Benito nació el año de 1524 en San Fratello, Sicilia (Italia). Sus padres fueron José Cristóbal y Diana Larcari, que decendian de esclavos deportados de Etiopía y pertenecían a terrateniente llamado Manassari, que les dio el nombre. Ellos decidieron no tener hijos para no crear más esclavos como ellos, sin embargo su amo les prometió que su primogénito seriá libre. Y así fue: Benito ayudaba a mantener a su familia cuidando el rebaño de su patrón, servicio que no le impidió progresar en las virtudes cristianas, hasta el punto de que desde entonces se le llama “el Santo moro”. A menudo se burlaban de él por el color moreno de su piel y el origen servil de su familia, pero lo soportaba todo con gran paciencia y humildad.
A los 21 años conoció a Girolamo Lanza, un hombre rico y noble que había dejado familia y riqueza para consagrarse al Señor en el Eremitorio de Santa Dominica, cerca de San Fratello. Éste le invitó, diciendo: “Bendito, ¿qué haces? Vende los bueyes y ven”. En esa invitación oyó la voz de Jesús que le llamaba, comunicó a sus padres su decisión, vendió los bueyes distribuyendo el dinero entre los pobres y siguió la invitación de Lanza.
En el eremitorio de Santa Dominica, la vida eremítica había sido permitida en 1550 por el papa Julio II; los religiosos que la abrazaban, además de la regla de san Francisco de Asís, debían observar un cuarto voto que les obligaba a una rigurosa vida cuaresmal ayunando tres veces por semana y viviendo en soledad y oración. Sin embargo, la institución era inestable, por lo que Benito, que ya había pasado 17 años en la vida eremítica, tras un cuidadoso discernimiento y una larga oración a la Virgen Madre de Dios, llamó humildemente al convento de los Hermanos Menores de Santa María de Jesús en Palermo, fundado por el beato Mateo de Agrigento.
Fue recibido con benevolencia y le confiaron los serivicios más humildes, los cuales realizó en beneficio de la comunidad y de los pobres. Durante mucho tiempo prestó su servicio como cocinero, oficio que desempeñaba con tal espíritu de sacrificio, alegría sobrenatural y caridad seráfica que no podia ocultar la santidad por la que también se le atribuian milagros.
Teniendo una gran estima y admiración, en 1578, a pesar de ser un simple fraile y analfabeto, fue nombrado Guardián de la comunidad. Posteriormente, gracias a su conocimiento instintivo y casi infuso de las Escrituras y las cuestiones teológicas, también fue nombrado maestro de novicios.
Estaba siempre a disposición de todos con sencillez y humildad; sacerdotes y hermanos suyos recurrían a él para ser iluminados en la fe o instruidos en la vivencia de su estado o según la Regla franciscana.
Su fama de santo y taumaturgo se extendió por toda la isla de Sicilia y ya no pudo evitar las expectativas de la gente y disfrutar de la soledad deseada; los procesos de canonización demuestran que él realizo un gran número de prodigiosas sanaciones.
En febrero de 1589 cayó enfermo. Murió a las 19 horas del martes de Pascua, 4 de abril de 1589.
Su culto se extendió desde Sicilia hacia la península itálica, España, Europa, América y recientemente a África, con el nombre de “Benito de Palermo” o “São Benedito Preto”; en Nueva York se construyó una iglesia en el centro de Manhattan en su honor. El Senado de Palermo lo eligió Copatrón de la ciudad en 1712.
Benedicto XIV reconoció su culto el 15 de mayo de 1743, Pío VII lo canonizó el 24 de mayo de 1807.
En el V Centenario del nacimiento de San Benito de Palermo y con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, el Ministro general de la Orden de los Hermanos Menores, Fr. Massimo Fusarelli, dedicó una Carta a la vida del Santo siciliano, consagrado al Evangelio y al grito de los pobres.
Cf. Santos y beatos de los Hermanos Menores, editado por Fr. Silvano Bracci, OFM y Sor Antonietta Pozzebon, FMSC. Editrice Velar, 2009 pp. 250-252
Foto © Igor Scalisi Palminteri