Homilía para la Conclusión del Encuentro 2019 con los Visitadores generales

Del 18 al 22 de noviembre de 2019, se llevó a cabo en la Curia general el Encuentro 2019 entre el Ministros general OFM y su Definitorio con los Visitadores generales.

En la misa de clausura, el Vicario general, fr. Julio César Bunader, compartió estas palabras:

Con la celebración de la Eucaristía damos por finalizado el encuentro de Visitadores generales, y lo hacemos como hemos iniciado en este templo con la celebración de la Eucaristía. Es propiamente el tema del “templo” que nos inspira la liturgia de la Palabra, en el pasaje del libro de los Macabeos (4, 36-37. 52-59), que habla de la consagración del templo realizada por Judas, y del Evangelio de Lucas (19, 45-48), que relata la expulsión de los vendedores del templo.

Meditamos en primer lugar, sobre el “sentido del templo”, considerado como lugar para adorar a Dios y lugar de encuentro de la comunidad; en segundo lugar, en el “templo espiritual”, porque la comunidad está integrada por personas que son ellas mismas moradas donde habita el Espíritu Santo; por último, recordamos la memoria de Sta. Cecilia, para cantar a Dios “un canto nuevo”.

Nos referimos al “sentido del templo”. En la época de Judas Macabeo después de la destrucción del templo durante las guerras, se consigue la victoria y se vuelve a consagrar y purificar el templo. Judas y sus hermanos dijeron: “Nuestros enemigos están vencidos; subamos a purificar el Lugar Santo y a celebrar su dedicación” (1Mac 4,36). La purificación y una nueva consagración porque los paganos utilizaron el santuario para su culto.

Por lo tanto, purificar y consagrar el templo porque es el lugar para dar gloria a Dios. Ese será el sentido del gesto de Judas Macabeo: el templo es el lugar donde la comunidad reunida se encuentra para orar, alabar al Señor, dar gracias y adorar. En efecto, en el templo se adora al Señor, y esto es válido para todo templo y para toda ceremonia litúrgica.

Como relata el evangelista Lucas, también Jesús purifica el templo. Se pone a “echar fuera” (Lc 19, 45) las actitudes paganas de los mercaderes que vendían y habían transformado el templo en pequeños negocios. Jesús purifica el templo reprendiendo, cuando dice: “está escrito: mi casa será casa de oración” (Lc 19,46) y no para otra cosa. El templo es un lugar sagrado. Y nosotros debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración.

Hablamos del “templo espiritual”. San Pablo nos dice que somos templos del Espíritu Santo: “¿Acaso no saben que el cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (1Cor 6,19); es decir, que cada uno es un templo y que el Espíritu de Dios está en mí. Es por ello que nos recuerda: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con la forma en que viven” (Ef 4,30).

En este sentido, hablamos de adoración en nosotros mismos, en nuestro corazón, cuando hacemos lugar y damos espacio interior al Espíritu del Señor. Para que se produzca, también nosotros debemos purificarnos continuamente porque somos pecadores: purificarnos con la oración, con la penitencia, con el sacramento de la reconciliación.

Recordamos las palabras de Francisco de Asís: “sobre todas las cosas debemos desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón” (Rb 10,8), para que Dios sea el absoluto de la vida. Y “a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de modo que, excluido el ocio, enemigo del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir” (Rb 5,1-2), para superar las prácticas externas o actos religiosos, donde la “santa oración y devoción” nos dispone a rendir culto a Dios, para que cualquier trabajo u ocupación sea una expresión de la consagración a Dios.

Por último, “un canto nuevo”. La memoria de la mártir Santa Cecilia, elegida como patrona de los músicos, es una exhortación para que en cada persona y en nuestro corazón resuene la música que escuchamos, sobre todo, que cantemos interiormente al Señor. En el Oficio de Lectura de la memoria, San Agustín nos propone profundizar la necesidad de cantar: con arte, con júbilo y con un canto nuevo.

En sintonía con la santa, reconocemos el valor de ayudar a cada hermano y fraternidad a no “cantar” para sí mismo o para una singular satisfacción personal, sino que podamos siempre cantar con júbilo un canto nuevo para el Señor, en sintonía fraterna y testimonio auténtico. Despojados de todo lo que es viejo, para ser hombres nuevos, renovados por la gracia. Se nos invita hoy a ser testigos de una fe, acompañada de la armonía de un estilo de vida capaz de cantar el canto del amor, del perdón, de la fraternidad, de la minoridad, de la hospitalidad e inclusión.

Hermanos, recemos por cada hermano Visitador y por el servicio de visitar el templo material, como son los conventos, edificios, templos, etc., y el templo espiritual, el de cada hermano, de la fraternidad, de mujeres y hombres del pueblo de Dios. Son los lugares donde se alaba a Dios y se celebra la centralidad de la experiencia de Dios. Acérquense con los sentidos atentos para descubrir los signos de la presencia del Señor. Sean instrumentos del Señor para que “el templo” esté en condiciones para la adoración y para que cada hermano pueda cantar con alegría un canto nuevo.