Marruecos: La presencia franciscana en el diálogo y apoyo a los migrantes

Una Iglesia que sepa dialogar con la población local y atender a la minoría cristiana de emigrantes: esta es la llamada a la que han respondido los hermanos que trabajan en Marruecos. Encrucijada de pueblos y nudo clave en la ruta de los emigrantes que quieren llegar a Europa desde diversos lugares, Marruecos es hoy también un lugar de desembarco para jóvenes estudiantes de toda África y para trabajadores del sudeste asiático. Los frailes franciscanos trabajan allí desde hace 800 años, desde la época de San Francisco, cuando, a principios del invierno de 1219, cinco frailes llegaron a Marrakech en una misión, que terminó con su martirio. Hoy existe una comunidad internacional de 21 hermanos, procedentes de 12 países, distribuidos en seis fraternidades en Rabat, Marrakech, Meknès, Larache, Tetuán y Tánger. Así lo informó Fr. Stéphane Delavelle, elegido el pasado mes de abril para dirigir la Custodia de los Protomártires en Marruecos. Los demás hermanos presentes proceden de Brasil, Filipinas, España, Congo, Polonia, Italia, Francia, Filipinas, México, Costa Rica, Croacia y Colombia, y están comprometidos diariamente en diversos frentes al servicio del pueblo. Acompañan a cuatro parroquias y tres centros culturales, participan en la animación de Cáritas, visitan prisiones y animan varias capellanías. También apoyan al Monasterio de las Clarisas de Casablanca, afiliado a la Orden de los Frailes Menores desde el 16 de mayo de 2019.

Fr. Stéphane vive desde hace diez años en Marruecos. “Además de la oración y la vida fraterna, lo que hacemos aquí es un diálogo que tiene lugar todos los días en nuestras vidas”, dice. “El 99% de la población es musulmana, hay unos 4.000 judíos y sólo 39.000 cristianos. Eso significa que sólo somos el 0,1% de la población”. Así, los franciscanos intentan entrar en contacto con la población musulmana a través de los centros culturales, que son lugares de formación y encuentro, más que universidades. El éxito de estos centros de formación (casi totalmente gratuitos) lo atestiguan las cifras, como dice el Fr. Stéphane: “Antes del Covid, en uno de los centros teníamos 1.900 alumnos, 40 profesores y sólo 106 cátedras”.

Los franciscanos se encargan entonces de animar las parroquias, que cuentan con unos 250 fieles cada domingo. “Los feligreses son casi todos jóvenes, la mayoría estudiantes que provienen de países africanos’’, dice el fraile. “El futuro de África está aquí. Para ellos, que han perdido todas las referencias y están lejos de casa, la Iglesia es como una isla en medio del océano”. Vienen de África, de las islas del Pacífico, de Haití, se benefician de becas y se reúnen con trabajadores temporales de Europa, Estados Unidos o incluso Filipinas.

En Marrakech, los hermanos de la parroquia se dedican a la atención pastoral de los turistas, los estudiantes y los trabajadores migrantes. En Rabat, en cambio, la atención pastoral debe llegar principalmente a los fieles de habla inglesa que son trabajadores filipinos o nigerianos. También se utiliza mucho el español, sobre todo para la atención pastoral de los presos a los que los frailes visitan. En Meknes, la comunidad franciscana, situada en el centro de la ciudad, se ocupa de un centro de formación con unos 1.800 alumnos. Una pequeña fraternidad de dos frailes mantiene la presencia franciscana en Larache, cerca del mar. En Tánger, los frailes atienden a dos iglesias con fieles de habla hispana y a diez comunidades de religiosas en la ciudad.

“La ayuda humanitaria que ofrecemos es a menudo una ayuda de emergencia”, dice Fr. Stéphane, “Hay muchos menores que transitan por Marruecos con la esperanza de ir a otro lugar. A menudo ocurre que, unos meses después de su llegada y habiendo aceptado finalmente iniciar una nueva vida o una nueva trayectoria educativa, deciden repentinamente marcharse. Si creen que existe una posibilidad real de cruzar la frontera y llegar a Europa, lo dejan todo y se van. Para ellos, la única perspectiva es cruzar al otro lado. Al fin y al cabo, Marruecos es un país de tránsito, pero para muchos un intento extremo de llegar a Europa puede ser fatal. Muchos mueren en el mar”, continúa el fraile. “En los cementerios cristianos ya no hay espacio para los cuerpos de los muertos y es difícil para todos ser testigos de esta situación”. Los frailes, por su parte, intentan seguir viviendo entre la gente y estar a su lado incluso en los momentos difíciles. “En Meknes, por ejemplo, nuestro convento está en una pequeña calle de la medina. Vivimos con poco y la gente ve que vivimos con ellos y como ellos”.

Los fuertes vínculos que se crean con las personas van más allá de las diferencias y las religiones, cuando se deja el espacio para dejarse interpelar por la fe de los demás. “En mi propio camino personal, he descubierto que puedo aprender de los demás, explica Fray Stéphane, “es importante dejarse cambiar por la fe del otro, y es una forma de amistad profunda tomar ejemplo de la fe del otro”.

Ser misionero en un país de mayoría musulmana es una vocación, que también requiere estar dispuesto a ofrecerse para las necesidades que surgen a diario. “Necesitamos hermanos maduros, que den testimonio de la fe con su vida, y que estén dispuestos a aprender francés, español y árabe”, continúa Fr Stéphane. “Debemos entrar en la lógica de que las cosas que creemos deben ser existenciales. Aquí no debemos pensar en ser eficientes o eficaces, sino que debemos saber vivir en pequeñas comunidades que mantengan una presencia cristiana. Me gusta que esto sea un reto continuo. Aquí en Marruecos seguramente no encontraremos reconocimiento por lo que hacemos y no veremos los resultados de nuestra acción en las personas que se van de repente y no vuelven nunca. Por eso es difícil quedarse si no se tiene esperanza. Formamos parte de una fraternidad internacional y estoy muy contento por ello”.

Beatrice Guarrera