En Camboya, el pasado febrero, serví la comida a personas a las que el sistema social no admite en la mesa común. Se mantenían aparte, al margen, esperando a que los demás terminaran. Mientras les servía la comida, nuestras miradas se cruzaron. Ninguna palabra. No hacía falta. En ese gesto mínimo —un plato, una mirada— percibí una presencia: el Evangelio que se anuncia ante todo así, antes que con palabras.
Esa Iglesia camboyana ha conocido la destrucción y el renacimiento. En los años de los Jemeres Rojos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles fueron asesinados y los templos derribados. Hoy la comunidad vuelve a nacer, guiada por catequistas locales y por una fe reconstruida en una generación. Parecen los Hechos de los Apóstoles: comunidades pequeñas y vivas, que irradian el Evangelio sin buscar el número.
No es un caso aislado. En enero, en un barrio pobre de Pakistán, celebré la Eucaristía entre cristianos que son minoría en tierra musulmana. Allí la fe es una opción que cuesta cada día, expuesta y sin garantías. Y, sin embargo, en medio de la tensión encontré una alegría que interpela: cantaban, oraban, me acogían ofreciendo lo poco que tenían. En Papúa Nueva Guinea, entre fieles pobrísimos, la fe es esperanza; en Corea del Sur, una Iglesia más estructurada afronta el cambio generacional. Asia aparece como un laboratorio.
Es en este continente donde en 2027 celebraremos el Capítulo general, por primera vez en Asia. Muchos me preguntan por qué Vietnam. Sorpresa, a veces temor: el clima, la distancia, las diferencias. Pero precisamente la pregunta ya es un fruto. Una sede habitual no la habría provocado.
Estamos acostumbrados, sobre todo en las Provincias más antiguas, a pensar la fraternidad dentro de los mapas que conocemos. Quien nunca ha entrado en otra cultura difícilmente da el paso, difícilmente sale de sí mismo. No se trata de volverse cosmopolitas, sino de dejarse interpelar. Una lengua distinta, una Iglesia distinta, una forma franciscana distinta pueden ensanchar la medida con que miramos nuestra propia vocación. Dejarse inquietar es ya un comienzo.
Celebrar el Capítulo general en Asia significa abrir una ventana. Reunirnos y discernir juntos quién guiará la Orden tendrá otro sabor fuera de los horizontes en que hemos crecido. Allí donde la Iglesia vive entre muchas religiones, la evangelización —nudo de nuestro tiempo— se deja ver de un modo nuevo. Y quizá, después de Asia, llegará África: algunas visitas recientes me lo han hecho intuir.
Escribo desde Croacia, ante unas cascadas que la sequía ha reducido a un tercio de su caudal. Falta el agua. Un signo, entre tantos, de un tiempo que cambia.
Y me pregunto por dónde corre hoy el agua viva, y si sabemos aún reconocerla. Tal vez sea este el sentido del Capítulo general en Vietnam: no solo decidir, sino advertir dónde el Espíritu sigue haciendo nacer vida.