Proyecto Nagasaki: Una fraternidad internacional que es testimonio vivo de paz

Una fraternidad internacional en Nagasaki que pueda ser un testimonio vivo de paz. Fue en 2010 cuando el entonces Ministro general, Fr. José Rodríguez Carballo, tuvo esta inspiración, durante su visita a la Provincia Franciscana de los Santos Mártires de Japón. El lugar que fue testigo de muerte y destrucción, con la bomba atómica en 1945, el Ministro pensó que sería oportuno construir una comunidad internacional con la finalidad de convertirse en una proclamación de paz y así dar testimonio de lo que significa vivir en ella.

El anhelo permaneció así hasta el 2018, cuando se concretizó con la colaboración de la Conferencia OFM de Asia Oriental, que incluye Japón, Corea, Vietnam, Filipinas, China y Taiwán. La Conferencia OFM pidió a los frailes de estas provincias ofrecerse para participar en el proyecto, del que hoy forman parte tres hermanos: Fr. Francis Furusato de la Provincia de Japón, Fr. Berardo Yang de la Custodia de China y Fr. Albert Marfil de la Provincia de Filipinas. Los hermanos del proyecto Nagasaki están adscritos en la fraternidad de Nagasaki, donde los demás hermanos realizan el servicio pastoral en la parroquia y el servicio educativo en un jardín de niños.

The 10mt bronze peace statue place at the Peace Park, Nagasaki

“Vivimos nuestra vida ordinaria como frailes menores en la fraternidad, donde comemos juntos, oramos regularmente en japonés y trabajamos”, explica Fr. Albert Marfil, fraile desde hace 38 años. “Además, para construir una comunidad de paz, leemos, estudiamos y compartimos los escritos de San Francisco”. Nagasaki es un lugar que aún conserva las marcas del horror causado por la bomba atómica, que mató a miles de personas. “Uno de los frailes del convento de Nagasaki tenía nueve años cuando sucedió este evento”, dice Fray Albert, “y es, por tanto, un testigo vivo de lo que ocurrió en este genocidio”. Sin embargo, el lanzamiento de la bomba atómica no es el único acontecimiento de sufrimiento que tuvo lugar allí: en el periodo comprendido entre los siglos XVI y XIX, Nagasaki fue, de hecho, un lugar de graves persecuciones y martirios. “Durante más de dos siglos, no hubo misioneros, aun así el cristianismo continuó en la clandestinidad”, dice Fr. Albert. “Los cristianos se escondían en cuevas, montañas, islas, en pequeños santuarios que todavía existen”. Se trata de lugares remotos y ocultos, como las islas Gotō (un archipiélago perteneciente a Japón en el Mar de China Oriental) y la isla de Hirado, a los que los hermanos acuden periódicamente a orar. Los descendientes de los primeros cristianos siguen viviendo allí y el dolor de las persecuciones que tuvieron que soportar los cristianos aún sigue vivo. Por ello, la fraternidad del proyecto de Nagasaki, tras este difícil periodo de la pandemia, espera poder volver a acoger a los peregrinos para que visiten y oren en estos santuarios escondidos. Los frailes también organizan encuentros para educar a la gente para orar por la paz.

Desde el año pasado, varios hermanos se han mostrado su interés por este proyecto, y ahora que Japón reabre por fin sus fronteras, podrán venir a Nagasaki para experimentar allí la vida. “Somos una completa fraternidad en misión”, continúa el Fr. Albert, “hacemos lo posible por orar juntos, celebrar la Eucaristía, comer juntos, pasar momentos de reflexión y adoración juntos. Esta es la forma franciscana de buscar la paz en Nagasaki y para el mundo entero. La paz viene de la oración”. Los frailes también colaboran con la oficina de JPIC para sensibilizar y fomentar la eliminación de la bomba atómica. En este sentido, también organizan encuentros para contar los efectos que la bomba atómica ha tenido en las personas y en el planeta, y también apoyan a varias otras órdenes religiosas.

Fray Albert siempre quiso vivir en una comunidad de oración y sabe lo importante que es para la paz: “Lo que compartimos con la gente debe provenir de nuestra relación con Dios. La paz viene de Dios y todo lo que anunciamos o proclamamos debe venir de Dios y de nuestra relación con Él y con los demás”.

Hoy en día, en Nagasaki, una gran estatua de bronce de diez metros se alza en el Parque de la Paz: desde allí grita y llama al mundo entero para vivir una paz mundial duradera y a orar para que nunca se repita semejante tragedia.

B.G.