Los límites de la clausura no han de ser obstáculo para ser misioneros: Homilía del Ministro general a las Hermanas Clarisas  

Estimadas Hermanas Clarisas, hermanos todos en Jesucristo.

Es para mí motivo de gran gozo el poder estar con ustedes y, en el compartir el Pan único y partido, poder alegrarnos en el encuentro con Aquel que “es esplendor de la gloria eterna, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancha” (4CtaCl 14), Jesucristo resucitado.

El evangelista san Lucas nos narra el retorno de los dos discípulos, de Emaús a Jerusalén. Debió ser un camino difícil y arriesgado, que poco antes querían evitarle al peregrino que se les había unido: “quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado”  (Lc 24, 29), pero que ellos hacen porque han puesto toda su esperanza en Jesús. Y ellos saben que el Señor va con ellos, porque hacen el camino juntos. Saben que, no obstante las dificultades, los desánimos y los sufrimientos, la experiencia de la fraternidad no solo hace más llevadera la vida, sino que produce el milagro de la presencia de Jesús en medio de los suyos.

Se trata de una presencia capaz de disipar los miedos que nos encierran en nosotros mismos y nos paralizan. Una presencia que, en cambio, trae la paz que libera, convierte los problemas en desafíos y nos impulsa a ser testigos en “los lugares de nuestro mundo donde la alegría de Dios y la misericordia son profundamente anheladas” (CapGen/15, n. 33).

Hermanas Clarisas, ustedes, como los hermanos, han recibido en herencia la intuición fundamental de que las hermanas y los hermanos son un don de Dios. En efecto, escribe la madre Santa Clara en su Testamento: “Después de que el altísimo Padre celestial se dignó, por su misericordia y gracia, iluminar mi corazón para que hiciera penitencia,…, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado a raíz de mi conversión” (TestCl 24-25).

Por lo tanto, estén atentas a aquellas actitudes que edifican una auténtica comunión de vida como son la aceptación, el respeto, el diálogo. Fomenten entre ustedes una comunicación profunda que lleve a compartir no solo eventos o ideas, sino también ideales, sentimientos y experiencias profundas, sobre todo reflexiones sobre experiencias de la vida, en particular sobre su experiencia de Dios.

Por tanto, la llamada de Jesús a ser sus testigos nos recuerda que todos los discípulos y discípulas estamos llamados también a ser misioneros. Los límites de la clausura no han de ser obstáculo para compartir de algún modo con los demás la propia experiencia de Dios, a través de la oración por las necesidades concretas del mundo, pero también por medio de la ejemplaridad de una vida vivida en la libertad interior, en la alegría y en la fraternidad. Al mismo tiempo que están atentas a su vocación a la clausura, en su proyecto de vida fraterna han de preguntarse cómo vivir la dimensión misionera de su vida expresada en el Testamento de la Madre Clara: “Pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo para ejemplo y espejo no sólo para los demás, sino también para nuestras hermanas, a las que llamó el Señor a nuestra vocación, con el fin de que también ellas sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo” (TestCl 19-20).

Hermanas, el mejor servicio que podemos dar a nuestros hermanos es el del testimonio de una vida gozosa centrada en Dios, libre de la esclavitud del deseo desmedido de los bienes materiales, gozosa en la experiencia de un amor auténtico, generoso y sacrificado a Dios y a los hermanos; en sí, una vida confiada y disponible al proyecto de Dios, y constructora de fraternidad.

Recordemos la exhortación que hizo el Papa Francisco a las monjas de clausura: “Cuiden la amistad entre ustedes, la vida de familia, el amor entre ustedes. Que el monasterio no sea un Purgatorio, que sea una familia. Los problemas están, estarán, pero, como se hace en una familia, con amor, buscar la solución con amor;… Cuidar la vida de comunidad, porque cuando la vida de comunidad es así, de familia, es precisamente el Espíritu Santo quien está en medio de la comunidad (en la Capilla del Coro de la Basílica de Santa Clara, Asís, Viernes 4 de octubre de 2013).

Hermanas Clarisas, tal vez hoy más que nunca es necesaria la elocuencia de su vida en silencio y la luz que brota de sus claustros. Tomen conciencia renovada de su misión: ser testigos de la centralidad de Dios en la vida del hombre, del Amor de Aquél ante el cual todos los amores terrenos son poca cosa y es el único capaz de llenar el corazón humano, y del Tesoro ante cuya grandeza vale la pena, con alegría, dejarlo todo y poner lo que somos y tenemos al servicio de la construcción de un mundo más justo, más solidario y más pacífico. De esta manera serán fortaleza para los miembros débiles del Cuerpo místico de Cristo.