Koinonia: Francisco de Asís y el hermano desconocido 

En el hombre, en cada hombre, hay una actitud de autodefensa y una sensación de miedo hacia el otro, especialmente si es un extraño. La reacción a estas situaciones, si se apoya en el desconocimiento, es la de no querer encontrarse con otros, y esta actitud a veces se convierte en una fuente de repudio e intolerancia, provocando el cierre hacia la novedad del otro que no se ve como un don sino como un problema. Lo desconocido, en algunos casos, incluso se considera un peligro. La historia de los israelitas exiliados en la tierra de Faraón confirma la naturaleza dramática del miedo humano a lo desconocido,

entonces surgió un nuevo rey sobre Egipto, que no había conocido a José. Y dijo a su pueblo: «Miren el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros. Tomemos medidas en contra de él para evitar que se multiplique, de lo contrario, en caso de una guerra se unirá a nuestros adversarios, luchará contra nosotros y luego abandonará el país.”(ver Éxodo 1, 8-10).

El hermano que viene de otra nación es visto a menudo como un extraño, un invasor, un individuo que puede romper y poner en peligro nuestra seguridad, las de la ley, las reglas, la cultura, etc. Francisco de Asís también ha experimentado, vivido, este ‘miedo’ hacia el otro, representado, en su caso, por los leprosos de su tiempo, sin embargo, no se ha permitido paralizarse por ningún temor, ni ignorancia, ni por las náuseas de tener que encontrarse con un ‘desconocido-leproso’, ha abierto todo su corazón al encuentro, reconociendo al leproso el derecho a su propia identidad como ser humano al que la dignidad, que proviene de ser criatura de Dios, nunca debe ser negada. El encuentro de Francisco de Asís con el Sultán es también un motivo de reflexión para ver cómo ‘un encuentro puede conducir a una renovación’. En ella Francisco, rechaza el juicio previo de ver ‘al otro como enemigo’, se pone en la actitud de considerarlo como un amigo, un hermano para reunirse, escuchar, abrazar y compartir con él el don de la amistad y la paz. En este sentido se puede decir que ‘el Poverello de Asís’ se convierte en ‘hombre muy rico’, un hombre bueno y justo que entendió que sólo ‘el amor del otro y por el otro’ es el resultado de una relación renovada, que es más fuerte que el poder de las armas, porque de hecho “se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegados”. [1]

Para poner en práctica la vida evangélica que todo cristiano, como miembro de la Iglesia y de la Orden, está llamado a vivir en nuestra vida cotidiana puede ser importante cultivar  con conciencia “la cultura de la acogida que sepa apreciar los valores auténticamente humanos de los demás, más allá de todas las dificultades que implica la convivencia con quienes son distintos de nosotros”[2] todavía tenemos mucho que aprender de Francisco de Asís.

 

Extracto del artículo escrito por  el  Fr. Pedro Zitha OFM.  Para descargar y leer el texto completo:

Koinonia 2020-2“El franciscano seglar y el Emigrante”

N. 106

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[1]Juan Pablo II; Mensaje para la celebración de la XXXIV jornada Mundial de la Paz 2001, no 13.
[2] Erga migrantes caritas Christi, no 39