Hay una carta de Francisco que sigue interrogándome. Escrita a un ministro en apuros con un hermano que había obrado mal, contiene una frase que no deja de sorprender: «que no haya ningún fraile en el mundo, que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, nunca se retire sin tu misericordia».
Me vienen a la mente algunas visitas durante estos años. No tanto por las grandes tensiones como por las pequeñas fracturas cotidianas de las fraternidades: divisiones por grupos, etnias, culturas y generaciones. Diferencias que a menudo no se mencionan, pero que pesan en la convivencia, en la colaboración, en el comprenderse de verdad.
He conocido fraternidades que han empezado a hacer algo sencillo y valiente: reconocer sus fracturas, llamarlas por su nombre, hablar de ellas juntos. A veces dejándose a ayudar por alguien. No es poco. Es el primer paso para atravesar un conflicto en lugar de sufrirlo. Allí donde ocurre, algo se mueve. La fraternidad vuelve a respirar.
También hay situaciones más duras. Hermanos que han cometido errores, a veces graves, y han roto la comunión de una manera fuerte. He visto a ministros y hermanos acompañarles, no para encubrir, no para minimizar, sino para no dejarles atascados en el error. Para abrir un camino más allá de la ruptura.
Entre estas situaciones, algunas requieren una particular delicadeza y firmeza al mismo tiempo. Cuando un hermano ha cometido abusos de diversa índole, hay que cumplir plenamente lo que exige la justicia civil y eclesial: ésta es la primera forma de verdad y de respeto, en primer lugar hacia las víctimas, a quienes corresponde el primer puesto en nuestra atención. Solo después, y nunca en lugar de este paso necesario, he visto abrirse, en algunos casos, un camino de renovada acogida en la fraternidad. Algunos hermanos me han compartido itinerarios largos, asumidos por ambas partes, marcados por la verdad, el acompañamiento y la posibilidad de una reparación. No ignoro el esfuerzo y la fatiga que este proceso comporta. Se hace posible únicamente cuando está sostenido por una confianza profunda en que Dios, en su misericordia, sigue preparando un camino de conversión también para estos hermanos.
En todo esto, la carta de Francisco sigue siendo una luz exigente. No nos pide ingenuidad ni indulgencia fácil. Nos pide no ser nosotros quienes cerremos la puerta. Incluso cuando —y precisamente cuando— la justicia ha seguido y está siguiendo su curso, quedan los ojos del ministro, quedan los ojos de los hermanos, en los que otro hermano debe poder encontrar todavía la posibilidad de un camino.
En este Año de Francisco, me pregunto: ¿cómo viven concretamente el perdón nuestras fraternidades? ¿Sabemos nombrar nuestras dificultades en las relaciones, o dejamos que se acumulen en silencios que terminan convirtiéndose en muros? ¿Acompañamos a quien ha obrado mal, sin confundir la misericordia con la omisión? ¿Y custodiamos, con el mismo cuidado, las heridas de quienes han sufrido? El perdón evangélico no es un acto aislado. Es una gramática cotidiana, exigente y frágil. Es lo que nos mantiene como hermanos, y no simples compañeros bajo el mismo techo. Francisco lo sabía. También nosotros, hoy, necesitamos reaprenderlo.