Subimos a la Verna porque queremos tocar las llagas de Cristo | Fiesta de los Estigmas 2018

El 16 de septiembre de 2018, la vigilia de la Fiesta de los Estigmas de S. Francisco, el Ministro general Fr. Michael A. Perry pronunció esta homilía durante la santa Misa celebrada para los jóvenes en la Verna.

 

En primer lugar, quiero agradecerles el haber aceptado la invitación de subir al Monte la Verna también este año. Tratemos de responder a lo que significa llegar a esta montaña santa ¿qué implicaciones concretas puede tener en nuestra vida el hacer semejante viaje?

Subir ala Verna es subir al Calvario, que es el lugar que presenció de uno de los eventos más importantes de la historia que la humanidad haya visto. Ciertamente es el lugar de la victoria sobre el pecado y la muerte, pero antes de eso, es el lugar del sufrimiento y la agonía, es el lugar de la muerte del inocente. Subimos a la Verna porque queremos tocar las heridas de Cristo con nuestras propias manos, es decir, lo que causa dolor, angustia, incertidumbre y, a menudo, desaliento y, por qué no, una sensación de fracaso. Subimos a esta montaña porque queremos entender la paradoja de que san Pablo nos ofrece en su carta cuando nos dice que la única gloria que nos pertenece es la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo.

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En un mundo donde la exclusión y la marginación están a la orden del día, debido que las mentalidades populistas y xenófobos están aumentando y el ambiente geopolítico es frágil, es urgente orientar nuestra mirada hacia el Cristo herido para combatir el fantasma del miedo que golpea nuestras puertas y nos impide acoger con solidaridad a los seres humanos que, por razones poco conocidas y en contra de su voluntad, han tenido que abandonar su patria para llegar a una nueva realidad.

Imaginemos que en lugar de las 177 personas que estaban en el barco el pasado 20 de agosto en Catania, hubiéramos sido nosotros los que hubiéramos sufrido la indiferencia del brazo de fierro político que no se conmueve antes el dolor que se lleva dentro. Imaginemos que hubiéramos sido nosotros los que hubiéramos sufrir el infierno del exilio acompañado de sumisión, explotación e incluso pérdida de la libertad. Seguramente escucharon que uno de los niños rescatados había estado en la oscuridad durante un año. Además, como si todo esto no fuera suficiente, les llevó 5 días desembarcar mientras el mundo entero observaba que la situación dentro del barco era cada vez más crítica. ¿Cómo nos hubiéramos sentido si hubiéramos sufrido todo esto? ¿Hubiéramos resistido? ¿Hubiéramos sobrevivido? Los invito en un acto de solidaridad a ponernos en el lugar de esas personas de tal manera que despierten en nosotros sentimientos de misericordia y compasión.

Queridos jóvenes, este es uno de los estigmas que hoy estamos invitados a reconocer en nuestro cuerpo. Parafraseando las palabras que san Pablo nos ha recordado en la primera lectura, no cuenta la circuncisión ni la no circuncisión, no cuenta ser de éste o de aquel país, ser europeos, estadounidenses o africanos, no formar parte de una comunidad económica robusta y sostenible, lo que cuenta es ser una nueva criatura. Sean ustedes, nuevas criaturas, hombres y mujeres que puedan abrazar con gran amor lo que el mundo quiere descartar, lo que se vuelve indeseable e incómodo.

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