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Centenario luctuoso de la venerable Margaret Sinclair, clarisa

“Una de las pequeñas de Dios”

25 Noviembre 2025

“Margaret podría describirse como una de las pequeñas de Dios que, gracias a su extrema sencillez, fue tocada por Dios con la fuerza de la verdadera santidad de vida, ya fuera como niña, joven, aprendiz, obrera, miembro de un sindicato o hermana profesada en la religión”.

Estas palabras de San Juan Pablo II fueron pronunciadas en Edimburgo durante su visita pastoral a Gran Bretaña en 1982; en su discurso se refirió a una joven clarisa escocesa, Margaret Sinclair, que en el monasterio tomó el nombre de sor María Francisca de las Cinco Llagas y que murió de tuberculosis pocos meses después de su primera profesión religiosa. Como los pequeños de Dios, no hizo ruido, pero su testimonio de vida y fe sigue iluminando a la Iglesia. Su causa de beatificación se inició en 1942 y la devoción por ella se extendió rápidamente por toda Escocia y más allá; en 1965 se creó en Rosewell el Centro Nacional que fue dedicado a ella. El 6 de febrero de 1978, el papa Pablo VI reconoció sus virtudes heroicas y le concedió el título de Venerable. Cada año, muchos peregrinos veneran su tumba en la iglesia de San Patricio en Edimburgo, donde han abierto un santuario y un pequeño museo para preservar su memoria.

Nacida en 1900 en Edimburgo, en el seno de una familia numerosa y pobre, Margaret creció en la fe católica. Estudiosa y generosa, ayudaba en casa y rezaba con devoción; le gustaba divertirse, aun así, dedicaba su corazón a la caridad y la espiritualidad, inspirada por el “pequeño camino” de santa Teresa de Lisieux. Tenía una confianza especial en el poder del Santo Nombre de Jesús: cuando se sentía tentada, repetía su nombre diez veces y la tentación la abandonaba. Durante su último año de colegio, aceptó un trabajo a tiempo parcial para ayudar a mantener a sus hermanos menores. El poco dinero que guardaba lo entregaba casi siempre a las misiones o a los pobres que encontraba en la calle.

Cuando era adolescente, Margaret comenzó a trabajar en una fábrica para mantener a su familia y a su madre enferma. A pesar del duro entorno, conservó su fe y su pureza, rezando a diario y dando testimonio cristiano. Era respetada en el trabajo; conoció a un joven, Patrick, al que ayudó a redescubrir su fe: él le pidió matrimonio, pero ella lo rechazó, deseando consagrarse a Dios.

Margaret deseaba unirse a las Clarisas a pesar de la dureza de su estilo de vida. En 1923 ingresó en el monasterio de Notting Hill como sor María Francisca de las Cinco Llagas, enfrentándose a la desconfianza y las dificultades, pero distinguiéndose por su humildad y dedicación. Siendo novicia, sirvió como “hermana externa”, encargada de pedir comida y dinero para el convento. Un día, en un autobús, se sentó junto a una mujer que tosía violentamente, mostrando una grave enfermedad; Margaret decidió quedarse con ella. Poco después, en febrero de 1925, tras profesar sus primeros votos, enfermó gravemente de tuberculosis.

Plenamente consciente de la gravedad de su enfermedad Margarita irradiaba una alegría y una serenidad inquebrantables en medio del sufrimiento, hasta tal punto que el personal de enfermería se sintió profundamente conmovido. Una vez, tras un día de dolor agudo, sonrió con valentía y susurró: “Oh, ha sido un día glorioso, un día de sufrimiento. Si pudiera salvar, aunque fuera una sola alma para Jesús, habría valido la pena”. Su extraordinaria fuerza interior impresionó a todos los que la vieron durante sus siete meses de enfermedad.

El 24 de noviembre de 1925, Margaret murió con el nombre de Jesús en los labios. Sus últimas palabras fueron: “Jesús, María y José, les entrego mi corazón y mi alma”. Su cuerpo fue trasladado al convento de las Clarisas para el funeral y enterrado en Kensal Green, al noroeste de Londres. En diciembre de 1927, su cuerpo fue trasladado al cementerio de Mount Vernon en Edimburgo y, más tarde, el 25 de octubre de 2003, a la Capilla de la Resurrección de la iglesia de San Patricio.

Margaret Sinclair sigue siendo un signo luminoso de santidad cotidiana: una joven del pueblo que, de forma sencilla y discreta, vivió el Evangelio de manera radical en las circunstancias ordinarias del trabajo, la familia y la vida claustral. Su carisma es el de los “pequeños de Dios”: una fe serena y gozosa, capaz de transformar el cansancio y el sufrimiento en una ofrenda de amor, que sigue inspirando a los fieles y atrayendo a los peregrinos a su santuario en Edimburgo.

Hermana Mariachiara Bosco, OSC

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