Roma: el Antonianum alberga refugiados ucranianos

Por miedo a las bombas, la huida apresurada, la odisea de los trenes a través de Europa y la preocupación de no saber dónde refugiarse. Las familias ucranianas albergadas por los frailes franciscanos del convento de la Universidad Pontificia Antonianum en Roma, han dejado todo esto atrás. “Cuando empezó la guerra, publicamos en una plataforma nuestra disposición de recibir refugiados ucranianos, y desde el 17 de marzo han ido llegando poco a poco”, explica Fr. Lluis Oviedo, OFM, profesor del Antonianum, “había seis familias, una de ellas regresó a Ucrania. Proceden de Kharkiv, Lviv, Bucha, Kiev y las afueras de Kiev. Entre ellos hay quienes son refugiados por segunda ocasión ya que desde el Donbass habían encontrado refugio en Kharkiv, lugar del cual tuvieron que huir también”. Los frailes que viven en las instalaciones de la prestigiosa universidad, promovida por la Orden, se dedican diariamente al servicio de la caridad a nivel local con el comedor de los pobres; en estos tiempos difíciles sintieron que debían contribuir activamente recibiendo a los refugiados de Ucrania. Así fue como abrieron sus puertas a treinta personas, catorce son niños, el más pequeño de un año y nueve meses.

“Fue en capítulo local que optamos recibirlos – explica fray Estêvão Ottenbreit, OFM, guardián de la fraternidad -. Aquí viven 156 hermanos, 82 de ellos estudiantes, hasta ahora nadie se ha quejado. La fraternidad vive este momento de forma constructiva y hemos recibido el apoyo de mucha gente, entre ellas están los penitenciarios de San Juan de Letrán, que han hecho un donativo para estas familias. Durante este tiempo no nos ha faltado nada, gracias a Dios, y también nos han ayudado desde el departamento de policía para conseguirles un permiso de residencia por tres meses”.

Fr. Lluis Oviedo OFM cuenta que, nada más al llegar, los refugiados se encontraron en grandes dormitorios con camas esperándoles y que, día a día, los frailes han tratado de cubrir sus necesidades: “Tuvimos que conseguir ropa, pañales. Los niños tenían que ir a la escuela y no entendían italiano. Así que el primer mes enviamos a algunos de los chicos mayores para que la hicieran de intérpretes, pagándoles por este servicio con la ayuda de nuestros bienhechores”.

La dirección del colegio público (gestionado por los hermanos maristas), que se encuentra cerca del convento, también mostró una gran disposición, admitiendo a niños en edad escolar en las aulas. “También fue la oportunidad de acercarnos a los maristas y lo mismo ocurrió con los pasionistas que viven en colina del Celio, a quienes pedimos un espacio en su jardín para aparcar algunos coches de los refugiados. Hoy dicen que ya no se sienten refugiados aquí. Viven con nosotros, comen nuestra comida. Queremos que se sientan como en casa, incluso en esta situación temporal”.

“Recibir estas familias ha sido un descubrimiento cada día, un nuevo reto al cual enfrentarse», dice fray Javier Del Ángel De los Santos OFM, fraile de la Provincia del Santo Nombre de Jesús, Estados Unidos, estudiante en Roma, “hemos experimentado la ayuda de personas cercanas, con donaciones en especie o monetariamente. Compartir la vida con los refugiados también incluía momentos fuera del convento. Los llevamos a ver al Papa en el Ángelus dominical y a pasear por el centro de Roma”.

Escapar de Ucrania

Andrew, que tenía una casa de madera en las afueras de Kiev, dice: “Logramos escapar semanas antes de que empezara la guerra porque nos dimos cuenta lo que iba a pasar. La primera vez que decidimos partir esperamos dos días en la frontera con Polonia y no pudimos cruzarla por la gran cantidad de gente. En un segundo intento cruzamos la frontera con Hungría y tomamos un tren a Berlín. Allí no sabíamos dónde alojarnos y decidimos ir a Suecia. Según la ley, deberíamos habernos trasladado a una ciudad a mil kilómetros de Estocolmo, para una mejor distribución de los refugiados. Las frías temperaturas eran demasiado difíciles de soportar, junto con las precarias condiciones de vida en una habitación de cinco metros cuadrados, sin colchones para todos y con instalaciones sanitarias insuficientes.

Andrew es padre de seis hijos, que han vivido este difícil momento con él y su esposa. Cuando el más pequeño, de seis años, también cayó enfermo, la preocupación por el futuro en esa tierra se agravó. “Tomamos el primer tren disponible. Después de cambiar nueve trenes, perder el equipaje y viajar por toda Europa, llegamos a Roma”, continúa Andrew. Una noche le pedí a Dios que me ayudara y al día siguiente encontré el recibimiento de los franciscanos. Junto a las otras familias que se alojan con nosotros, vivimos como una sola familia, aunque no nos conociéramos antes de venir aquí”. Así lo confirma Xenia, una de las jóvenes refugiadas, que, en medio de la huida y las dificultades, siguió haciendo sus exámenes en la Facultad de Filosofía en línea. La vida también siguió para Taddei, un chico de 17 años que, gracias a la ayuda de los frailes y bienhechores, consiguió matricularse en una escuela de fútbol en Roma, para recuperar la esperanza cultivando su pasión por este deporte.

“Los franciscanos son hospitalarios y amables con todos nosotros”, dice Andrew, “estamos agradecidos porque nos han albergado. En estos tiempos de frío, el calor que se respira aquí es un regalo”.

Beatrice Guarrera