El 2 de febrero de 2026, fiesta de la Presentación del Señor, el Papa León XIV presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro para celebrar la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En su homilía, el Santo Padre exhortó a religiosos y religiosas a ser mensajeros que anuncian la presencia del Señor y preparan su camino, recordando las palabras del Papa Francisco: "Despierten al mundo, porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía".
El Pontífice reflexionó sobre el Evangelio de la Presentación de Jesús en el Templo (Lc 2,22-40), destacando el encuentro entre dos movimientos de amor: el de Dios que viene a salvar al hombre y el del hombre que espera con fe vigilante su venida. "A pocos pasos del Santo de los Santos, la Fuente de la luz se ofrece como lámpara para el mundo y el Infinito se dona a lo finito, de un modo tan humilde que pasa casi inadvertido", afirmó.
El Papa León XIV recordó el testimonio de los fundadores y fundadoras, que "dóciles a la acción del Espíritu Santo, dejaron modelos maravillosos de cómo vivir de manera concreta este mandato". En continua tensión entre la tierra y el Cielo, se lanzaron al silencio de los claustros, a los desafíos del apostolado, a la enseñanza, a la miseria de las calles y a las fatigas de la misión, haciéndose "signo de contradicción", a veces hasta el martirio.
En una sociedad donde fe y vida parecen alejarse cada vez más, el Santo Padre invitó a los consagrados a testimoniar "que el joven, el anciano, el pobre, el enfermo, el encarcelado, tienen, ante todo, un lugar sagrado propio en el Altar y en el Corazón de Dios, y que, al mismo tiempo, cada uno de ellos es santuario inviolable de su presencia". Destacó especialmente los numerosos "cuarteles de Evangelio" que muchas comunidades mantienen en contextos exigentes, incluso en medio de conflictos, permaneciendo como signo elocuente de la sacralidad inviolable de la vida.
El Papa también reflexionó sobre la oración de Simeón, resaltando que la vida religiosa enseña "la inseparabilidad entre el cuidado más auténtico por las realidades terrenas y la esperanza amorosa en las eternas". Los consagrados, con los pies bien plantados en la tierra pero constantemente orientados a los bienes eternos, pueden mostrar al mundo "el camino para superar los conflictos y sembrar fraternidad".
"Queridas consagradas y queridos consagrados, la Iglesia hoy da gracias al Señor y a ustedes por su presencia, y los anima a ser, allí donde la Providencia los envíe, fermento de paz y signo de esperanza", concluyó el Santo Padre, confiando la obra de los religiosos a la intercesión de María Santísima y de todos los santos fundadores y fundadoras.
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