardientes se han subseguido en sus cátedras para hablar sobre Francisco y Domingo. Al no tener ni la sabiduría de los primero ni el ardor de los segundos, simplemente me gustaría mencionar esta tarde al menos uno de los puntos comunes de nuestros fundadores y tratar de encontrarlo, finalmente, en palabras de Francisco.

¿Cómo se parecen Domingo y Francisco? Quizás una de las características que podrían destacarse es esta atracción que ambos tenían por Cristo y que San Pablo resume en su carta a los Gálatas: en cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!

Ambos eran amantes incondicionales del Señor Jesús, el Redentor, el que salvó al mundo con su sangre. Son testigos concretos los estigmas de Francisco, que recibe en su carne los signos de la pasión, y la oración de Domingo, representada ocho veces de nueve, en sus formas de orar, ante el Cristo crucificado de cuyo costado brota un chorro de sangre.

Ambos se sintieron atraídos por este misterio, un misterio que nos han dejado como herencia. La centralidad de Cristo en nuestra vida, en nuestras Órdenes, en nuestra legislación, en nuestra predicación, en nuestra forma de evangelizar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprended de mí. Pienso en nuestras primeras iglesias, donde se colgaron enormes crucifijos en la entrada del coro como se puede ver, por ejemplo, en los frescos de Giotto en Asís. La Mirada sobre Cristo, que acoge y habla: Ve y repara mi iglesia. No tener otra referencia, ningún otro propósito, ninguna otra alegría que morar con Cristo y atraer el mundo hacia él. […]