Pacifico – también conocido como Carlo Antonio, nombre que recibió al bautizarse, nació el 1 de marzo de 1653 en Sanseverino las Marcas (Italia), hijo de los nobles Antonio María Divini y María Ángela Bruni, último de trece hermanos. Desde muy pequeño demostró una gran sensibilidad religiosa, hasta el punto de imitar a menudo los gestos que realizaban los sacerdotes durante la celebración eucarística. Huérfano desde muy joven, fue criado por un tío materno sacerdote, Don Lucio Bruni, archidiácono de la catedral de Sanseverino. Don Lucio era un hombre bueno y culto, pero austero y rígido, y tenía dos sirvientas que trataban al niño como a un criado. A pesar de todo, en la escuela de su tío Carlo Antonio pudo realizar los estudios típicos de su edad.
A los 17 años consiguió ser admitido en la Orden de los Hermanos Menores en el convento de Forano, famoso por las Florecillas de San Francisco, y tomó el nombre de Fr. Pacífico. El 28 de diciembre de 1671 profesó sus votos y se dedicó a los estudios de filosofía en Montalboddo (hoy Ostra) y de teología en Fossombrone, en cuya catedral fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1678.
Después de dedicarse con entusiasmo a la enseñanza y la predicación en los conventos de Treia y Montalboddo, al cabo de tres años tuvo que suspender todo ministerio debido a su precaria salud, que caracterizó toda su vida, salpicada de diversos cargos en Las Marcas, pero siempre interrumpidos por alguna dolencia. Fue enviado a Urbino, luego fue vicario en el convento de Sanseverino, posteriormente regresó a Forano, donde permaneció durante cinco años, dedicando muchas horas a la oración y al apostolado y anunciando la palabra de Cristo en varios pueblos vecinos de Las Marcas.
Más tarde fue nombrado Guardián en Sanseverino, aunque luego tuvo que regresar a Forano; en septiembre de 1705 fue destinado de nuevo al convento de su ciudad natal, donde vivió hasta su muerte. Entonces, aquejado por las enfermedades, se consagró aún más a la vía ascética, poniendo de manifiesto al máximo sus virtudes: obediencia, pobreza, oración intensa y meditación prolongada, en una vida solitaria y silenciosa plagada de éxtasis y milagros. A sus diversas dolencias se añadieron también la sordera y la ceguera progresiva, de modo que en sus últimos años ni siquiera pudo celebrar la Eucaristía ni confesarse, pero todo lo soportó por amor a Dios, con humildad y respeto a todos.
Se encontraba plenamente libre para dedicarse a su Señor en un continuo diálogo de amor, y era precisamente por esta condición por lo que la gente le buscaba sin cesar para confiarle sus necesidades y angustias, y volver aliviados con su bendición. Dotado de sensibilidad profética, se cuenta que al obispo de la ciudad, monseñor Alessandro Calvi, que había ido a visitarle el 11 de junio de 1721, le dijo: “Monseñor, ¡al paraíso, al paraíso! Yo también te seguiré dentro de poco”. Ante estas palabras, el prelado se sorprendió, pero esa misma noche cayó enfermo, para morir unas semanas más tarde, el 25 de julio.
Además, el 5 de julio, Fray Pacífico fue afectado por violentas fiebres que le obligaron a permanecer en cama, de donde no podía levantarse. Así terminó sus días el 24 de septiembre de 1721, a la edad de 68 años y 6 meses. Al funeral asistió un gran número de personas.
De su perfil espiritual recordamos su confesión diaria, una vida extraordinariamente mortificada y la heroica paciencia en las tribulaciones, por lo que fue llamado el “Job franciscano”. Muchos fueron los milagros que el Señor realizó por su intercesión.
Su causa dio inicio en 1752, fue beatificado por Pío VI el 4 de agosto de 1786 y canonizado por Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839.
Cf. Frati Minori Santi e Beati, a cura di Fr. Silvano Bracci, OFM e Sr. Antonietta Pozzebon, FMSC. Editrice Velar, 2009, pp. 316-318