Portadores de los frutos del Evangelio: Una reflexión misionera para la Cuaresma (2ª Parte)

Frutos del Evangelio, Parte 2 de 2

 

(Haga clic aquí para leer la 1ª Parte: Como somos portadores)

Lo primero que Jesús hace en el Evangelio de Mc. es decir que “El Reino ya ha llegado” y lo primero que nos pide es que nos convirtamos. Esta conversión no es solo un dejar de hacer, o un dejar de pensar, no. Es un cambio de mentalidad y si cambiamos la mente comenzaremos a cambiar los actos y las actitudes y comenzamos a crear nuevos valores.  La conversión que nos pide Jesús es CONVERSÓN AL REINO, como él mismo lo dice, y lo muestra, como cuando dice en la Sinagoga de Nazareth, “esta escritura se ha cumplido hoy en mi (Lc 4,21).

Esta conversión al Reino nos obligará a salir de nosotros mismos, de nuestros esquemas, nuestras preocupaciones, nuestras lógicas, para volvernos, “convertirnos” a la lógica del Reino.

La lógica del Reino comienza siendo la lógica de la encarnación. Dios en Jesús se va haciendo como uno de nosotros, identificado en todo menos en aquello que nos deshumaniza. En la kénosis, en el vaciarse de sí mismo, Jesús se acerca a nuestra condición, la comparte solidariamente y en su compasión nos muestra el camino para recuperar la vida, la dignidad y todo aquello que pone en peligro de muerte nuestra humanidad y nuestra creación.

Cuando el Papa Francisco nos habla de una “Iglesia en salida”, ¡cuando nos invita a la “conversión pastoral!, o cuando hablamos de “franciscanos en salida” lo que estamos reiterando es que no hay misión sin encarnación, sin ir hacia el otro, identificándose con él; si esos otros son los privilegiados el Reino, los pobres, entonces encarnarse es buscar con ellos los caminos de liberación, de justicia, de paz, de dignificación de la condición humana.

Ser portador del Evangelio y de sus frutos es entonces convertirnos nosotros mismos en BUENA NOTICIA. ¿Lo somos realmente para los demás? ¿Los pobres de nuestros paises, los que viven alrededor de nuestras casas, conventos, parroquias y residencias, nos ven como buena noticia?

Los pobres, mujeres y niños seguían a Jesús porque veían en él a alguien que les daba buenas noticias: lleno de compasión les iba anunciando la buena nueva liberándolos de toda opresión, dándoles esperanza, devolviéndoles la dignidad arrebatada, arrojando de ellos toda clase de espíritus, demonios esclavizantes, limpiándolos de sus lepras y devolviéndoles la vida, sentándose con ellos a la misma mesa. Expulsar demonios, sanar enfermos, limpiar leprosos, devolver la vida a los muertos, comer con… así resumen los evangelios toda la práctica de Jesús, práctica instauradora del Reino.

La invitación de los profetas del A.T. a ser “santos como Yahvé”, se convierte en Jesús en “sed compasivos como el Padre misericordioso es compasivo”.

En el Reino, los portadores de los frutos de su anuncio y construcción, tenemos como primera invitación ésta de ser compasivos y misericordiosos, es decir ser sacramentos (y sacramento significa ser signo e instrumento …mostrar y hacer…) del amor de Dios que en Jesús se nos muestra como un amor sin condiciones, hasta las últimas consecuencias, buscando, como lo hace el amor, lo mejor para el ser amado. Dios en Jesús lo hace con nosotros.   Hablar de presencia sacramental es hablar de la eficacia del sacramento que somos. Que tan efectivo es nuestro amor solidario, nuestro acompañamiento a los más débiles, nuestro trabajo en favor de los pobres, las mujeres, ¿las comunidades postergadas y abandonadas?

Ser compasivo no es solo dolerse del dolor ajeno, sino identificarse con el doliente, hacerse cargo de él, acompañarlo en su proceso de liberación. Como el Samaritano.

¿Cómo somos nosotros buena noticia para los pobres, los marginados, los fieles de otras religiones, los pertenecientes a otras culturas?

La misión aquí es reconocer su historia sagrada, su historia de salvación. Que estos a estos pueblos Dios también ha salvado en Jesucristo por medio de sus sacramentos y los ha educado por medio de sus doctrinas sus enseñanzas, sus libros.

Lo misión entonces no es traerles a nuestro Dios, nuestra religión, nuestra Iglesia, sino más bien, en actitud contemplativa y agradecida, discernir la presencia amorosa de Dios en medio de estos pueblos, de sus historias de sus logros de sus sufrimientos y esperanzas… Es estar con ellos, contemplar con ellos, agradecer con ellos.

La misión en es descubrir a  Dios en cada persona,  y los caminos de la liberación-salvación en en cada circunstrancia  ponerse a su servicio, al servicio de la liberación de los oprimidos (liberación), construyendo comunidad (comunión) en actitud de permanente diálogo.

Rezar con sus rezos, celebrar con sus ritos el memorial de Jesús como entrega incondicional, hasta la cruz y la muerte, imbuirse de su espiritualidad presente en tantas obras y escritos sagrados llenos de tanta sabiduría.

