¡Todo está cambiando! Dios nos está llamando a volver a las raíces de nuestra identidad

 

Homilía del Ministro general en la apertura del Capítulo de la Fundación Rusia-Kazajstán

¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometidos crímenes y delitos,  nos hemos rebelado, apartándonos de tus mandamientos y preceptos!  (Dn 9,4-5)

Queridos hermanos,

¡el Señor les dé su paz!

Iniciamos estos días de verificación, de conversión y renovación en el compromiso con el Señor Jesús escuchando el Libro del Profeta Daniel. Sin empantanarnos en aquello que se podría decir de su autor y el tiempo en que podría haber sido escrito, dejemos que el Libro mismo y su Profeta nos ayuden a centrarnos en tres momentos de la vida de cada creyente que nos puedan ser útiles para un itinerario espiritual aplicable a nuestra historia y a la de la Fundación.

En un primer momento el Profeta reconoce que Dios es el centro del universo y de nuestra vida. A pesar que otras muchas cosas reclamen esta centralidad, nosotros, como toda la comunidad de creyentes, podemos vivir fielmente y dando frutos  solo si reconocemos y celebramos a Dios y su gracia misericordiosa.

«¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal…» (Dn 9,4).

En la misma oración Daniel pasa a un segundo momento: la confesión del fracaso, tanto personal como colectivo. Daniel invita a todos los creyentes a reconocer que no siempre han sido fieles a la Alianza. A menudo se han rebelado con gestos pequeños o grandes a los preceptos de la Ley de Dios. A veces ha sucedido que un grupo grande abandonase la fe para abrazar las ideas religiosas y seculares de la cultura dominante. Otros creyentes, sin embargo, han seleccionado aquello que les convenía de la fe, haciendo una mezcla de cosas tomadas de la cultura dominante y poniendo en riesgo la propia integridad. Con el cambio de circunstancias históricas internas y externas a la comunidad de fieles, a gente ha perdido de vista la versión de los orígenes, una visión que debe de ser renovada y acogida de tal manera nueva en los periodos de grandes pruebas y de cambios rápidos. Muchos no han mantenido el espíritu de oración y devoción y, por lo tanto, han perdido la capacidad de leer los «signos de los tiempos» y de remodelar la propia vida de fe sin perder la propia integridad. Si un creyente no asegura firmemente la propia relación con Dios, termina por perderse. Y de los relatos bíblicos resulta claro que cuando las personas se pierden, empiezan por hacerse mutuamente pedazos, criticando cada aspecto de la vida. Se inicia, además, a perder el respeto en confrontación con la autoridad de servicio de la comunidad de fe, la cual ya no es capaz de imponerse.

Aquí se introduce el don de la palabra profética de Daniel. Todos debemos reconocer que este don no se le concede para ofrecer una nueva forma de predecir en detalle lo que podría suceder en el futuro cercano o lejano. Por el contrario, la profecía bíblica consiste básicamente en la recuperación de la identidad de la fe, en el recuperar el auténtico sentido de la verdadera identidad de Dios y de lo que Dios busca obrar en nuestras vidas, en la del mundo, de la Iglesia, de la Orden y de la Fundación. Se trata, sustancialmente, de reclamar y recuperar lo que le pertenece a Dios; se trata de discernir y comprender su amor y misericordia en cada momento de nuestra historia personal y colectiva. Es en este contexto, en el que entendemos mejor la oración de Daniel al Dios de la Alianza:

«Escucha ahora, Dios nuestro, la oración de tu siervo y sus súplicas, y por tu honor haz brillar tu rostro sobre tu santuario asolado, mi Señor. Ay, mi Señor, inclina tu oído y escúchame; abre los ojos y mira nuestra desolación y la ciudad que lleva tu nombre; pues, al presentar ante ti nuestras súplicas, no confiamos en nuestra justicia, sino en tu gran Misericordia» (Dan 9,17-18).

Los pecados del pueblo de Dios palidecen en comparación con el poder de su misericordia y de su amor.
¡Dios desea y quiere que despertemos
del sopor de nuestra situación estancada!
¡Dios desea y quiere que asumir la responsabilidad de nuestros fracasos!
¡Dios desea y quiere volver a Él con el corazón y la mente abierta!
Queridos hermanos, ésta es la invitación que Dios está tratando de llegar a cada uno de nosotros aquí reunidos estos días para el Capítulo.
No hemos venido para dar justificaciones de nuestras buenas intenciones,
para escuchar los informes y volver a nuestros lugares de misión en la Fundación
como si nada hubiera sucedido y cambiado.

¡TODO ESTÁ CAMBIANDO!
Dios nos llama a volver
a las raíces de nuestra identidad
y de nuestra vocación.
Y nos llama a hacerlo a través de una visión fresca
y con el corazón abierto y listo para agarrar las cosas nuevas
que Dios está tratando de hacer nacer en nosotros y a través de nosotros,
por el bien del mundo.

Con Daniel, pongámonos una vez más frente al Señor Dios,
sin permanecer atacados a nuestros proyectos o en nuestros puestos,
como si fueran nuestra propia propiedad personal.
Por el contrario, abramos nuestras mentes y nuestros corazones
a la santa operación del Espíritu de Dios,
buscando solo servir al Señor nuestro Dios
con todo el corazón, con toda la mente y con todas nuestras fuerzas,
en la bendición del sacramento de la fraternidad
que estamos llamados a compartir.