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En opinión de Fr. Massimo – Enero 2026

Peregrinos de una esperanza que no defrauda (Rom 5,5)

31 Enero 2026

El 10 de enero de 2026, al concluir el Jubileo de la Esperanza, se abrió el Año de San Francisco en el octavo centenario de su tránsito. La esperanza del Jubileo se transforma ahora, como señala el Decreto de la Penitenciaría Apostólica que anuncia el Año de San Francisco, “en celo y fervor de caridad activa”.
Durante estos próximos doce meses quiero exponer en este artículo mensual otros tantos elementos útiles para animar el Año de Francisco, de modo que junto a la dimensión celebrativa-litúrgica-sacramental, estemos atentos a sembrar signos y caminos de transformación personal, comunitaria y social.

Del 2 al 9 de enero, visité a nuestros hermanos de Pakistán, me reuní con aldeas habitadas por tribus muy pobres. Sin embargo, allí mismo respiré auténtica alegría, cálida hospitalidad, una generosidad que no se calcula. Me hospedaron en casas pobres como a uno de ellos. Me ofrecieron lo poco que tenían con sonrisas que se me quedaron grabadas.
Celebre la Eucaristía con comunidades cristianas que son una ferviente minoría en un país islámico. Su fe es una arriesgada elección diaria. Oran con una intensidad que cuestiona. Cantan con una alegría que viene de lo más profundo. 
Lo que he visto no es una invitación al romanticismo de la pobreza. Las condiciones por transformar siguen siendo urgentes: agua, educación, salud, trabajo digno, justicia social. Nuestros hermanos trabajan en ello y es una parte esencial de la misión.

Pero hay algo más allá: la esperanza que viene de la fe en Cristo e ilumina la pobreza desde dentro. No es una esperanza genérica, sino la certeza arraigada en el corazón de que Dios no abandona a sus hijos. Es la misma esperanza que animaba a Francisco cuando se despojaba de todo.
Esta esperanza no niega el sufrimiento, mas bien lo atraviesa. No esconde las lágrimas, al contrario, las transforma. No cierra los ojos ante la injusticia, sino que halla la fuerza para resistir y construir. Es esa “esperanza que no defrauda” (Rom 5,5).

El decreto del Jubileo nos recuerda que nuestro tiempo “no es muy diferente de aquel en el que vivió Francisco”. El Año de Francisco nos pide que pasemos de ser peregrinos de la esperanza a ser testigos del “celo y el fervor de caridad activa”. No es suficiente haber caminado hacia las puertas santas. Ahora estamos llamados a vivir esa esperanza transformándola en gestos concretos.
Los cristianos de Pakistán, ferviente minoría en tierras musulmanas, nos recuerdan que la fe no se vive cuando conviene, sino cuando cuesta. Su alegría en la pobreza, su generosidad en la indigencia, su esperanza en la inseguridad son el verdadero memorial vivo de Francisco.

Al comenzar este Año, me pregunto: ¿en qué esperanza vivimos? ¿Cómo podemos mantenerla viva? ¿Qué pasos concretos podemos dar para “apartarnos de todo pecado”, es decir, de nuestro yo voraz y centralizador, para volvernos a Cristo y con él a los que encontramos en el camino?

El Año de Francisco, ochocientos años después de su muerte, puede convertirse en un año de conversión, en el que aprendamos de los pobres lo que significa esperar contra toda esperanza, en el que nuestra vida fraterna se convierta en testimonio de que la esperanza cristiana “no defrauda”.

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Centenario Franciscano Ministro General
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Fr. Massimo Fusarelli En opinión de Fray Massimo
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