Portadores de los frutos del Evangelio: Una reflexión misionera para la Cuaresma (1ª Parte)

Como somos portadores, Parte 1 de 2

 

Introducción

Sabemos que la misión principal de Jesús, para la que fue enviado y a la que dedicó toda su existencia y por la cual murió es la CAUSA DEL REINO DE DIOS, o mejor, como dicen hoy, el REINADO DE DIOS, que es el proyecto que estaba al principio en Dios, que es revelado en Cristo Jesús, el cual hace de ese proyecto su propio proyecto.

Este proyecto del Reinado de Dios es lo que llamaríamos la Missio Dei, la Missio Spiritus Sancti, y que entrega a la Iglesia, la cual tiene cómo única misión la de continuar construyendo, fortaleciendo lo que lo favorece el Reino y denunciar lo que lo contradice.

Jesús, como sabemos, transparenta este proyecto en lo que es, en lo que dice y en lo que hace. Todo él y en él está volcado hacia la construcción de este proyecto, que es proyecto de vida, de reconciliación, de compasión, de amor, de solidaridad, de liberación.

Esta misión de anuncio, demostración, identificación y construcción del Reino, la hacemos nosotros, como comunidad y según los documentos del Concilio Vaticano II (especialmente Gaudium et Spes, Ad Gentes, Nostra Aetate) mediante tres actividades, íntimamente interconectadas, a saber: anuncio, solidaridad y diálogo. Ninguna es menos que las otras ni más importantes que las otras; todas se dirigen a la integralidad del ser humano, con la creación, y a todos los humanos en sus contextos, a toda la humanidad, en sus diversas culturas y situaciones. Cada aspecto involucra a los otros, pues no hay anuncio sin solidaridad y diálogo, ni diálogo sin solidaridad y anuncio o solidaridad sin anuncio ni diálogo.  Antes se hablaba de las implementaciones en el plan de la solidaridad como “preparatio evangelica”.  Hoy sabemos que todo eso es Evangelio, y del bueno, como lo debe ser toda BUENA NOTICIA.

La Iglesia, en los diversos continentes (“Ecclesia in… “) ha ido traduciendo estas dimensiones de la Mision  Evangelizadora según las circunstancias propias de cada realidad.

Las tres dimensiones de la evangelización no son algo que se pueda separar. Inculturación, diálogo, liberación, justicia, solidaridad, sino que todo esto forma parte de la única tarea de la misión: hacer presente el Reinado de Dios en medio de nuestros pueblos y en nuestra tierra, ya que una relación íntima de fraternidad entre todos los seres.

Estas dimensiones, priorizando algunas veces un aspecto, otras, otro, son las que deben estar siempre presentes en nuestra misión. Y esta, sin duda, es la que vosotros estáis haciendo en este continente, priorizando algunas veces el anuncio (que empieza con la presencia, haciéndonos “como uno de tantos”) y continuando con los otros aspectos del anuncio. Otras, fortaleciendo la solidaridad en la organización comunitaria pro-defensa de la vida, la dignidad y los derechos de las personas y de la creación. La justicia y la paz.  Y también en otras ocasiones fortaleciendo el diálogo (que empieza siendo diálogo de la vida, para terminar en diálogo de espiritualidades hacia el enriquecimiento mutuo.

 

Como somos portadores

Hay, fundamentalmente, dos maneras de ser portadores:

A. como un tubo

B. como una esponja

 

Como un tubo, como un vehículo conductor que transporta un material, sin que nada o muy poco de lo que transporta impregne o se comunique al portador. El tubo deja pasar el agua que transporta, pero poco o nada se impregna él.

La esponja, en cambio, se impregna del líquido en el que se sumerge o se le echa. Retiene una buena cantidad de líquido para sí y lo va entregando poco a poco. Ella misma se convierte en fuente que mana.

Comportarse como un tubo en el anuncio y construcción del Reino es no ser concernido por la buena noticia que anunciamos. Se corre el riesgo de que el Evangelio se convierta en una doctrina, ¡sana doctrina!, que ni a nosotros ni a nadie convierte. Así estaremos más preocupados por la ortodoxia que por la ortopraxis y lo que cambia verdaderamente no es lo que decimos, por muy “políticamente correcto” que sea, sino lo que hacemos por muy poco que sea.

Ser como un tubo es convertir el Evangelio en una religión, en una Iglesia, en un rito, en un código ético, y esto dentro de un código cultural preestablecido.

Ya sabemos que las doctrinas solo cambian nuestras ideas, poco el corazón. El Evangelio no comienzo con una verdad, una idea, o una doctrina, sino “con un encuentro”, el encuentro con Jesús, como dice el papa emérito Benedicto XVI.

Pero hay otra manera de ser portador y es siendo esponja, es decir, ser atrapados por las realidades del Reino, haciendo nuestra la causa de Jesús, el proyecto de Dios, la Missio Dei, la “Misión del Espíritu”. Es dejar que su espíritu transforme, impregne todo nuestro ser.

La primera consecuencia de seguir este paradigma es que nosotros nos convertimos en “Buena noticia” para los otros e impregnados, empapados en esta buena nueva la testificamos ante los demás. Y si la mostramos no hay que demostrarla.

 

Lea la Parte 2 la próxima semana.

 

Foto: © Marco Gavasso/CTS