En los últimos dos meses no he podido viajar, así que me he mantenido en contacto por teléfono y mensajes, sobre todo con los hermanos que están en Ucrania, Siria, el este de la República Democrática del Congo (Goma y Bukavu), Colombia y Myanmar, después del tremendo terremoto de marzo. También he podido hablar con varios hermanos en los Capítulos de algunas Provincias y Custodias.
He pensado bastante que, en realidades como estas, estamos llamados a crecer como peregrinos de esperanza, no como faros solitarios.
Pienso en los hermanos de las dos Entidades en Ucrania que están con su gente y sufren por tener familiares y amigos en el frente. A pesar de todo, siguen celebrando la liturgia, repartiendo ayuda humanitaria y acompañando espiritualmente a quienes viven el drama del conflicto.
En Siria, los frailes han vivido con la gente todas las tensiones de este tiempo y no han dejado de apoyar la vida y la esperanza de los que se quedan. Sus comunidades se han convertido en lugares donde muchos encuentran no solo ayuda material, como comida y medicinas, sino también acogida y alguien que los escucha.
Esto mismo ocurre en el Congo, donde entre Goma y Bukavu cunde la incertidumbre. En la casa del Postulantado de Bukavu, los frailes y los postulantes fueron agredidos durante un robo. Escucharlos fue muy duro para mí. Lo que más me impactó fue su capacidad para transformar esta dolorosa experiencia en una oportunidad para empezar de nuevo. Los jóvenes postulantes, aunque conmocionados por lo sucedido, han encontrado en la oración común y en el diálogo fraterno la fuerza para no rendirse.
En Myanmar, los frailes se encuentran bien, lejos del epicentro del terremoto, y están trabajando juntos para ayudar a las personas afectadas por el sismo. En condiciones logísticas muchas veces imposibles, están tratando de llevar no solo bienes de primera necesidad, sino también ese acercamiento humano que devuelve la dignidad a quienes lo han perdido todo.
En Colombia, los frailes de la Provincia de San Pablo han estado presentes durante el mes de enero entre los refugiados internos a raíz de los disturbios y la violencia que se han producido en el noreste del país, en la frontera con Venezuela, y que han provocado miles de refugiados. Tres frailes son peregrinos entre estas personas y las acompañan en su camino en este momento tan difícil.
Algunos Capítulos provinciales están llamados a tomar decisiones difíciles, y, sin embargo, poco a poco crece el sentido de caminar juntos por el bien común. He podido constatar cómo la disminución numérica en algunas zonas históricas de nuestra presencia está reforzando, paradójicamente, la conciencia de que solo unidos y con visiones nuevas podemos afrontar los desafíos de nuestro tiempo.
Esta época nos está enseñando que ser peregrinos de la esperanza significa sobre todo reconocer nuestra interdependencia. No estamos llamados a ser faros solitarios que brillan en la oscuridad, sino más bien una constelación de luces que, con su humilde presencia, iluminan el camino de muchos. Nuestra fuerza no reside en el heroísmo individual, sino en el testimonio comunitario, que no quiere deslumbrar con grandes proyectos, sino iluminar con una presencia constante, paciente y amorosa allí donde parece prevalecer la oscuridad.