Nuestro compromiso por la paz comienza dentro del corazón de cada uno de nosotros: Mensaje en la Celebración Interreligiosa y Ecuménica por la Paz

Por la noche del 25 de abril, se realizó una Celebración Ecuménica e Interreligiosa por la Paz en el jardín del convento de San Francisco en Salta, Argentina. Participaron para hacer la oración, referentes de distintas religiones: cristianos de diversas denominaciones, judíos, musulmanes, budistas, y representantes de los pueblos originarios. Por parte de la Iglesia católica oró por la paz el arzobispo de Salta Mons. Mario Antonio Cargnello. Para concluir el evento, el Ministro general dirigió un emotivo mensaje a los presentes:

 

Celebración Interreligiosa y Ecuménica por la Paz

«La búsqueda de la paz y el progreso no puede llegar a su fin en pocos años con la victoria o con la derrota. La búsqueda de la paz y el progreso, con sus ensayos y sus errores, sus éxitos y sus retrocesos, no puede nunca relajarse ni abandonarse” (Dag Hammarskjold).

Estas palabras del ex-Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjold, quien murió buscando la paz para el Congo, son un eco del deseo de los corazones humanos de vivir en un mundo definido por la justicia, la equidad, el respeto, la libertad auténtica, donde los derechos de todas las personas, y muy especialmente de las minorías, sean garantizados.

En la búsqueda de la paz, debemos examinar profundamente nuestras actitudes: nuestra capacidad de empatía; nuestra disponibilidad para recibir el perdón y para ofrecerlo; nuestro compromiso para construir puentes en lugar de levantar muros; y de “extender nuestro círculo de compasión para abarcar a todos los seres vivos” (A. Schweitzer).

Hace tres semanas visité nuestras Comunidades Franciscanas en Damasco, Alepo, y Latakia en Siria. En Damasco, el terror de un ciclo interminable de bombas explotando veinticuatro horas al día, recuerda a todos que la paz no es sino una lejana esperanza. A lo largo del fuertemente resguardado camino de Damasco a Alepo, aldeas y pueblos vacíos bombardeados llenan el paisaje natural. Y, sin embargo, pareciendo desafiar a la violencia, la naturaleza rebosa de coloridas flores de primavera, anunciando su rechazo a ser definida por la violencia, el odio y la desesperación.

Mientras entrábamos a la ciudad de Alepo desde la parte Este, nuestras mentes quedaron pasmadas ante la incomprensible destrucción -humana y material- consecuencia de las decisiones tomadas por todas las partes involucradas en la guerra: la decisión de resistirse a cualquier acuerdo, a aceptar responsabilidad por los pasados actos de violencia, a lo cual se suma la imprudente participación de actores externos que persiguen intereses egoístas que profundizan el sufrimiento humano y amplían el camino de la destrucción. Detrás y sobre todo esto está la falta de voluntad política para tomar decisiones que podrían abrir una senda hacia un futuro mejor, definido por los valores de la misericordia, la justicia, el respeto, la libertad, y la promoción del bien común.

Durante todo nuestro viaje en Siria, escuchamos historias que narraban los horrores de la guerra: madres sufriendo inconsolablemente la pérdida de esposos e hijos; hijos portando las profundas heridas de haber perdido padres y hermanos; ancianos que están completamente abandonados, sin ninguna opción para alejarse de las situaciones de peligro; niños asesinados insensiblemente, atrapados en el fuego cruzado de una violencia que parece no tener fin. Historias de intolerancia, violencia, y creciente exclusión social contra las minorías culturales y religiosas, así como contra refugiados y emigrantes que aumentan de manera alarmante en todas partes del mundo.

Elie Wiesel, sobreviviente de la «Shoah» y premio Nobel de la paz, dijo una vez: «Alguien que odia un grupo terminará odiando a todos – y, al final, odiándose a sí mismo o a sí misma». Otro personaje religioso, Francisco de Asís, reconocido antídoto al odio, tomó la decisión de no odiar, de no rendirse a la violencia, de no permitir a las fuerzas deshumanizadoras del mal que lo definieran.

Reflejando este profundo anhelo de paz y reconciliación, surgió de las ascuas de la devastante Primera Guerra Mundial una oración por la paz:

“Oh Dios, hazme un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, lleve yo el amor;
donde haya injuria, lleve el perdón;
donde haya desesperanza, lleve esperanza;
donde haya oscuridad, lleve la luz;
donde haya tristeza, lleve el gozo”.

Solidaridad, compasión, cuidado, respeto, comunión y amor. Tales valores y fuerzas internas pueden ayudar a colocar los fundamentos de un nuevo paradigma de la civilización, de una humanidad reunificada en la Casa Común, nuestra Madre Tierra (cf. Laudato si’).

Nuestra llamada es a “competir con todos en hacer el bien”, como el Corán nos lo recuerda (48), y rechazar competir con quien sea en la promoción del odio y del mal. El pasado mes de octubre el Papa Francisco, junto con los líderes de las principales religiones del mundo, ofreció la siguiente reflexión: “Queremos reafirmar la importancia de la fe, la importancia de la oración, la importancia de la gracia de Dios si nosotros en verdad queremos construir un nuevo mundo según los valores de Dios y de la humanidad fundada en la paz”.

Ojalá que la plantación de un árbol de olivo en este jardín, y la plantación de otros árboles de olivo entre las diferentes confesiones y comunidades culturales, sirvan como un signo concreto de nuestro compromiso de seguir el camino de una nueva solidaridad, una nueva efusión del espíritu de hospitalidad y compasión para todos, especialmente para con los inmigrantes, los pobres y los marginados.

Mis hermanos y hermanas de las distintas confesiones religiosas y tradiciones culturales, mis hermanos y hermanas de esta linda ciudad de Salta, líderes religiosos, autoridades civiles, y mis queridos hermanos franciscanos, nunca olvidemos que nuestro compromiso por la paz comienza dentro del corazón de cada uno de nosotros. Nuestro clamor y empeño por la paz testimonien al mundo que el amor es más fuerte que el odio; la misericordia es más fuerte que la venganza; y nuestro deseo de armonía y paz es más fuerte que todas las fuerzas de la división y la violencia.

Que Dios bendiga nuestros esfuerzos. Que Dios bendiga a los habitantes de Salta. ¡Paz! Shalom! Salaam!

Fr. Michael A. Perry, OFM
Salta, Argentina, 25 de abril de 2017.