HOMILÍAS DEL MINISTRO GENERAL PARA LA FIESTA DE LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

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HOMILÍA PARA LA VIGILA DE LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

La Alverna, Vigilia del 16 de septiembre del 2021

  1. Una vez, el bienaventurado padre Francisco, separándose de la gente que a diario acudía devotísima a oírle y contemplarle, se retiró a un lugar tranquilo, secreto y solitario, para darse allí a Dios y sacudir el polvillo que se le pudiera haber pegado en el trato con los hombres. Era costumbre suya distribuir el tiempo que le había sido otorgado para merecer la gracia, empleando parte, según lo creía conveniente, en bien del prójimo, y consagrando el resto al gozoso silencio de la contemplación. Tomó, pues, consigo unos compañeros, muy pocos -los que mejor conocían su santa vida-, para que le protegieran del asedio y molestias de los hombres e, interesándose de su paz, la custodiaran. Habiendo permanecido allí por algún tiempo y como por la continua oración y frecuente contemplación hubiese conseguido de modo inefable la divina familiaridad, sintió deseos de saber lo que el Rey eterno quería o podía querer de él.

 Con la mayor diligencia buscaba y con toda devoción anhelaba saber de qué manera, por qué camino y con qué deseo podría llegar a unirse más íntimamente al Señor Dios según el consejo y beneplácito de su voluntad. Este fue siempre su más alta filosofía, esta la suprema ilusión que mantuvo viva a lo largo de su vida: ir conociendo de los sencillos y de los sabios, de los perfectos y de los imperfectos, como pudiera entrar en el camino de la verdad y llegar a metas más altas.

En esta noche también nosotros nos hemos apartado con Francisco en este monte, alejándonos de esos ruidos internos y externos que nos acompañan, para permanecer en soledad, viendo y escuchando con ojos diferentes, nuevos.

En esta soledad Francisco buscaba la familiaridad con Dios: no le bastaba creer en la realidad de Dios, quiso encontrarla y conocerla, dejarse alcanzar y transformar. ¿Por qué retirarse? Porque quería estar en sintonía con lo que agrada a Dios. La búsqueda de lo que agrada a Dios está en el corazón de la soledad de Francisco, que es un espacio abierto para el encuentro con el Otro. Es ente espacio solitario Francisco se percibió así mismo como “el más imperfecto de todos” Nos cuenta Celano que en este movimiento Francisco experimentó una «dulzura y suavidad” que sintió infundida desde lo alto en su alma, un don rarísimo concedido a muy pocos, y que le llevó a olvidarse de sí mismo. (1 Cel 92).

Esta salida de sí mismo está marcada por la escucha del Evangelio.  De hecho, Francisco “Con este fin se acercó un día al altar que se había erigido en ese eremitorio y colocó devotamente sobre él el libro de los Evangelios. (…). Levantóse luego de la oración, con espíritu de humildad y contrito corazón (Dn 3, 9); fortalecióse con la señal de la santa cruz, tomó el libro del altar y lo abrió con reverencia y temor. Lo primero con que dieron sus ojos al abrir el libro fue la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y en esta, el pasaje que anunciaba que había de padecer tribulación. Para que no se pudiera pensar que esto había sucedido por casualidad, abrió el libro por segunda y tercera vez, y dio con el mismo pasaje u otro parecido. Invadido del espíritu de Dios, comprendió que debía entrar en su reino a través de muchas tribulaciones, de muchas angustias y de muchos combates. (1 Cel 93)

Es la escucha del Evangelio lo que alimenta la soledad orante de Francisco y lo prepara para el nuevo encuentro con el Señor que ha tenido lugar aquí en la Alverna. Aquel Evangelio que Francisco había abierto en el altar al inicio de su camino de conversión y de vida evangélica vuelve en este punto culminante de su existencia. En la Alverna Francisco no vive una aristocrática experiencia espiritual, sino la adhesión al Evangelio en una escucha renovada. Y si ahora el Evangelio que lo invitaba al seguimiento, ahora lo sumerge en la pasión del Señor El mismo Evangelio que en diversas etapas de la vida abre nuevos caminos.

En la Alverna Francisco llega a la conformación con Cristo en el dolor y en el amor; se trata de una experiencia espiritual, que en el Evangelio encuentra su camino y garantía de juventud siempre nueva en la experiencia del amor de Dios.

Porque el nuevo evangelista de los últimos tiempos, como uno de los ríos del paraíso (2), inundó el mundo entero con las aguas vivas del Evangelio y con sus obras predicó el camino del Hijo de Dios y la doctrina de la verdad.  Y así surgió en él, y por su medio resurgió en toda la tierra, un inesperado fervor y un renacimiento de santidad: el germen de la antigua religión renovó muy pronto a quienes estaban de tiempo atrás decrépitos y acabados. Un espíritu nuevo se infundió sobre los corazones de los elegidos, y se derramó en medio de ellos una saludable unción cuando este santo siervo de Cristo, cual lumbrera del cielo, resplandeció de lo alto con novedad de formas y nuevas señales.” (1Cel 89).

En esta vigilia, encontrarnos en el Alverna para celebrar los estigmas de Francisco nos lleva a una soledad, a un espacio de encuentro, de escucha del Evangelio para una NUEVA JUVENTUD de la vida.

Las soledades que la pandemia nos ha hecho ver de nuevo, junto a las de tantos hombres y mujeres, pequeños y pobres, de nuestro tiempo, nos hace acoger de otra manera esta experiencia humana fundamental.

Hoy, cuántas soledades pueden hacernos encerrarnos en nosotros mismos: ¡Sálvese quien pueda!

¿Podemos, en cambio, encontrar un camino, un espacio, en nuestra propia soledad y en la de muchos? ¿Podemos dejar abierto el paso al encuentro?

Y dentro de esta realidad, ¿podemos reconocer las palabras del Evangelio, el fuego del Evangelio, es decir, los rasgos del rostro y de la vida de Jesucristo, al que en el Espíritu se nos permite participar, hasta su camino de muerte y vida, la Pascua?

Si buscamos una forma de encontrar la novedad de la vida, el entusiasmo por nuestra vocación, un florecimiento renovado de nuestra forma de vida, ésta es la fuente a la que debemos volver.

Este deseo, esta tensión, el ardor de este amor – llegar a ser semejantes al Amado – ¿es familiar a los creyentes, laicos y frailes, de este tiempo?

  • Sin este encuentro, ¿acaso la fe no corre el riesgo de volverse irrelevante, de extinguirse?
  • ¿Podemos creer realmente en una nueva regeneración y floración en un tiempo que parece cerrar cualquier posibilidad de futuro, casi negándolo para vivir aquí y ahora?
  • ¿Venir como peregrinos a este monte no es quizás un acto de fe en esta posibilidad?
  • ¿No fue Francisco enviado a iluminar un mundo agonizante, en el que la propia fe parecía fallar?

Hoy el reto que se nos plantea en esta montaña es grande: una época en la que Dios parece haberse convertido en un «accesorio» inútil para muchos. La falta de creencia se generaliza y una espiritualidad sin Dios, sin religión, encuentra espacio… ¿podría ser este el momento adecuado para una fe más adulta y personal? ¿Motivado de una manera nueva?

¿Es el momento dejarnos abrazar por el fuego de la fe, gracias a Aquel que viene a nuestro encuentro con aspecto pacifico y amoroso? ¿Seremos capaces de dejarnos nuevamente herir, para descender al mundo marcados de este encuentro y ser testigos transparentes y radiantes de él?

Se lo pedimos en esta Vigilia de los Estigmas al Señor por intercesión de San Francisco: por la Iglesia, por tantas personas en búsqueda, por los hermanos de nuestra Orden y los hermanos de nuestra Familia Franciscana.

 

 

HOMILÍA PARA LA FIESTA DE LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

La Alverna, 17 de septiembre del 2021

Abrimos esta celebración con una oración muy intensa: le dijimos al Padre que Él mismo marcó en la carne de Francisco los signos de la pasión con el propósito de inflamar nuestro espíritu en el fuego de su amor.

Los estigmas no son, entonces, un privilegio “particular” de Francisco, sino de una realidad viva y ardiente para nosotros hoy- La finalidad es hacernos partícipes de la muerte y resurrección de Cristo, es decir, de su Pascua.  ¿No es este el corazón de toda vida nueva según el Espíritu que hemos recibido en el bautismo?  Es lo que dice Pablo: participar en su sufrimiento (dolor) para entrar en su vida (alegría). Aceptar el rechazo que Jesús recibió, para dejarnos alcanzar y transformar por su amor.

Esa tensión entre dolor y alegría, rechazo y amor, la encontramos en la visión que tuvo Francisco en esta montaña.

Ante esta contemplación, el bienaventurado siervo del Altísimo permanecía absorto en admiración, pero sin llegar a descifrar el significado de la visión. Se sentía envuelto en la mirada benigna y benévola de aquel serafín de inestimable belleza; esto le producía un gozo inmenso y una alegría fogosa; pero al mismo tiempo le aterraba sobremanera el verlo clavado en la cruz y la acerbidad de su pasión. Se levantó, por así decirlo, triste y alegre a un tiempo, alternándose en él sentimientos de fruición y pesadumbre. Cavilaba con interés sobre el alcance de la visión, y su espíritu estaba muy acongojado, queriendo averiguar su sentido.

