Mientras continúa nuestro camino como “peregrinos de la esperanza” en este año jubilar, encuentro algunos pasos en los encuentros vividos durante este tiempo.
Mi visita a Zara, en Croacia, después de la Pascua, representó un momento significativo de este camino. La antigua Provincia de San Jerónimo, ahora convertida en Custodia dependiente, se está abriendo con inquietud y valentía a un nuevo futuro. He podido comprobar cómo los hermanos, a pesar de la humildad en número y recursos, están viviendo este pasaje no como una derrota, sino como una oportunidad para redescubrir lo esencial de nuestro carisma. Su testimonio nos recuerda que ser “menores” significa también saber acoger los cambios con confianza, reconociendo en ellos no un obstáculo, sino una posibilidad de renovación. Lo mismo viví con los frailes menores del norte de Italia en una jornada en Verona, donde nos preguntamos qué situaciones debemos soltar para vivir un camino más evangélico en este tiempo.
En seguida, el extraordinario encuentro con casi mil jóvenes en Taormina. Les invité a vivir en la esperanza, a mirar al futuro con los pies firmemente plantados en la realidad de su tierra, con todas sus riquezas y desafíos. Vi en sus ojos la capacidad de soñar sin huir de la realidad, de imaginar un mañana diferente sin olvidar sus raíces. En una zona como Sicilia, marcada por las contradicciones pero también por un enorme potencial, estos jóvenes representan un signo concreto de esa esperanza que no defrauda.
Durante el encuentro internacional de hermanos laicos de la Orden en la Porciúncula respiramos todos juntos la belleza de la vocación franciscana, que va más allá de la simple distinción entre hermanos laicos y sacerdotes para abrazar un modelo de unidad diferenciada. Hermanos laicos y ordenados comparten la misma misión, la de evangelizar con la palabra, las obras y la simple presencia. En una época en la que las diferencias corren a menudo el riesgo de convertirse en divisiones, hemos redescubierto cómo es posible articular la unidad y la diversidad entre nosotros.
En los encuentros del mes de mayo entre el Definitorio General con los nuevos Ministros y Custodios, me esforcé por reconocer el hilo rojo de la esperanza, incluso en las situaciones difíciles que pude escuchar, tanto personales como fraternas. Vi como incluso en contextos de crisis y abandono, al igual que de paso y cambio, es posible no renunciar a la esperanza, siempre y cuando permanezcamos juntos, unidos.
La elección del “Señor Papa” León XIV nos hizo respirar la presencia fiel del Señor Resucitado en medio de su pueblo con el anuncio de la paz y la esperanza, en la continuidad de la fe.
En estos pasajes, percibí una vez más la riqueza de nuestra familia en el camino más grande de la Iglesia. Una riqueza que no reside en las obras ni en las estructuras, sino en la capacidad de caminar juntos como peregrinos, apoyándonos en las dificultades y compartiendo las alegrías, mirando profundamente nuestro tiempo, sin miedo y sin olvidar el horizonte del Reino de Dios que nos abre al futuro.