Homilía del Ministro general en la Conclusión del Encuentro con los Ministros y Custodios 2020

El 30 de enero 2020 se concluyó el encuentro del Ministro General y su Definitorio con los nuevos Ministros provinciales y Custodios. Durante el encuentro se afrontaron diversos temas, tales como: El servicio de la autoridad, la formación para la misión, el acampamiento, el Ministro provincial y su Definitorio, el CPO 2018 a la luz del Capítulo general, y la economía. Todos los participantes han tenido un diálogo personal con el Ministro general y han podido visitar las Oficinas de la Curia.

En su homilía final, el Ministro general compartió estas palabras:

Homilía

En estos días hemos seguido la historia de la consolidación del poder de David y la reorganización del reino de Israel. Su deseo de construir una casa digna de custodiar el Arca de la Alianza, símbolo por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo elegido, es de suma importancia. Inicialmente el profeta Natán anima a David a proceder con la construcción de una estructura física, un templo, para conmemorar las innumerables intervenciones de Dios a favor del pueblo; más tarde y casi en contradicción se le dice que no proceda con este grandioso plan.

Algunos estudiosos perciben en el texto una crítica teológica al plan de David de utilizar el proyecto del templo para consolidar su poder real.  Traer el Arca a Jerusalén significaría, siguiendo la lógica de la monarquía, un “sello de aprobación” divino en sus ambiciones más amplias de construir un reino fuerte y unido. Otros estudiosos sugieren que las interpretaciones cruzadas de la palabra “casa” -que indica un reino (entidad política), o una estructura física (templo), o la promesa de una dinastía duradera- representan los intereses divergentes de quienes contribuyeron a las sucesivas redacciones del texto original. A pesar de estas diferentes maneras de interpretar el significado original, lo que permanece constante es la no tan sutil contradicción entre la voluntad de Dios, por un lado, y la de los seres humanos por el otro. Como nos recuerda el profeta Isaías: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos”, dice el Señor. “Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis pensamientos son más altos que los vuestros” (Is. 55, 8-9). El mensaje tanto de Samuel como de Isaías es algo que no sólo está dirigido al pueblo de la primera Alianza; está dirigido a todos nosotros que somos discípulos del Señor Jesús, y muy especialmente a los llamados a servir como ministros.

Al igual que David, uno de los mayores desafíos que enfrentamos es el de mantener nuestros ojos y oídos, nuestra mente y corazón abiertos a la voz que viene de arriba, de Dios. Es evidente que habrá momentos en los que nos convenzamos tanto de que comprendemos completamente una situación particular y, por lo tanto, no tengamos necesidad de seguir escuchando la voz de los demás o incluso de Dios. Esto puede sucederle a cualquiera de nosotros, especialmente cuando, en el transcurso de nuestro servicio, nos cansamos de escuchar voces contrastantes, o cuando estamos delante de hermanos que dan un testimonio contrario al Evangelio. Podemos llegar a convencernos de nuestra autosuficiencia e infalibilidad que ya no estamos abiertos a la búsqueda de nuevas posibilidades, sino sólo a repetir viejos esquemas. Cuando esto sucede, no puede surgir nada nuevo en la vida de los frailes, en la vida de la Entidad o en nuestras propias mentes y corazones. En lugar de permitir el surgimiento de algo nuevo, simplemente repetimos lo viejo. Este es precisamente el punto del texto bíblico del Primero y Segundo libro de Samuel. Dios no quiere que lleguemos a las mismas conclusiones y repitamos las mismas prácticas que aparentemente funcionaron en el pasado. El hecho de que Dios parezca ‘dispuesto’ a albergar la construcción de un templo es una prueba de que Dios también es parte de este proceso de cambio. Dios reconoce que cambiar, en palabras de San John H. Neumann, es llegar a ser perfecto, es elegir la vida sobre la muerte.

Una de las ideas más importantes del Consejo Plenario de la Orden de 2018 fue el reconocimiento de que la vida continúa sólo en la medida en que cambia. En los informes de las Conferencias se detecta una creciente conciencia de que el cambio no sólo es inevitable, sino deseable. La única manera de abrazar el cambio es comprometerse en un proceso de diálogo sincero y abierto, de discernimiento, reuniendo todas las herramientas a nuestra disposición -nuestra vida espiritual; la fuerza de la vida fraterna; el abrazo de un mundo necesitado de amor, aceptación, esperanza. Como nos recuerdan 2 Samuel y el Papa Francisco (Evangelii gaudium,45), la meta de nuestro camino de fe no es la autopromoción, ni la supervivencia. Esta es la tentación de David, de construir algo para celebrar los logros personales. Pero no hay futuro, no hay vida, cuando vamos por este camino. Al final, incluso el rey David se arrepiente y somete su voluntad, sus deseos, sus aspiraciones de construir un imperio a la voluntad de Dios, como lo atestigua su oración:

“Y ahora, Señor Dios, mantén firme eternamente la palabra que has dirigido a tu siervo y a su casa y haz según tu palabra. Sea tu nombre por siempre engrandecido; que se diga: El Señor es Dios de Israel; y que la casa de tu siervo David subsista en tu presencia,” (2Sam 7,25-26)

Hermanos, que la oración de David se convierta en nuestra oración. Que renunciemos con valentía a los proyectos de origen meramente humano, donde Dios no tiene lugar. Que Dios nos dé la sabiduría para reconocer la diferencia, buscando sólo la voluntad de Dios para nuestras vidas y las vidas de aquellos hermanos confiados en nuestras manos.