Durante la solemnidad de Todos los Santos retomemos las palabras del Santo Padre en la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, publicada el 19 de marzo 2018.
“Lo que quisiera recordar con esta Exhortación es sobre todo el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros”, escribe el Papa Francisco, subrayando la importancia de saber discernir nuestro camino “y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él”.
Todos estamos llamados a ser testigos del amor de Dios y la riqueza del Espíritu que se manifiesta en las múltiples formas con las que hombres y mujeres, a lo largo de tiempos, han demostrado su amor al Señor. Sin embargo “no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables”, afirma el Santo Padre, elogiando a los así llamados “santos de la puerta de al lado: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo”.
Y si se pensara que la santidad se puede alcanzar sólo desde los eremitorios o de los que viven lejos de la rutina diaria, el pontífice nos recuerda que es en la vida cotidiana, en el propio contexto vital, laboral, social y económico, donde podemos ser santos: “¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.
Cuando sintamos el peso de la vida, recordemos siempre que, en virtud de nuestro Bautismo, tenemos el poder del Espíritu Santo para sostenernos en las pequeñas y grandes batallas de cada día.
¿Quién es Santo, hoy? Son las mujeres y los hombres que decidieron “asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal”, de “morir y resucitar constantemente con él”, de “vivir la contemplación también en medio de la acción” y de santificarse “en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión”.
Cada cristiano, respondiendo su llamada a la santidad, se hace más fecundo para el mundo.
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