El domingo 8 de marzo, Siena celebró el VIII Centenario del Testamento de Siena, escrito por san Francisco en abril-mayo de 1226, cuando la muerte parecía ya inminente. Fue una jornada intensa de peregrinación, oración y celebración eucarística que reunió a frailes, fieles y amigos, manteniendo viva la memoria de las últimas palabras del Poverello.
La celebración nació de la colaboración entre la Arquidiócesis de Siena —que está conmemorando el Centenario a lo largo de todo el año—, la parroquia local donde se encuentra la capilla del Alberino, lugar que la tradición reconoce como aquel que acogió a Francisco y a sus compañeros, y el Convento y la Basílica de la Observancia, confiados desde 2007 a los frailes de la Provincia franciscana de los Santos Francisco y Santiago en México.
Estuvieron presentes el Arzobispo de Siena, el cardenal Augusto Paolo Lojudice, el Ministro general, Fr. Massimo Fusarelli, OFM, el Vicario general, Fr. Ignacio Ceja, OFM, frailes de la Curia general y de la Provincia Toscana.
Por la tarde, los numerosos participantes se reunieron en la histórica iglesia de San Francisco, atendida por los Hermanos Menores Conventuales, donde un momento de oración y adoración dio inicio a la peregrinación a pie, que recorrió las calles de la ciudad hasta la capilla del Alberino, donde la memoria del Testamento se hizo más viva e intensa. El camino continuó hacia la Basílica de la Observancia, donde una vigilia de oración preparó a todos para la solemne celebración eucarística presidida por el cardenal Lojudice.
Durante la Misa, el Ministro general predicó la homilía, entrelazando el Evangelio de la Samaritana —con su búsqueda de sentido y el encuentro con el rostro de Cristo— con el camino que Francisco propone a través de las tres recomendaciones del Testamento: el amor recíproco, la pobreza y la obediencia a la Iglesia. Estas tres palabras marcaron las etapas de la peregrinación y fueron releídas en la celebración como una invitación actual para la vida fraterna y la misión de la Orden.
La amplia participación de fieles, frailes y representantes de la diócesis dio a la jornada un clima de alegría y gratitud, como signo de un don que permanece vivo y actual después de ocho siglos.
Escribe cómo bendigo a todos mis hermanos, a los que están en la Religión en el presente y a los que vendrán a ella hasta el fin del mundo... Como, a causa de la debilidad y el dolor de la enfermedad, no me encuentro con fuerzas para hablar, declaro brevemente mi voluntad a mis hermanos en estas tres palabras:
que, en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento, se amen siempre mutuamente;
que amen siempre a nuestra señora la santa pobreza y la observen;
y que vivan siempre fieles y sujetos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia.