In memoriam, Fr. Giovanni Martinelli, obispo emérito de Trípoli

El 30 de diciembre de 2019 en el Convento del Sagrado Corazón de Saccolongo, Padua, de la Provincia de San Antonio del Norte de Italia, murió Fr. Giovanni Martinelli, Obispo titular de Tabuda y Vicario apostólico de Trípoli. Su funeral se celebró el 2 de enero de 2020 en la Iglesia parroquial de Pozzo di S. Giovanni Lupatoto, Verona, y fue sepultado en la Capilla de los Obispos en la Catedral de Verona.

Nacido en El Khadra (Tarhuna) Tripolitania, Libia el 5 de febrero de 1942, el 15 de octubre de 1952 ingresó en el Seminario Franciscano de San Francisco en Trípoli dirigido por los franciscanos lombardos. En junio de 1956 prosigue el seminario en Italia, primero en Lombardía y luego en la Provincia OFM Salernitano-Lucana.

Ordenado sacerdote en Nocera (SA) el 28 de junio de 1967. Al año siguiente en Letrán obtiene la Licencia en Teología y se inscribe en el Pontificio Colegio para los estudios árabes e islámicos.

En 1971 llega a Trípoli, en la Iglesia de San Francisco. En 1985 es elegido Obispo, Vicario Apostólico de Trípoli y Administrador Apostólico de Benghazi. Su consagración tiene lugar en Trípoli en la Iglesia de San Francisco el 4 de octubre de 1985.

Del 10 al 19 de abril de 1986, Monseñor Giovanni estuvo secuestrado por un Comité revolucionario en Benghazi.

Gracias a Mons. Giovanni se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Libia y la Santa Sede (marzo 10 de 1997) con el correspondiente intercambio de embajadores.

El 24 de octubre de 2015 viajó a pasar sus vacaciones en Salerno y por motivos de salud permaneció allí hasta enero de 2017; luego, a petición de su familia fue trasladado a Saccolongo, Padua ad Ora.

Un verdadero hermano franciscano y obispo celoso de su Iglesia, nacido pobre vivió pobre toda su vida como San Francisco, un hombre de diálogo, de paz y de esperanza. Vivió su vida como había optado en su lema: “En Humildad y Paciencia”.

Sus últimas palabras que repetía en Trípoli: “No creo que nuestro amor deba acabarse con la muerte. El amor y la amistad no tienen fronteras y son el desafío para todo cristiano”.