La llamada de Jesús a cultivar la amistad con Dios | Homilía del Ministro general en el Encuentro con los Presidentes de las conferencias

Homilía del Ministro general en la conclusión del Encuentro

Fr. Michael A. Perry, ofm
Mayo 24, 2019

El evangelio de Juan dice: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.

Mis queridos hermanos ministros y presidentes de las Conferencias y hermanos de nuestra fraternidad local, el punto de partida del discipulado en la comunidad de Jesús, en la iglesia y en la fraternidad franciscana no es otra cosa que el llamado que hemos recibido por parte del Señor Jesús. Este llamado se expresa ante todo en la comunidad de los discípulos amados o, al menos, lo que debería ser la comunidad de los discípulos: la Iglesia. Como sabemos, el pecado y las limitaciones humanas no siempre permiten que esto se realice, incluso al interior de la Orden; excepto en aquellas regiones de la Orden que estáis representando y donde todo va bien, ¡sin ninguna dificultad!

La gracia de nuestro llamado vocacional ciertamente no es la fuerza espiritual difusa de la que habla Yoda en Star Wars. La naturaleza de la gracia de Jesús es relacional. La gracia obra entre dos o más personas que se sienten atraídas por un propósito común, una misión común, una identidad compartida que da forma a todo pensamiento y acción. Nos haría bien recordar siempre esta verdad fundamental: tenemos un llamado común, un propósito común, una misión común.

El Evangelio de hoy presenta de algún modo la naturaleza relacional que fundamenta el llamado recibido desde el nacimiento y confirmado a través del bautismo y la profesión religiosa, en él hemos escuchado que Jesús invita a sus amados discípulos a dejar atrás una mentalidad servil y a acabar con esa manera interesada de tratar con los demás donde el otro se convierte en un objeto del cual se puede extraer un beneficio.  El Papa Francisco ha hablado sobre este asunto en numerosas ocasiones, y con mayor fuerza en su Encíclica sobre ecología integral, Laudato Si’. Probablemente conocemos muy bien las consecuencias de esas relaciones que se basan en un interés personal sin estar dispuestos a pagar el precio que tiene una relación profunda y estable, una amistad con otra persona o con Dios mismo. Lo digo porque desafortunadamente podemos incluso reducir nuestra relación con Dios a una forma de transacción. Prometemos a Dios que haremos tal o cual cosa, solo SI Dios lo hará por nosotros.

El Evangelio de hoy nos llama, o aún, nos desafía a abandonar la mentalidad del siervo para entrar en un tipo completamente nuevo de relación con Dios. “Ya no los llamo siervos. ¡Os llamo amigos!”¡Esto, a mi juicio, es revolucionario! Tal vez hubiera sido más políticamente correcto que Jesús invitara a sus discípulos a convertirse en “hermanos”. De hecho, la designación de “hermanos” implica una calidad de intercambio y, por lo tanto, de responsabilidad en menor intensidad. Cuando Jesús hace extiende la invitación a seguirlo, y a poner la vida entera en las manos de Dios, lo hace presentando un nuevo modo de relacionarnos con él y con el prójimo.

La directa consecuencia del llamado de Jesús a la cultivar la amistad con Dios se ve reflejada en la construcción y custodia de las relaciones entre nosotros y con la creación entera. Lo que probablemente Jesús quiere que pongamos en práctica implica considerar el camino de la pobreza, la humildad, la minoridad y la solidaridad. Un camino que aparece estrechamente ligado al itinerario de libertad que vivió Abraham y Sara, Moisés y María y, obviamente, la familia de Nazaret María, José y Jesús. Inevitablemente, el discipulado con Jesús nos conducirá al sufrimiento y a la muerte, un precio que se paga por entablar amistad con Jesús y con el pueblo de Dios, especialmente con los pobres, los oprimidos y los que son excluidos en cualquiera de las formas de exclusión. Sin embargo, como lo refleja la misma vida de Jesús, el sufrimiento y la muerte no tendrán nunca la última palabra. El amor, la reconciliación, la paz y la alegría, los “frutos” de los que habla San Juan, son aquellos que “permanecerán” si somos fieles a nuestro llamado, fieles a vivir en una amistad permanente con el Padre, por Jesucristo en el Espíritu.

Pienso que este es uno de los mensajes más profundos que el Evangelio nos pueda ofrece mientras miramos a nuestro alrededor y hacemos lectura de los signos de los tiempos, esforzándonos por entablar un diálogo más profundo con el mundo, la Iglesia y entre nosotros como Orden: nuestras fraternidades, nuestras Provincias / Custodias / Conferencias. El Consejo Plenario de la Orden, a propósito de esto, nos llamó a emprender un camino de revisión y reflexión que esperamos continúe de manera dinámica hasta y durante todo el Capítulo General en 2021.

Fray Timothy Radcliffe, OP, escribe en su reflexión sobre la sexualidad y la castidad en la vida religiosa: “Abrirse al amor es extremadamente peligroso. Hay una gran probabilidad de que quedemos heridos. La última cena [en el Evangelio de Juan] describe bien los riesgos que resultan cuando se toma la decisión de amar. Por esta razón, podemos decir que Jesús murió porque amaba “(cf. Amare nella liberta‘, 2007, p. 16). Mis hermanos, hemos sido llamados por un Dios que voluntariamente entregó a su Amado Hijo en un acto de amor puro, y no como pago por el paraíso perdido. Dios busca nuestra amistad, nuestros corazones, y nos invita a abrazar una nueva visión, una nueva ética, una nueva forma de vivir la aventura divino-humana que está presente en nosotros, dentro de cada uno de los hermanos de la Orden. Esta es la vocación a la que cada uno de nosotros es llamado, una vocación definida por el amor, la misericordia, la alegría, pero también por el sufrimiento, el dolor y la muerte por el bien del otro.

Que la gracia y amistad de Dios despierte constantemente en nosotros un ardiente deseo de permanecer siempre en este amor. Y que, como Francisco, retornemos siempre a la fuente de nuestro “primer amor”, Jesucristo, que camina con nosotros cada día de nuestras vidas.