Vigilia de oración por la beatificación de Armida Barelli, terciaria franciscana

Por voluntad del Papa Francisco el día mañana, 30 de abril, Armida Barelli será proclamada Beata en la Catedral de Milán, en presencia del cardenal Marcello Semeraro, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Como preparación a la misa de beatificación, Fr. Massimo Fusarelli, Ministro General, presidió esta tarde una vigilia de oración en la Basílica de San Ambrosio.

 

Profesó en la Tercera Orden Franciscana el 2 de febrero de 1910, Armida Barelli nació en 1882 en el seno de una familia milanesa acomodada. Su encuentro con el padre Agostino Gemelli marcó el inicio de una colaboración de por vida, que la llevó a ser una de las más importantes figuras de referencia en el panorama cultural católico a principios del siglo XX.

En 1918, fundó los primeros círculos de la futura Juventud Femenina de Acción Católica en toda Italia, por encargo del Papa Benedicto XV. Siempre peregrinando por Italia, a la búsqueda de mujeres jóvenes que se unieran al movimiento de la Acción Católica, llegó a ser conocida como la “hermana mayor”. Armida Barelli era considerada la “hermana mayor” por antonomasia de todas la J.F.A.C. de Italia y así la llamaban espontáneamente incluso las personas que vivían y trabajaban con ella.

En 1921 formó parte del grupo de fundadores de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, institución en la cual también trabajó organizando conferencias, peregrinaciones, semanas de pureza, semanas sociales y actividades misioneras.

En 1949, enfermó de una parálisis bulbar, que la consumió hasta su muerte en 1952. Sus restos descansan en la cripta de la capilla de la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Milán.

 

Para acercarnos a la vida y al mensaje de esta mujer -a quien Fr. Massimo la define como “una milanesa todoterreno, profundamente arraigada en su tiempo y capaz de anticipar el futuro como pocos”- debemos partir de las palabras de San Francisco, las que inspiraron a Armida. Francisco ve en nosotros y en el mundo una “cantera” siempre abierta, habitada por el Misterio, si se ve con una mirada contemplativa. “Sin duda, Armida fue una formidable constructora en todos los sentidos de la palabra: de movimientos, de edificios y obras, de iniciativas incluso en tiempos oscuros de guerra, de ideas y sueños para el futuro, dijo el Ministro General en su homilía. Al mismo tiempo era una constructora de la interioridad, de su vida más profunda. Aquí estamos en el corazón de su existencia como mujer, como cristiana y como franciscana”.

 

“La oración de esta mujer laica permitió que su humanidad brillara y madurara al mismo tiempo. Este es el rasgo franciscano más sólido y permanente que encontramos en ella”, señaló Fr. Massimo. Armida fue una mujer de oración, que hizo “de su vida una oración y de la oración una acción transformadora en el mundo”, para que la semilla del Reino pudiera crecer en el mundo.

“Ser vigilante es la clave en esta búsqueda del Señor, como Armida lo aprendió vivamente de San Francisco, que en su tiempo estuvo en el centro de un redescubrimiento esencial y apasionado”, comentó el Ministro General. Con su forma «laica» de orar anticipa el futuro que sabe transformar el trabajo en una experiencia espiritual, sabe interpretar, en la actividad agotadora, en los viajes y encuentros fatigosos emprendidos por el Reino, una forma nueva pero no menos exigente de vivir la penitencia y el sacrificio.