“Una tinaja que no se vacía; una vasija que no se seca” | Homilía del Ministro general para la apertura del CPO

Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra. Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza…”(1Re 17, 14-16)

 

Mis queridos hermanos, ¡el Señor os dé la paz!

Es para nosotros motivo de inmensa alegría el reunirnos aquí, en esta capilla donde diariamente el pueblo de Dios, y muy especialmente las hermanas franciscanas que viven y trabajan aquí, reciben la confirmación de que el amor generoso de Dios es inagotable, y donde se renueva la promesa que, manteniéndonos fieles a la Alianza establecida por Dios con nosotros, nunca tendremos hambre o sed. ¡Nunca nuestras tinajas quedarán vacías ni nuestras vasijas se secarán!

La lectura del Libro de Reyes muestra un momento muy difícil en el ministerio profético de Elías, un hombre que denunció y desafió a la clase real y sacerdotal para que retornasen con humildad, autenticidad y esperanza a las raíces fundamentales de la Alianza. Cabe recordar que el hambre se sumó a la crisis en las regiones de los dos reinos divididos. La Alianza exigía que abandonaran todo aquello que no era de Dios: todo lo que no conducía a una vida auténtica basada en el amor a Dios y al prójimo.

Las exigencias de la Alianza también implicaban un necesario rechazo a aquellas estructuras y prácticas de naturaleza económica y política que estaban corrompidas por la avaricia y la acumulación, al punto de convertirlas en nuevas formas de idolatría, una “agenda política y religiosa” deseada por Jezabel, la reina. Dramáticamente, el pueblo de la Alianza había permitido el crecimiento de las ambiciones políticas y económicas, y el acomodamiento a prácticas religiosas y cultuales idólatras, sin tener un juicio crítico sobre lo que podría ser bueno o malo para su integridad humana y espiritual. Permitieron que el Dios de la Alianza fuera desplazado a la periferia, colocando a Baal al centro de su culto.Cada vez que el pueblo de la Alianza caía en esto, el tiempo de la crisis no se hacía esperar; las desigualdades sociales y la marginación tomaron la delantera, dando lugar a todas las formas de conflicto e injusticia imaginables, e incluso la misma naturaleza reaccionó con hambrunas y plagas.

Es justamente en medio de este panorama desfavorable para la fe del pueblo que el autor sagrado coloca el significativo encuentro entre Elías, el profeta de Dios, y la pobre viuda sin esperanza por su hijo moribundo. Elías, corriendo por su vida, conoce a una mujer que igualmente intenta salvar su vida y la de su hijo, ya que enfrentaron la muerte inminente por inanición. Tan desesperada era esta situación que había renunciado no solo a la posibilidad de vivir sino también a la promesa de Dios quien, según ella, ya no escuchaba sus llantos de piedad. Elías de algún modo la pone a prueba cuando le pide algo de beber y comer. Comprometida con los deberes sagrados de la hospitalidad, típica de la cultura del Medio Oriente en ese momento, ofreció las últimas migajas de pan, la última gota de aceite y la última taza de agua que poseía. Quizás esto simplemente confirmó lo que ella ya creía: ella y su hijo no vivirían para ver otro amanecer o atardecer. Pero en un giro de los acontecimientos, Elías le asegura que Dios nunca abandona a su gente. Dios está escuchando a aquellos que están abiertos para que un milagro ocurra en sus vidas, aquellos que están dispuestos a abandonarlo con tal de mantener a Dios al centro de sus vidas.

Esta historia, sin embargo, apunta a una realidad más amplia. Busca inspirar, volver a despertar y desafiar al pueblo entero para que regrese a Dios, el Dios de Abraham, Miriam, Isaac y Rebeca. El pueblo es llamado una vez más a abandonar las nuevas condiciones de esclavitud que ha creado, su nuevo Egipto, para volver a Dios, el que “te sacó de la tierra de la esclavitud”, para ir a la nueva tierra de libertad. Me viene a la memoria una canción contemporánea utilizada en nuestras liturgias católicas, que apunta al corazón del mensaje de las lecturas al comienzo de nuestro Consejo Plenario de la Orden:

“Caminamos por la fe y no por certezas; aun cuando no oigamos palabras llenas de gracia por parte de Aquél que habló como ninguno, creemos que está cerca.  Ayuda, oh Señor, nuestra incredulidad, y haz que nuestra fe sea grande, Llamarte cuando estás cerca y buscarte donde te encuentres”

 

Mis queridos hermanos, el mensaje de las Escrituras para cada uno de nosotros y para toda la Orden es contundente: si volvemos a Dios; si él vuelve a ser el centro de nuestras vidas, el centro de nuestras fraternidades y nuestra Orden, la misma promesa del profeta Elías será una realidad para nosotros: nuestras tinajas nunca estarán vacías, ¡nuestras vasijas nunca se secarán! Dios transformará nuestra desesperación, nuestras preocupaciones sobre el futuro de la Orden, la Iglesia y el mundo en una nueva canción de esperanza y en un renovado sentido de misión. ¡Ánimo, mis hermanos, porque Dios está aquí! ¡Empecemos!

Nairobi, Kenya
12 de junio de 2018