Mensaje del Ministro general por el Día Mundial de la Lucha contra el Sida 2017

 

 

Cada año, el 1 de diciembre de 2017, los funcionarios de la salud pública, los médicos y las enfermeras, los científicos, los trabajadores sociales, los activistas y muchos otros miembros de la familia humana mundial, pero especialmente las mujeres, los varones y los niños que viven con HIV o están afectados por el SIDA, hacen una pausa, incluso por unos momentos, para reflexionar sobre la experiencia de esta enfermedad pandémica que ha tomado la vida de incontables millones de personas desde cuando se observó por primera vez en 1980 y para renovar su esperanza de que algún día tengamos una eficaz vacuna preventiva  o una cura para los que ya están infectados.

En este Día Mundial de la lucha contra el SIDA 2017, podemos compartir las “buenas noticias” de los grandes progresos realizados en el suministro de medicamentos que salvan vidas para tratar esta enfermedad a muchos millones de personas que de otra manera no estarían vivos hoy. Tomemos, por ejemplo, la situación en Sudáfrica, donde, durante por muchos años, nuestros hermanos han estado brindando atención médica, social, emocional y pastoral a las personas que viven con el VIH en Boksburg (Johannesburgo). En el año 2000, los expertos de Salud pública informaron la evidencia científica de que el tratamiento combinado con al menos tres tipos de medicamentos antirretrovirales prolongó la vida de las personas que viven con SIDA y les ofreció una mejora significativa en su calidad de vida. Solamente 90 personas sudafricanas tuvieron acceso a tal tratamiento. En este Día Mundial de lucha contra el SIDA, hay más de 6 millones de personas atendidas en Sudáfrica y, en todo el mundo; las agencias internacionales, los gobiernos, la industria privada, las iglesias y otras organizaciones religiosas están colaborando para proporcionar un tratamiento asequible y viable para casi 21 millones de personas que viven con esta enfermedad. Este logro ha evitado las trágicas consecuencias del SIDA y ha evitado nuevas infecciones por el VIH a millones de personas.

Puede que se pregunten para qué seguimos observando el Día Mundial del SIDA si solo hay buenas noticias para comunicar. La realidad es, sin embargo, que nuestro viaje está lejos de haberse completado. Alrededor de 20 millones de personas que viven con el HIV, incluidos 1,8 millones de niños, todavía carecen de acceso al tratamiento. Durante este año, las nuevas infecciones en Europa Oriental y Asia Central aumentaron en un 60% y las muertes relacionadas con el SIDA aumentaron en un 27%. Pero quizás lo que más preocupa es que las personas que viven con el HIV aún señalan las frecuentes experiencias de discriminación y estigmatización, por profesionales de la salud e incluso por miembros de sus familias y comunidades locales, incluidas nuestras comunidades tanto católicas como cristianas.

Este último hecho debería cuestionar a cada fraile, acerca de nuestras propias reacciones hacia aquellos que viven con el VIH o están afectados por él. ¿Los abrazamos de todo corazón y sin temor, ni prejuicios? ¿O los evitamos, los culpamos por contraer el virus, murmuramos de ellos y ponemos límites a la compasión que ofrecemos a estos nuestros hermanos y hermanas? Tales pensamientos me hacen recordar la experiencia que cambió la vida de nuestro Santo Fundador, Francisco, quien, nos dice Tomás de Celano en su Primera Vida de San Francisco, albergaba un profundo temor a los leprosos. Fue solo por la gracia de Dios que fue llevado a abrazar y besar las heridas de los leprosos y luego a vivir entre ellos custodiando sus necesidades físicas, espirituales y sociales. Incluso mientras lavaba y vendaba sus heridas, experimentó el poder del amor de ellos por él, el afecto de ellos, que lo transportó a la sanación y conversión de su propia vida. “¡Es dando como recibimos!”

La lepra no es lo mismo que la infección por el HIV, pero la marginación que sufren ambos grupos de personas afectadas es igualmente dolorosa y contraria a la dignidad humana que Dios les ha donado. Tomás de Celano nos dice que, a través de de sus profundas experiencias de interacción con leprosos, con aquellos que otros percibían como los “más pobres entre los pobres”, Francisco “… entonces tomó la determinación de no negar, en cuanto pudiese, nada a nadie que le pidiese en nombre de Dios. Lo cumplió con toda diligencia, hasta el punto de llegar a dase él mismo todo en cualquier forma, poniendo en práctica, antes de predicarlo, el consejo evangélico que dice: “A quien te pida, dale, y a quien te pida un préstamo, no le des la espalda”.

Mis queridos hermanos, sigamos las huellas de Cristo y de san Francisco mientras celebramos con oración y con actos de amor este Día Mundial del SIDA.

 

Fraternalmente,

fr. Michael A. Perry, OFM

Ministro general y Siervo

Prot. 107946