Transformando nuestras memorias históricas en sendero de santa novedad: Homilía del Ministro general a la Nueva Provincia de San Buenaventura

“Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna…” (Jn 10,27-28).

Queridos hermanos de la nueva Provincia de San Buenaventura de los Hermanos Menores,

El pasaje evangélico de Juan proclamado hoy brota de la narración precedente sobre el Buen Pastor, donde se pone de manifiesto la cercanía del pastor con su grey, es decir, del Señor Jesús con sus discípulos. Es una narración que habla de relación, retomando la metáfora empleada desde los comienzos del evangelio, a través de la cual  san Juan transmite el significado de lo que es vivir bajo la luz de Jesucristo como discípulos e hijos de Dios: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios” (Jn 1,1). Todo se da en el interior de la profunda e ininterrumpida interrelación de la cual goza Jesús con su Padre y el Espíritu en la Trinidad.

Esta narración de relación continúa también en los versículos 23-27. Los discípulos son llamados a abrir sus oídos, sus ojos y su corazón a la voz del Señor. Y esta llamada es un eco del texto del Shema, Israel, a saber, Deuteronomio 6, 4-5: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón; con toda el alma; con todas las fuerzas”. En el contexto de la Fiesta de la Dedicación, Hannuccah, se subraya que el Señor Dios oye y escucha el grito de su pueblo e interviene para salvarlo de la muerte. Es Dios quien ha cambiado el lamento en danza y ha revestido de gloria a su pueblo (cf. Sal 30,12). Dios no se aleja nunca de su pueblo. Dios siempre permanece presente en medio de los suyos, aún más, siempre está cercano. El aceite de oliva milagroso y la Menorah son un recuerdo de la especial relación que tiene el pueblo elegido con Dios a causa de su amor y de su misericordia. Esta relación especial es fruto de la victoria de la luz de Dios sobre las tinieblas y es una historia de alianza permanente, a través de la cual Dios invita a su pueblo a vivir en una profunda y duradera amistad, arraigada en la confianza y en la disponibilidad para acceder al horizonte de la creatividad de Dios mismo.

Al mismo tiempo el texto evangélico revela una tensión no resuelta entre lo que Dios quiere realizar en nosotros y lo que nosotros estamos dispuestos o en capacidad de acoger, sea en el nivel personal como en el comunitario. Se trata de la confianza respecto a la disponibilidad a colaborar con la gracia salvífica de Dios. La invitación a escuchar la voz del Maestro y a entrar en una más profunda comunión con el Buen Pastor es un don que viene de Dios. Solo con los ojos de la fe podemos reconocer la verdadera identidad de Jesús, su misión y la trastornadora experiencia de la relación de misericordia, de amor y de confianza que Él ofrece a cada uno de nosotros. Es Dios quien hace posible esta relación, sin forzarnos a aceptarla. Aún más, no hace sino continuar invitándonos a entrar en esta amistad de alianza por medio de su Hijo (Jn 10,29). Esta iniciativa divina impulsa a nuestro corazón a gritar  “Abbá, Padre”, generando nueva vida en cada uno de nosotros.

Hoy esta invitación a dejar que nuestra vida sea renovada se concretiza en el nacimiento de la nueva Provincia de San Buenaventura. Por este motivo volvemos a un santuario que nos habla de la posibilidad de dedicar nuevamente nuestra vida a escuchar la voz de Dios, que se hace sentir mediante el don de la Encarnación. En efecto, precisamente aquí, en Greccio con sus primeros compañeros y sus amigos san Francisco celebró la luz  y la esperanza que entran en un mundo lacerado por las fuerzas de la división, por la violencia, por la falta de confianza y por el sentido de progresivo alejamiento de Dios por parte del pueblo. Reconocemos que precisamente aquí, en esta gruta sobre esta montaña, se ha concretizado una vez más y ha tomado realmente carne la especial historia de amor de Dios con su pueblo, en la evocación  plástica del nacimiento de Jesús. Para Francisco no se trataba solo de un espectáculo teatral, con el cual hacer memoria de un evento sagrado distante en el espacio y en el tiempo. En  aquella evocación Dios ha vuelto bajo los despojos de un neonato y se ha acercado una vez más a su pueblo, a aquellos que se habían reunido aquí para revivir aquel evento inolvidable, a todos los hermanos de la Orden, sea a los de la época sea a los siguientes, a todos los miembros del  Pueblo de Dios, a toda la humanidad y a toda la creación, revelando entonces y siempre su terco amor   y su irrefrenable fidelidad.

Carísimos hermanos, como Francisco, sus cohermanos y los fieles reunidos en Greccio para la evocación del gran acontecimiento del ofrecimiento del amor y de la amistad por parte de Dios mediante la Encarnación, también nosotros nos hemos reunido aquí para hacer la experiencia de un nuevo nacimiento para cada uno de los hermanos de las dos desde ahora ex Provincias, ahora unidas en una sola. Como Francisco estamos llamados a escuchar atentamente la voz del Señor Jesús, el Buen Pastor, que sigue hablando también a nuestro corazón, transformando nuestras memorias históricas en senderos de santa novedad. Esta misma voz nos invita a entrar en una relación de cada vez más profunda confianza para con Dios y recíprocamente entre nosotros. Esta misma voz nos invita a hacernos cada vez más disponibles a abandonarlo todo, como Francisco y sus primeros hermanos, teniendo la mirada fija sólo en Jesús y siguiendo sus huellas. Francisco, precisamente por razón de esta su disponibilidad a la escucha de la voz de Dios, compartida con los hermanos y que le permitía discernir lo que Dios obraba en medio de ellos, ha estado en condiciones de partir hacia nuevos horizontes y emprender iniciativas absolutamente nuevas.  En efecto sólo poniéndonos a la escucha es cómo podemos reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros. Y esta presencia es la que nos hace capaces de vivir una relación de confianza permanente: para con Dios, para con los hermanos, para con todos y para con nosotros mismos, precisamente como sucedió a los primeros discípulos de Jesús y en la vida de Francisco y de sus primeros compañeros. Toda esta confianza nos permitirá liberarnos de todos nuestros temores y abrazar el sueño que Dios tiene para nosotros, el sueño de Dios para la nueva Provincia de San Buenaventura de los Hermanos Menores.

Queridos hermanos, los invito a abandonar todos sus temores y todas sus preocupaciones y los animo a poner toda su confianza en Dios, que salvó a su pueblo de la muerte y de la destrucción y los invitó a sumergirse en una vida de amor y de confianza en él y en el prójimo. El Papa Juan XXIII escribió: “No consulten a sus temores, sino a sus esperanzas y a sus sueños. No piensen en sus frustraciones, sino en su potencial irrealizado. No se preocupen por lo que han ensayado y ha fallado, sino en lo que todavía les es posible realizar”.

En este espíritu los invito, queridos hermanos, a invertir todas sus energías en la escucha de la voz del Buen Pastor que habita en el corazón de cada uno de ustedes, miembros de la nueva Provincia, y en el corazón de todos los que han sido llamados a servirles a ustedes como Ministros y Hermanos.

Esta voz de amor y de misericordia les permita a ustedes modelar de la mejor manera su vida de condiscípulos y de co-misioneros, llamados a salir hacia las periferias con el mensaje del gozo profundo que hace arder e inflama el corazón de ustedes.

(Greccio, 9/05/2017)