Vocación misionera: la historia de Fray Pedro

Una vocación en la vocación, llegada después de más de veinte años de sacerdocio: esta es la historia de Fray Pedro Mechelli, un fraile italiano, originario de Orvieto, que a los 53 años decidió ser misionero de la Orden en Turquía. “Me ordene presbítero en 1994, dice Fray Pedro-. Viví en Umbría, realizando diversos servicios, hasta que me trasladé al Santuario de San Damián”. Fue durante su servicio en el santuario, un lugar tranquilo de espiritualidad como San Damián en Asís, donde Fray Pedro sintió el llamado a cambiar radicalmente su vida por segunda vez, después del primer llamado a ser fraile menor. “En diciembre de 2016, el responsable de las misiones de la Orden visitó nuestra fraternidad”, cuenta Fray Pedro. Yo no tenía que asistir para nada a este encuentro, ya que estaba ocupado con otras tareas, sin embargo, un hermano me insistió a estar presente Mientras escuchaba al fraile hablar de la vocación misionera, aunque ya tenía 53 años, sentí que hablaba por mí. Así nació en mí este deseo de entregarme para la misión  que necesitaba la Orden, Turquía. Tras meses de reflexión y discernimiento, Fray Pedro pudo entonces partir, sin descuidar la formación lingüística: para este tipo de destino, es necesario aprender inglés y luego turco.

“Me fui lleno de alegría y con mucho entusiasmo, pero ciertamente con preocupación por la lengua”, explica el fraile. Cada misión tiene un aspecto específico, pero comienza con el cuestionamiento de uno mismo. La primera forma de evangelización debe hacerse dentro del propio corazón para vivir una comunidad internacional de hermanos, y así fue para mí.

Tras pasar los primeros años en Estambul, Fray Pedro se encuentra ahora en Esmirna, donde, junto con otros franciscanos, se ocupa de dos parroquias. Es una realidad diferente y menos tradicionalista que la de Estambul, pero la presencia franciscana tiene la misma misión de diálogo y de compartir la vida de los lugareños. Entre los que frecuentan la parroquia hay muchos inmigrantes de diferentes países del mundo, trabajadores europeos o locales. “Nosotros, frailes, estamos entre la gente, recibimos a la gente en la iglesia, dedicamos tiempo a las visitas, que a menudo son de turistas musulmanes”, continúa Pedro. En Turquía, somos un puente entre católicos y el mundo musulmán, empezando por quienes se encuentran en la calle o en la iglesia, y terminando por las autoridades, como los imanes. “Igualmente estamos dentro el diálogo ecuménico”.

Fray Pedro recuerda bien su primer encuentro significativo al llegar a Turquía: “Una vez, en la calle, me detuvo un joven para pedirme un cigarrillo y luego me preguntó si era cristiano. Era la primera vez que alguien me hacía una pregunta tan directa y tuve que dar mi testimonio de ser cristiano y ser sacerdote. Entonces me preguntó qué significaba ser católico y quedarse a hablar conmigo”. A pesar de las dificultades de vivir como minoría en un país abrumadoramente musulmán, Fray Pedro tiene clara la misión de los friales. “Buscamos compartir momentos de reflexión, encuentro con la toda la gente ya partir de ahí podremos compartir nuestra fe”. Una constante en la vida de los franciscanos en Turquía, sin embargo, debe ser una intensa vida de oración y una auténtica vida fraterna, afirma el fraile. “Una de las gracias de esta misión en Turquía es estar en una comunidad internacional”, dijo Fray Pedro, “porque es bonito poder compartir un trozo de mi vida religiosa con personas diferentes a mí, que amplían mi mente y me hacen respirar la grandeza de la familia franciscana”.

B.G.