A través de la gracia de creer, la vida se renueva una vez más | Homilía del Ministro general para el Congreso Internacional de Formación y Estudios

El 12 de marzo de 2018, el Ministro general, fr. Michael Anthony Perry, compartió las siguientes palabras durante la Misa de apertura del Congreso Internacional de Formación y Estudios en la Curia General de Roma.

¡Queridos hermanos participantes en este Congreso Internacional de Formación y Estudios, el Señor les de la Paz!

En el Evangelio de san Juan, somos conducidos a la región de Galilea, donde Jesús fue reconocido y celebrado como un gran agente de cosas maravillosas que podía transformar lo malo y lo feo en bondad y belleza, amaestrando incluso las fuerzas malévolas de la naturaleza. Sin embargo, a pesar de todos sus poderes milagrosos, Jesús no pudo obligar a las personas que vinieron a escuchar sus palabras y ver sus acciones a abrazar la nueva visión de Dios que él estaba proponiendo; simplemente era demasiado radical y exigía demasiado cambio dentro de sus corazones y de sus vidas. No estaban preparados para emprender el arduo trabajo de desaprender lo que habían aprendido en sus familias, vecindarios y sinagogas, y permitir que Dios llevara a cabo dentro de ellos un proceso de ‘reestructuración’, de ‘revitalización’. Cuán miserable era el estado de sus vidas no importaba, pues cambiar, convertirse en algo nuevo y diferente no entraba en las posibilidades de muchos de los que seguían a Jesús a una cierta distancia.

Es maravilloso que ustedes, que están comprometidos con todos los estados de formación – Permanente e Inicial -, estén aquí en esta reunión donde “cambio” ES el orden del día. A menos que yo haya malentendido la Ratio formationis franciscanae; a menos que no haya podido ver lo que el documento Llamado a la Libertad trata sobre los desafíos relacionados con las propuestas de formación permanente; y a menos que no haya percibido dentro del documento Peregrinos y Extranjeros el llamado a empeñarse en una revolución de tipo Copernicano en la forma en que entendemos el vínculo vital e inseparable que existe entre nuestras vidas y las vidas de nuestros hermanos y hermanas que están subyugados en las cadenas de pobreza, marginación y explotación, las mismas cadenas que atan y despojan a nuestra pobre Madre Tierra de su vitalidad, dignidad y capacidad para sostener nuestro absurdo estilo de vida; entonces quizás sí he entendido algo de lo que se trata la experiencia formativa franciscana.

En el Evangelio de San Juan, encontramos a un padre que enfrenta los límites existenciales de su vida, la posibilidad de perder a su hijo amado. Él se acerca a Jesús para obtener un favor, una respuesta que transformará las condiciones de la enfermedad de su hijo y le abrirá una nueva posibilidad de vida. En el proceso, el funcionario que es parte de la estructura política represiva erigida y controlada por Herodes el Tetrarca, se encuentra cara a cara con Jesús, un detalle que no pasa desapercibido al evangelista Juan. Está claro que el funcionario no viene a pedirle a Jesús que demuestre sus poderes milagrosos para asombrar a la multitud. Este encuentro es absolutamente personal: el viene en nombre de su hijo moribundo. No tenía a dónde ni a quién más recurrir. Esto también es verdad en la vida de quienes vienen a la Orden en busca de una respuesta a lo que les quema en su interior; un sentido de pérdida; un sentir que Dios les está ofreciendo una nueva oportunidad y una nueva vida; o sencillamente el hecho de que experimentan un deseo de responder a un llamado impreciso y no claro para abrazar una nueva forma de vida que les dé la oportunidad de desempeñar una tarea, un rol en la configuración del mundo de una manera positiva, santa, sagrada.

Lo que es sorprendente en la historia del Evangelio es la sencilla aceptación por parte del funcionario de la corte de las palabras, de la promesa de Jesús de que, de hecho, su hijo ya está sano. El evangelista quiere que entremos en la experiencia de lo que significa ‘creer’, y comprendamos que, a través de esta gracia de creer, de confiar, ¡la vida se renueva una vez más!

Hermanos míos, la experiencia formativa franciscana, que perdura desde el día en que comenzamos nuestro “viaje vocacional” hasta el día que regresamos al Padre por medio de la hermana muerte, consiste en crear las condiciones necesarias para depositar toda nuestra confianza en Dios y para hacer posible que todos los hermanos de la Orden, todos los novicios, todos los postulantes y todos los aspirantes se encuentren cara a cara con Jesús; para que experimenten su amor y compasión; sientan su abrazo y aceptación; para abandonar nuestras vidas, colocándolas completamente en las manos de Dios. La experiencia formativa franciscana consiste en situarse cara a cara con la elección entre la muerte y la vida. Se trata de proveer las herramientas necesarias para que en todos los momentos de nuestra vida podamos continuar eligiendo la vida: vida en Dios; vida del uno con el otro; y vida para nuestros hermanos y hermanas y para nuestra Madre Tierra.

¡Dios está aquí! ¡El amor está cerca! ¡Empecemos!