Mensaje del Ministro General para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Mis queridos hermanos de la Orden de los Hermanos Menores,
y todos los hermanos, hermanas y amigos de nuestra Familia Franciscana,

¡Que el Señor les dé paz!

“¡Cántenle al Señor, porque ha triunfado admirablemente!”. Este himno de Moisés y de María, elevado a orillas del Mar Rojo, expresa bellamente el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año: nuestra vocación común de continuar la obra salvadora de Dios y de guiar a todos los hijos de Dios de la esclavitud a la plenitud de la libertad que su Hijo, Jesús, que ha adquirido para toda la creación.

Como nos recuerdan las Iglesias del Caribe, que han preparado el tema de este año, ¡la esclavitud no es, por desgracia! – un fenómeno del pasado. En cambio, constituye una gran parte de nuestro presente. Esto se puede ver a través de sus consecuencias. Como nos lo hacen notar nuestros hermanos y hermanas caribeños, basándose en su propia experiencia, muchos desafíos contemporáneos son herencia del pasado colonial y del comercio de esclavos: la pobreza sistémica, violencia, injusticia, adicción a las drogas y pornografía, violencia de las pandillas y de los núcleos familiares, y relaciones familiares gravemente deterioradas[1]. ¿Podemos sorprendernos de encontrar esos frutos en donde la dignidad humana se considera una mercancía?

La esclavitud no solo está presente a través de las consecuencias del pasado. También está presente en formas nuevas y antiguas. ¿Cuántas veces hemos escuchado al Papa Francisco condenar las nuevas formas de colonialismo a través de las cuales las “naciones desarrolladas” se empeñan en mantener sus estilos de vida a expensas y detrimento de los “últimos” de nuestros hermanos y hermanas: los niños, los ancianos, los pobres e incluso “nuestra hermana madre Tierra?”[2]. Si consideramos la naturaleza de esta cultura del “descarte”, ¿es de extrañar que la esclavitud persista? Hoy más de 40 millones de personas están esclavizadas. Si bien la mayoría de estas personas trabajan en algunos de las ex colonias, que están entre los países más empobrecidos del mundo, pero prácticamente no hay nación en la que alguien no esté esclavizado[3].

Como discípulos de Jesús, en cuya desnudez estamos llamados a caminar los franciscanos, no podemos quedarnos callados, ni dejar de responder con fe a la realidad de ese horroroso pecado; y esto hasta el cumplimiento de la acción  a la que nuestro discipulado nos llama.

Al comienzo de su ministerio, Jesús nos ofreció una concisa “declaración de sus intenciones” para su obra. Basándose en los escritos de Isaías, el cual había sido deportado durante el exilio babilónico de Israel, Jesús declaró qué tipo de Mesías desea ser:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

 Jesús fue claro. Es, – y lo será para siempre- no solo el Salvador de nuestras almas. Él es el Salvador de toda la persona humana: del alma, del cuerpo, y de toda la red de relaciones a la que pertenecemos como personas, es decir, como familias, comunidades y, en última instancia, la creación entera. Porque el pecado esclaviza no solo nuestras almas. Nos hace a todos esclavos en su totalidad a través de círculos viciosos cada vez más grandes. Jesús nos liberó de esta esclavitud total, ofreciéndonos a cambio ese regalo de salvación total que es el Reino de Dios: un reino de verdad y vida, un reino de santidad y gracia, un reino de justicia, amor y paz[4].

Si esta fue la misión de Jesús, también es nuestra misión como miembros de su Cuerpo, aunque si es una misión que ningún miembro puede esperar cumplir por sí mismo. No importa cuán sinceros sean nuestros esfuerzos individuales, ni cuánto pueda dedicar una iglesia por sí misma a la realización del Reino de Dios, la misión de Jesús le pertenece a todo su Cuerpo. Solo juntos, como su único Cuerpo, nosotros los cristianos  podemos esperar cumplir lo que se nos pide a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: vivir de tal manera que puedan creer en la victoria que Dios ha ganado para ellos en Jesús, su amado Hijo, y arraigados en esta fe, sepamos que juntos, no trabajamos en vano.

De una manera típica de su cultura compartida, nuestros hermanos y hermanas en el Caribe le han puesto música a esta fe a través de The Right Hand of God (La diestra de Dios). Si bien este himno merece ser cantado en su totalidad, como espero que lo hagan en las celebraciones locales de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año, unas cuantas estrofas podrían ser suficientes para expresar el contenido de esta fe:

La diestra de Dios
está escribiendo en nuestra tierra,
escribiendo con poder y amor;
nuestros conflictos y nuestros miedos,
nuestros triunfos y nuestras lágrimas
son grabados por la diestra de Dios.

La diestra de Dios
está sanando en nuestra tierra,
sanando cuerpos, mentes y almas quebrantados,
tan maravilloso es su roce,
con un amor que tanto significa,
cuando somos sanados por la diestra de Dios.

La diestra de Dios
está plantando en nuestra tierra,
plantando semillas de libertad, esperanza y amor;
en estas tierra de muchos pueblos,
que los hijos junten sus manos
y sean uno con la diestra de Dios[5].

 

Mis queridos hermanos, el Señor ha triunfado admirablemente. Caballo y jinete ha arrojado al mar. No importa qué tan a menudo resurjan para amenazar la victoria liberadora que Dios ha obtenido para sus hijos en Jesús, su Hijo amado: sabemos que para salvaguardar nuestro agotador trabajo lo hemos asegurado en el mismo Jesús, que llama a todos sus discípulos a ser uno, como él y su Padre son uno “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21)

Bendigo a cada uno en su servicio del Evangelio,

 

 

Paz y bien,

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general y Siervo

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Apéndice

El Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Consejo Mundial de Iglesias han preparado textos en inglés, francés, alemán, portugués y español:

Estos y otros textos están disponibles online en inglés y español en el Instituto Ecuménico e Interreligioso de Greymoor, un ministerio de los Hermanos Franciscanos de la Expiación:

Fr. Tecle Vetrali, OFM, fundador del Instituto de Estudios Ecuménicos de Venecia (anteriormente en Verona), ha preparado una traducción de todo este material en italiano:

 

[1] El PCPUC y el CMC, Textos para la Semana de oración por la Unidad de los cristianos 2018, disponible online aquí:

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/weeks-prayer-doc/rc_pc_chrstuni_doc_20170613_week-prayer-2018_it.html

[2] Vea san Francisco de Asís, Cántico de las Creaturas, disponible en el sitio de la Orden: https://ofm.org/it/ordine/san-francesco/preghiere/

[3] Vea el Índice global de la esclavitud, disponible online aquí: https://www.globalslaveryindex.org

[4] Vea san Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 11, disponible online aquí: http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/it/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_07121990_redemptoris-missio.html; y el “Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey” en el Misal Romano.

[5] La diestra de Dios fue escrita en un taller de una reunión de la Conferencia de las Iglesias del Caribe celebrada en agosto de 1981, y se ha vuelto un himno del movimiento ecuménico de la región y ha sido traducido en distintas lenguas.