El aroma del incienso te envuelve incluso antes de cruzar el umbral. En los templos budistas que he visitado estos últimos meses en Asia, monjes vestidos con túnicas de color azafrán o marrón recitan antiguas fórmulas con una concentración que invita a la reflexión. Afuera, la vida transcurre entre mercados abarrotados, motos y arrozales. Aquí, el budismo no es una elección: es el aire que se respira, la lengua con la que un pueblo lleva 2500 años interpretando el mundo, el dolor, la esperanza.
En Camboya, en los años 70, la Iglesia fue literalmente borrada. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos asesinados o desaparecidos, edificios arrasados. No quedó nada, salvo unos pocos y escasos cristianos. Sin embargo, al caminar hoy entre las comunidades camboyanas, he encontrado una Iglesia que renace con raíces sorprendentemente locales. Rostros jemeres y descendientes de vietnamitas animan las celebraciones, catequistas locales guían pequeñas comunidades con una fe fresca, jóvenes religiosas y frailes llevan a cabo obras educativas muy importantes con una dedicación conmovedora. La vida es más fuerte que la destrucción.
Sin embargo, la pregunta apremiante es: ¿Cómo vivir y anunciar el Evangelio donde una cosmovisión tan antigua y coherente moldea todos los aspectos de la existencia? El cristianismo se percibe aquí como algo ajeno, “occidental”. Hay una especie de impermeabilidad histórica que resiste a los métodos habituales.
Y aquí está el descubrimiento que me sorprendió. El budismo vive la compasión como un valor central: karuṇā, es como lo llaman, esa capacidad de sentir el sufrimiento del otro como propio. Cuando los budistas ven a los cristianos que practican concretamente esta misma compasión —entre los enfermos, los pobres, los niños abandonados— algo se abre en sus ojos.
He conocido a niños huérfanos, por ejemplo, y a algunos con autismo: acogidos y atendidos, encuentran un hogar y una familia con nosotros. No es un razonamiento teológico: es un reconocimiento. “Ustedes viven lo que también nosotros buscamos”. En Singapur y en otros lugares he visto cómo este testimonio silencioso tiende puentes muy sólidos, crea confianza, abre caminos insospechados hacia la fe.
Francisco lo intuyó: fue al sultán no con argumentos, sino con su presencia desarmada. Nuestro carisma nos pide ante todo estar presentes, como levadura evangélica, sin prisas, dispuestos a hablar “cuando le plazca al Señor”, en armonía con todos, con paciencia para los tiempos largos, actuando como un “nosotros” y no como individuos aislados.
Después de todo, la visión taoísta que impregna esta parte del mundo también mueve a nuestros cristianos hacia esta sabiduría. No es resignación: es la sabiduría de la semilla que trabaja en el silencio de la tierra.
La Asia budista nos ofrece en este Año de Francisco una lección valiosa y sorprendente: no estamos llamados a convencer, sino a vivir el Evangelio con tal intensidad que su luz se haga visible. La karuṇā budista y el ágape cristiano se miran, se reconocen, se interrogan. En ese espacio se abre un diálogo que ningún libro de teología podría generar.
Sigan sembrando. El Señor hará crecer, en el tiempo y de la manera que Él quiera.