Este año la Fiesta de Todos los Santos de la Familia Franciscana coincide con el 800 aniversario de la aprobación de la Regla bulada de la Orden a manos de Honorio III. «Sus santos hijos – leemos en el Misal Seráfico – de la primera, segunda y tercera Orden, pertenecen a todas las condiciones sociales y a todos los pueblos. Hay mártires, doctores, sacerdotes, hermanos religiosos, laicos, vírgenes, santas mujeres.... Una inmensa multitud congregada en torno al gran Poverello, “portadora del signo de Dios vivo”».
800 años en los que tantas mujeres y hombres han compartido y vivido el proyecto de Francisco, acogiendo a Dios sin reservas, observando el Evangelio en obediencia, sin nada propio y en castidad, transformándose en personas capaces de amar generosamente al prójimo.
San Buenaventura escribe en su “Apologia pauperum”, tras una breve explicación de las Bienaventuranzas
«[...] Francisco, patriarca de los pobres, que propone al inicio de su Regla las tres piedras angulares de la vida religiosa: “La Regla de los Hermanos Menores consiste en poner en práctica el Santo Evangelio de Jesucristo, viviendo en obediencia, pobreza y castidad”. Y a continuación recomienda otras tres cosas, que integran y en cierto modo completan las anteriores: “Reflexionen los hermanos que deben desear más que nada poseer el espíritu del Señor y obrar según su santa voluntad; que deben saber orar a Dios con corazón puro y poseer humildad y paciencia en las tribulaciones y en la enfermedad; que deben tener especial predilección por los que nos persiguen, desprecian e insultan”.
Con esta admonición, Francisco propone en primer lugar la elevación de toda acción en Dios; luego recomienda la aceptación gozosa de todas las tribulaciones y la caridad exquisita y activa hacia el prójimo.
De este modo, el hombre perfecto con los tres votos se crucifica al mundo y con las tres recomendaciones sucesivas se conforma a Dios, para que con las seis alas seráficas se desprenda para siempre de las cosas de este mundo y penetre en lo divino.
Fue cosa digna que Cristo, en la aparición seráfica, imprimiera sus estigmas, como sello de confirmación y autenticidad, en la sagrada carne de este Poverello, que observó y enseñó la perfección evangélica en la forma más genuina, para que, en la niebla peligrosa de los últimos tiempos, se nos ofreciera una señal clara que iluminara el camino de la perfección. A condición, sin embargo, de que aprendamos a no desear lo que da honor y prestigio, sino a preferir las cosas humildes y ocultas».
En virtud de nuestro bautismo, todos estamos llamados a la santidad, como nos recuerda el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”; siguiendo las huellas de Francisco, Clara y todos los santos franciscanos, dejemos que el Espíritu Santo nos guíe en nuestro tiempo y transforme todo lo que parece ordinario, o a veces desechable, en algo extraordinario y precioso a los ojos de Dios y del prójimo.
¡Feliz fiesta a todos!