Francisco es alcanzado por un nuevo encuentro con el Señor, tal que lo abruma y lo deja como aturdido.  No puede comprender, sino que está llamado a dejarse abrazar, a ser alcanzado en su realidad más profunda, allí donde le espera la conformación con Cristo, la aceptación de su forma, de su modo de ser, de vivir, de amar y de morir.

Francisco nos muestra que en la vida del Espíritu no todo está claro y, por consiguiente, disponible a nuestra comprensión. Tenemos que asentir que la admiración e incomprensión se conjugan, que algo escapa, que no todo se puede asimilar.

Lo experimentamos en nuestras vidas y en todo lo que se mueve alrededor: ¡Cuánto dolor y amor se mezclan! ¡Cuánta búsqueda, ímpetu con miedo e incertidumbre! Y cuánto nos molesta y confunde. Desearíamos un camino recto y tranquilo sin embargo, al igual que el Seráfico, nuestro espíritu está muy agitado porque no podemos captar el sentido de lo que nos sucede. Como creyentes, esta perturbación nos asusta.  ¿Acaso no tenemos fe?

O estamos llamados a recorrer otro camino para crecer en la fe: el abandono y la entrega de nosotros mismos a su presencia viva y operante en la vida de las contradicciones y fragilidad de nuestra existencia mortal y limitada. La llamada a la Vida, la Pascua de la muerte y de la resurrección sucede precisamente dentro el enredo de nuestras pobres vidas, que estamos llamados a acoger y reconocer como el lugar de salvación. Hoy más que nunca, es en esa debilidad radical que la pandemia nos ha hecho experimentar en carne propia.

¿Qué nos permite pasar a la alegría pascual? Sin duda alguna, la consolación que podemos experimentar a través nuestra confianza al Padre que no nos engaña, sino que quiere que entremos en el intimo de su dolor, ofreciéndose si mismo a nosotros. Sí, porque si el Serafín se presenta así al Poverello, quiere decir que en Dios mismo amor y dolor se encuentran, en la lógica de la entrega total de sí, que en cierto sentido hace salir de sí al Señor, lo dirige hacia el mundo y hacia nosotros, hasta hacerlo partícipe de nuestro grito.

Sí, en efecto, en rápida huida el Serafín se vuelve hacia Francisco, sabe que el Señor viene hacia él, lo busca, lo abraza y lo marca para siempre.

Preguntémonos por qué san Francisco en el Testamento no habla de esta iniciativa del Señor hacia él, mientras recuerda a las otras (leprosos, sacerdotes, hermanos, iglesia…). Ciertamente por un lado quería ocultar el secreto del gran Rey y por otro lado este encuentro no tiene otros sujetos consigo, sino que está dirigido sólo a él, el pequeño, es el sello por su camino y un signo poderoso para quien lo siga.

Francisco quiere sentir en su alma y en su cuerpo el dolor que Jesús soportó a la hora de la Pasión y al mismo tiempo pide sentir en su corazón ese amor excesivo con el que el Hijo de Dios se encendió por nosotros los pecadores.

Nuevamente dolor y amor se cruzan y muestran en Francisco –y en nosotros– la lógica de la Pascua.

Tomar la cruz y seguir a Jesús en este camino de dolor y amor es el centro incandescente de la experiencia cristiana de Francisco.  Y el desafío se debe comprender e iluminar desde este centro.  La glorificación de Dios en las criaturas, el amor a los hermanos, la misión de paz: todo en el es reflejo y fruto de la pascua del Señor.

He aquí la respuesta del Señor que Francisco esperaba, ante incomprensiones y amarguras de parte de sus hermanos y ante el temor de haberse equivocado con sus decisiones: Dios invita a Francisco, una vez más, a atravesar la Pascua de muerte y resurrección del Hijo, tan poderosa que deja sus signos en la carne de Francisco.

Le invita a perder su vida en la libertad del amor, a no retener, a dejarse llevar, para rencontrarse a sí mismo de una nueva manera: donación y no acaparamiento, acogida y no posesión. Solo así la persona di Francisco y la nuestra alcanza su verdad: el de una persona que se relaciona, sala de si mismo, se encuentra en la libertad del amor que sabe someterse al otro y no imponerse a toda costa.

Francisco dejó incluso que el Señor entrara en su carne y le dejara una señal, un beso ardiente de amor, igual que dejó que los leprosos le abrazaran, que los sacerdotes pecadores le impidieran predicar, que los hermanos le acogieran, los infieles le hablaran.  Un hombre desarmado y pobre porque es libre, para amar y servir. Por esta razón es libre de dejarse amar.

El misterio de los estigmas es entonces tan cercano a nosotros, tan familiar. Mientras lo celebramos en la memoria de la Pascua del Señor, pedimos que nos dejemos atraer y transformar.