Homilía del Vicario general al CPO

Homilía – CPO, Nairobi – 20 junio‘18

Fr. Julio Cesar Bunader, OFM – Vicario general

 

El Evangelio según san Mateo, en el v.1 nos ofrece un principio que determina el texto, cuando dice: “Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo”(Mt 6,1).

Normalmente la liturgia nos propone meditar el Evangelio de hoy (Mt 6,1-6.16-18) durante el tiempo de Cuaresma. En ocasión del Concejo Plenario, tiempo para escuchar y discernir, considero importante dejarnos interpelar por las palabras de Jesús, que nos advierte: no actúen para ser vistos por los otros (cfr. Mt 6,1). Es una exhortación donde se utiliza el término “justicia”, en el sentido de “buenas obras” realizadas según la voluntad de Dios. Consideramos algunos aspectos:

Hacer el bien. Sabemos que una acción puede transformarse en práctica ineficaz o incorrecta, cuando se pervierte la intencionalidad de la persona que la realiza. Si lo aplicamos a las tres obras típicas de la piedad: la limosna (vv 2-4.), la oración (vv 5-6.) y el ayuno (vv 16-18.), percibimos que el evangelista resalta dos modalidades diferentes de actuar, que nos remiten a dos practicantes: los que se buscan a sí mismo para ser reconocido por los demás, y quienes realizan las obras en obediencia a la voluntad de Dios. Dos expresiones, dos verdades e intenciones: los que pretenden la propia realización y gratificación, y los que buscan a Dios en el secreto del propio corazón -el Padre “ve en el secreto” (Mt 6, 6)-, despojados de sí mismos y habitados por Dios, criterio que los mueve en la práctica del bien. 

Honestidad. Los destinatarios de Jesús, según el Evangelio, son los creyentes piadosos de su tiempo, y aclara que “hacer el bien” puede estar motivado por la búsqueda del propio interés. El ejercicio de la justicia puede estar amenazado por el peligro de lo superficial, inclusive de la hipocresía(cfr. Mt 6,2.5.16). Advertimos que “aparentar santidad” tiene poco o nada que ver con las buenas obras, por el contrario, son acciones realizadas para obtener prestigio, inclusive utilizando las personas o la comunidad para afirmar las propias ideas o intereses. A dicho actuar y/o religiosidad, el Evangelio contrapone la fe que surge de la relación íntima con el Señor -en secreto(cfr. Mt 6,4.6)- y cimentada en la sinceridad. Son aquellos que no buscan ser conocido por los otros (cfr.  Mt 6,18). 

Gratuidad. El Evangelio inicia con la advertencia: ¡Tengan cuidado!(v.1). Cuídense, nos dice, de la práctica de la justicia y las motivaciones para ejercer esa justicia. Jesús pide estar alertas a cuanto subyace, es decir: si practico la justicia para quedar bien, entonces adquiere un “matiz negativo”, pues se altera la perspectiva hasta llegar a la falta de autenticidad e incluso a la injusticia. Si se instrumentaliza la realización del bien, con conductas que pretenden reconocimiento de las personas, se recibirán aplausos. Por el contrario, “practicar la justicia” según el Evangelio, debe realizarse a favor de los demás y para los demás, para corresponder a la voluntad de Dios; estos tales serán “recompensados” (cfr. Mt 6,4.6.18). La afirmación consuela y anima a quienes actúan en silencio, en lo oculto y no se vanaglorian de los resultados. 

Deseo terminar recordando la exhortación de san Francisco de Asís, en la Regla no bulada: “cuídense, todos los hermanos de todo orgullo y vanagloria. Y protéjanse contra la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne” […], porque “quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres”. En todo procuremos “la humildad y la paciencia y la pura simplicidad y la verdadera paz del espíritu” (Rnb 17,9-16). 

Hermanos, supliquemos a Dios Padre que nos asista con el Espíritu a seguir a Jesucristo, en simplicidad y en verdad de vida, para que nuestra misión sea el anuncio de la “alegría del Evangelio”. Que la familiaridad entre los hermanos sea la ayuda en la “práctica de la justicia”, para hacer visible el tesoro que esconde nuestro corazón (cfr. Lc 6,45): “los bienes que el Señor nos muestra” (Adm XXI). Así sea.