Y mientras tanto “no perderemos ocasión de nombrar el Nombre de Aquél que optó por los pobres con los pobres, los sintecho, que optó por la piedra rechazada y fue el siervo sufriente de todos. Nombraremos al Santo que está presente y da sentido y valor a las heridas y al llanto de todos que planta las semillas de la resurrección en el corazón de nuestra muerte. Lo nombramos con humildad; lo presentamos como nuestro tesoro y no como un martillo con el que amenazar a los pueblos y aplastarlos. Presentamos a Jesús en su kénosis, y en su amor en la solidaridad de la resurrección, como un amigo de los pueblos y un dador de libertad, y no como un Julio Cesar religioso, que conquista, destruye y domina”(SAMUEL RAYAN, una espiritualidad de misión en un contexto asiático ).

Muchas otras cosas podríamos hablar acerca de nosotros como portadores de los frutos del Evangelio, la capacidad de perdón, de resiliencia, de resistencia, de compartir con. Pero un punto final que quisiera compartir con ustedes, y es el la ESPIRITUALIDAD.

Una vida humana, cristiana y franciscana vivida en el amor, la compasión y la solidaridad va generando una nueva espiritualidad, va permitiendo que nuestra vida y nuestra acción se vayan dejando permear por nuevos valores, nuevas actitudes, que llevan a nuevos comportamientos. Va permitiendo que nuestro interior vaya creciendo y se haga más grande que nuestro interior. Cuando esto sucede no necesitamos de fachadas para mostrarnos. Hay muchas bellas fachadas que esconden ruinas.

Esta nueva espiritualidad va surgiendo del diálogo de la vida, de la acción y se enriquece en un diálogo de espiritualidades, donde nosotros podamos también ofrecer la nuestra para ser enriquecida por las otras y que pueda enriquecer a las otras espiritualidades.

Nuestra oferta evangélica no debe solamente impregnar las otras culturas, a lo que nos invitaba Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, sino también a estar entre las culturas (no solo ad gentes, sino también inter gentes) y también, por qué no? A crear nueva cultura. Estamos invitados a crear la nueva civilización del amor (también invitación de Pablo VI), de la gratuidad, de la solidaridad, de la paz (constructores de Paz nos dicen), de la fraternidad (invitación que nos hacen el Papa y el imán en su reciente documento).

Esta nueva cultura tenemos que irla creando entre nosotros mismos, en nuestras familias, nuestras comunidades, nuestras iglesias… Deberíamos ser una muestra permanente, no ocasional, del nuevo mundo que esperamos, construyéndolo desde el aquí y el ahora de nuestra historia. Más que buscar cambiar el mundo, lo que debemos hacer es ir creando muestras, pequeñas realidades concretas, pues la tarea del Espíritu (que se une a nuestro espíritu) es hacer nuevas todas las cosas, comenzando por hacer un nuevo cielo y una nueva tierra, con una nueva cultura de la vida, de la paz, donde todos podamos vivir como hermanos, en un planeta que no sea mirado como una fuente de recursos, sino como las casa común que hay que cuidar, porque es la nave donde vamos todos rodando por el espacio y de cuya supervivencia depende nuestro futuro.

Este debe ser el significado de nuestros proyectos sociales, pastorales, etc. Ser anticipaciones históricas, cercanas y creíbles del gran proyecto del Reino. Por eso todos nuestros proyectos son aproximaciones, siempre perfectibles, ya que ninguno coincide con lo que es el Reino.

Todo esto significa que estamos convirtiendo en realidad aquello a lo que nos invita el evangelio: ser luz, sal, levadura y fragancia (Mt 5, 13-16; 13, 33; 2Cor 2, 14-16). La misión es luz que nosotros, como comunidad misionera, irradiamos por la nueva cultura que construimos. Como sal, evitamos que el mundo caiga en la violencia y la vulgaridad. Como levadura, debemos ser capaces de transformar los corazones y las estructuras y hacer que toda la tierra se convierta en un pan para la fiesta de Dios, la fiesta de todos. “Somos el buen olor de Cristo” (2Cor 2, 15). Siguiendo la expresión de Gandhi, seamos como la rosa, ella tiene un evangelio que narrar, pero lo hace en silencio, con su olor, de manera eficiente.

De esta manera podemos, en solidaridad con todos los pobres, hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos, de nuestro pueblo, buscar la liberación, entre todos y con todos, de la humanidad, liberando al mismo tiempo nuestro planeta tierra de la explotación y del empobrecimiento.

El Espíritu que mora en nosotros nos regala esta tarea y nos acompaña en su realización.  Llegó antes de nosotros y seguirá aquí después de nosotros.  Lo que hacemos es secundar su obra, seguir su inspiración.

Recordemos, con las palabras de del Patriarca Atenágoras lo que podemos hacer si tenemos el espíritu, y lo que sucede si no tenemos el Espíritu:

 

“Sin el Espíritu,
Dios está lejos,
Cristo mora en el pasado,
El Evangelio es letra muerta,
La Iglesia es sencillamente una organización,
la autoridad es una cuestión de dominio,
la misión una cuestión de propaganda,
la liturgia nada más que una evocación,
la vivencia cristiana una moralidad que esclaviza.

Pero en el Espíritu santo
– el cosmos resucita y gime con los dolores de parto del Reino,
– Cristo resucitado está allí,
– el Evangelio es fuerza de vida,
– la Iglesia es señal de la vida trinitaria
– la autoridad es un servicio que libera,
– la misión es un Pentecostés,
– la liturgia es memorial y anticipación,
– la acción Humana es deificada”
(JAMES H. KROEGER, M.M., Signposts of the spirit for mission. En LANDS 10 (1996) 57-71).

 

Foto: © Marie-Armelle Beaulieu/CTS