La inmovilidad no es un valor evangélico | Homilía del Ministro general

 

Homilía del Ministro general en el encuentro de la Conferencia Nor-Eslávica

22 de junio de 2017, Polonia

 

 

“Tengo celos de vosotros, los celos de Dios, pues os he desposado con un solo marido, para presentaros a Cristo como una virgen casta” (2Cor 11,2).

 

Queridos hermanos de la Región Nor-Eslávica,

En estos últimos días estamos escuchando y meditando la Segunda carta de san Pablo a los Corintios, destinada a una comunidad que había acogido el mensaje de Jesucristo, que estaba creciendo rápidamente pero que también tenía que hacer frente a luchas internas. No sólo había choque de opiniones divergentes sobre el significado del mensaje de Jesús y de su  vida, muerte y resurrección, sino sobre todo estaban dándose luchas de poder entre líderes y predicadores dentro de las diversas comunidades locales, asuntos que no tenían en absoluto nada que ver con la doctrina. Y  de estas luchas de poder está llena la historia de la Iglesia y de la Orden.

San Pablo se encuentra no sólo frustrado sino también disgustado precisamente por causa del comportamiento de los miembros de la Iglesia de Corinto que, al provocar y fomentar divisiones amenazaban el buen testimonio que podían dar del mensaje de Jesús. ¿Cómo iba a ser posible que los creyentes dieran testimonio del infinito poder de la cruz y de la resurrección si se perdían en querellas y luchas de poder? San Pablo estaba convencido de que todos los que llegaban a creer en el mensaje de Jesús se convertían en condiscípulos y colaboradores, portadores de la misma responsabilidad de predicar el mensaje evangélico del amor y de la esperanza.

Al mismo tiempo san Pablo también era claramente consciente del hecho de que el poder que tiene el Evangelio de transformar la vida pasa sólo a través del testimonio concreto de la vida por parte de los creyentes, o sea de los seguidores del  Señor Jesucristo resucitado. Por esta razón san Pablo insistía en la necesidad de que los seguidores de Jesús tuvieran su mirada fija sólo en Jesús y se dejaran guiaren el discernimiento y en la acción por los valores y prioridades que derivan del estar fundados sobre la experiencia de la cruz y de la resurrección. El papa Francisco retoma este mensaje en la reflexión que desarrolla en la Evangelii gaudium sobre el discipulado cristiano.

Este mensaje hoy sigue siendo prioritario para nosotros, Hermanos Menores. San Pablo nos invita a tener nuestra mirada fija en Jesús y fundamentar todos nuestros discernimientos y dirigir todas nuestras acciones con base en el objetivo de dar testimonio del espíritu de la unidad, del gozo y de la esperanza que fluyen de la cruz y de la resurrección de Jesús. Estamos llamados a hacernos cada vez más portadores de este mensaje de unidad, de paz y de reconciliación. Pero para poder invitar también a los demás a vivir en el espíritu de la unidad, en la paz y en la reconciliación, debemos ser nosotros los primeros en acoger y hacer nuestros los valores del Reino. En medio de los continuos cambios que estamos viviendo, nosotros, los Hermanos Menores debemos tomar en serio y vivir de verdad los valores centrales que guían nuestra vida. Esto adquiere cada vez más importancia mientras aprendemos a asimilar los rápidos y fuertes cambios que hoy están aconteciendo en el mundo, en la Iglesia y en la Orden.

El Evangelio nos impone movernos, no acomodarnos y no quedarnos quietos en un sitio, como si esta inmovilidad fuera un valor evangélico. No lo es. De ninguna manera. Estamos llamados a entrar en un discernimiento profundo y sólido frente a los signos de los tiempos. Ahora es el momento de demostrar lo que significa ser hombres de fe, hombres evangélicos y hombres dispuestos a buscar la presencia  y la voluntad de Dios en nuestra vida en todo momento histórico de cambio.

Interioricemos en nuestro corazón las palabras del Papa Francisco nos entrega en la oración a la Virgen María que está como conclusión de la Evangelii gaudium. Dejémonos llamar una vez más a demostrar la misma valentía que demostró tener María a lo largo de toda su vida:

“Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu

acogiste el Verbo de la vida

en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro “sí” en la urgencia,

más que nunca imperiosa hoy,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús…

Alcánzanos ahora un nuevo ardor

de resucitados para llevar a todos

el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos

para que llegue a  todos

el don de la belleza que no se apaga” (EG 288).