Ministro general: “La Pascua nos encuentra donde aceptamos dejarnos tocar por las heridas de la vida”.

A pocas horas después de haber regresado de su viaje en Rumanía, Ucrania y Polonia, a través del cual mostro su cercanía con los pueblos que sufren las consecuencias de la guerra, el Ministro General, Fr. Massimo Fusarelli, celebró la Misa de Pascua en el templo de Santa María Mediadora, sede de la Curia General OFM en Roma. “No podemos seguir nuestra vida como si Jesús no nos hubiese precedido – dijo en su homilía –. Vivimos porque Cristo nació, vivió, amó, lloró, sonrió, conoció nuestro sufrimiento, murió y resucitó. Es en él donde podemos vivir, de tal manera que nos convirtamos en un anuncio vivo de que la vida tiene sentido. Es decir, tiene una dirección, si se vive en él, para él, con él”.

El primer anuncio de la resurrección debe darse, entonces, con nuestra vida resucitada. Mientras los discípulos estaban encerrados en el Cenáculo, “como en una especie de confinamiento”, María de Magdala vino corriendo a anunciar la resurrección. “La Semana Santa no puede anunciarse desde la comodidad de nuestros sofás, dijo Fr. Massimo. La Pascua nos pide que salgamos, que sudemos, que nos esforcemos en esta carrera. Y una Iglesia que no corre no es la Iglesia de Jesús”.

Después, el Ministro General dio su testimonio sobre los días transcurridos:

“Volví anoche de una peregrinación entre las fronteras de Rumanía, Ucrania occidental y Polonia, y toqué –o más bien me tocaron las heridas de la pasión de Cristo, especialmente al encontrarme con refugiados, mujeres con niños, niños huérfanos y ancianos. Conocí a una señora de avanzada edad en Ternopil, en el gran gimnasio donde se alojan 107 refugiados. Tenía a su lado lo único que había conseguido llevarse: una jaula con un pequeño loro. Para ella es una señal de vida, un compañero, para una mujer solitaria que se encuentra a cientos de kilómetros de su casa que ya no existe. Me conmovieron las heridas de Cristo y me llegó a través de la gente que conocí el anuncio de la Pascua, la dignidad, el deseo de vida para sus hijos, la esperanza de que su pueblo vuelva a tener un hogar, a empezar a vivir de nuevo.

El anuncio de la Pascua nos llega allí donde aceptamos dejarnos tocar por las heridas de la vida, sin anestesiarnos, sin quedarnos demasiado en un centro de bienestar, que nos engaña pensando que la vida es algo inofensivo, que nunca nos cuestiona. Desde ahí podemos acoger este anuncio de vida, de esperanza. Es Pascua en el mundo, incluso donde hay guerra. Es la Pascua de esa anciana ucraniana a la que sólo le queda su periquito. Es la Pascua de aquellos niños que vieron el horror y lo sufrieron en su carne inocente. Es Pascua para nosotros, si nos dejamos poner en marcha, si salimos del Cenáculo, si dejamos que la vida nueva de Cristo estalle en nosotros”.

 

B.G.