Mensaje del Ministro General para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Queridos hermanos de la Orden de los Hermanos Menores,
y a todos los hermanos, hermanas y amigos de nuestra Familia Franciscana,

«el Señor les dé la paz!».

El amor de Cristo, en efecto, nos invita, y nos impulsa a compartir con todos los miembros de la familia humana lo que hemos visto y oído, o sea que en Jesucristo, Verbo de la vida, se hizo carne para que nosotros pudiéramos ser reconciliados entre nosotros como hijos Suyos y con Él como Padre celestial nuestro (cf. 1Jn 1-3). Ésta, como franciscanos, es nuestra vocación. Aún más, esta es la Buena Noticia que nosotros profesamos como nuestra Regla y Vida. Esta es nuestra vocación de cristianos que anuncian abiertamente en el mundo entero hablando de justicia y de paz y que puede ser el tema mejor para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en este mundo.

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Ciertamente no es exagerado afirmar que estamos viviendo una época quizás nunca vivida tan llena de disparidades y divisiones – sociales, económicas, políticas e incluso ambientales – y además abierta a conflictos armados, incluidas terribles violencias cometidas en nombre de Dios. No tenemos necesidad de leer diarios, de mirar la televisión y de servicios de los demás instrumentos de comunicación para ver imágenes de sufrimientos inimaginables. Nos basta mirar fuera de la ventana, este mundo es apenas fuera de nuestra puerta, que grita para tener aquella justicia, la única que puede darnos la paz: es decir el reconocimiento práctico de la dignidad de hijos de Dios, dignidad inviolable para todos los pueblos sea cual sea el nombre con que se dirijan a Dios. Este grito debería encontrar resonancia en los corazones sensibles y una bienvenida por parte de quien afirma ser discípulos del Hijo de Dios.

Como el Papa Francisco y el Arzobispo Justin Welby recientemente han afirmado recientemente en su Common Declaration subrayando el quincuagésimo aniversario de la institución oficial del diálogo entre nuestras dos comuniones eclesiales, «Jesús dio su propia vida en amor, y resucitando de entre los muertos venció a la misma muerte. Los cristianos que acogieron esta fe, han encontrado a Jesús y la victoria de su amor en sus vidas, y son espíritus para compartir el gozo de esta Buena Noticia con los demás». Por tanto,

«Nosotros podemos y debemos trabajar juntos para proteger y preservar nuestra casa común: viviendo, enseñando y actuando por caminos que favorezcan rápido final de la destrucción del medio ambiente que ofende al Creador y degrada a sus criaturas y construyendo modelos individuales y colectivos de conducta que promuevan un desarrollo sostenible e integral para el bien de todos. Podemos y debemos estar unidos en una causa común para apoyar y defender la dignidad de toda persona. La persona humana es degradada por el pecado personal y social. En una cultura de la indiferencia, barreras excluyentes nos aíslan de los demás, sus luchas y sus sufrimientos que también padecen hoy muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo. En una cultura del desecho, las vidas de los más vulnerables de la sociedad son a menudo marginadas y desechadas. En una cultura del odio vemos indecibles actos de violencia, a menudo justificados por una comprensión distorsionada de las creencias religiosas. Nuestra fe Cristiana nos lleva a reconocer el inestimable valor de toda vida humana, y a honrarla con actos de misericordia brindando educación, cuidado de la salud, alimentación, agua limpia y albergue y procurando siempre resolver los conflictos y construir la paz. Como discípulos de Cristo nosotros afirmamos que la personas humanas son sagradas y como apóstoles de Cristo debemos ser sus abogados».

Ciertamente este camino de fe no oscurece (y no lo podría) y no quita las diferencias que nos dividen como discípulos. Pero si miramos bien las diferencias “no pueden impedirnos reconocernos como hermanos y hermanas en Cristo por motivo de nuestro común bautismo. Ni pueden impedirnos redescubrir y alegrarnos en la profundidad y santidad de la fe cristiana que nosotros encontramos en nuestras recíprocas tradiciones” principalmente a través de nuestro común trabajo de proclamar la buena noticia del Reino de Dios. En realidad es a través de esta común y vivida proclamación del Evangelio como nosotros discípulos divididos, podemos llegar a apreciar que “más amplia y profunda que nuestras diversidades es la fe que compartimos y nuestra común alegría del Evangelio”, y comprender cuál es nuestro camino por recorrer hacia la unidad de mente y de corazón por la cual Cristo oró, «para que el mundo pueda creer» (Jn 17,21).

Queridos hermanos, no es coincidencia que en este año en que conmemoramos el quingentésimo aniversario de la Reforma Protestante, nuestra semana de oración por la unidad de los cristianos se centra sobre el tema de la reconciliación. En efecto es por este aniversario por el que se escogió esta temática. Por eso, como el Papa Francisco y el Obispo Mounib Younan, Presidente de la Federación Mundial Luterana, han pedido en su reciente Joint Declaration, nosotros los Protestantes y los católicos podemos no solamente dar gracias «por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma», pero también «para la confesión y el dolor ante Cristo» que nosotros hemos herido tan profundamente la unidad visible de su Cuerpo. En verdad, como el Papa Francisco y el obispo Younan han firmado.

«Nuestra común fe en Jesucristo y nuestro bautismo nos piden una conversión diaria mediante la cual nosotros echamos lejos nuestros desacuerdos y conflictos históricos que impiden el ministerio de la reconciliación. Como el pasado no se puede cambiar, lo que se recuerda y cómo se recuerda sí puede ser transformado. Oramos por lasa nación de nuestras heridas y de las memorias que oscurecen nuestra vista del otro. Rechazamos enfáticamente todo odio y violencia pasados y presentes, especialmente los expresados en nombre de la religión. Reconocemos que estamos liberados por la gracia para sacar adelante la comunión a la que Dios nos llama continuamente».

Queridos hermanos y hermanas, hermanos y amigos de nuestra Familia Franciscana, que nuestros corazones puedan estar verdaderamente abiertos para recibir el don de esta gracia cuando celebraremos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de modo que podamos llegar a ser ministros de reconciliación como nuestro Señor nos quiere: Hermanos Menores, fieles Católicos, hermanos de todos los hombres y mujeres movidos por su Amor para curar un mundo dividido por el cual Él murió y resucitó.

Paz y Bien

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general

Apéndice
El Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Consejo Mundial de Iglesias han preparado Subsidios en inglés, francés, alemán, portugués y español:
https://www.oikoumene.org/en/resources/week-of-prayer
Fr. Tecle Vetrali, OFM, fundador del Instituto de Estudios Ecuménicos de Venecia (anteriormente en Verona), ha preparado una traducción de todo este material en italiano:
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Estos y otros recursos están disponibles en línea del, Greymoor Ecumenical and Interreligious Institute, un ministerio de los Hermanos Franciscanos de la Expiación (Atonement):
http://www.geii.org/week_of_prayer_for_christian_unity